¿Malas-contestas a mí?

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En nuestro más reciente combate con sables de luz, Miguel estuvo a punto de vencerme si no es porque lo aventajé en el uso de la Fuerza del lado oscuro. Nuestra última partida de fútbol quedó 8 a 2 a favor de papá, pero los dos goles del chamo los celebramos como si se tratara de un título mundial. Con la pista de carritos nos inventamos un torneo que acompañamos con toda la parafernalia del showbussines: carritos narradores, aviones que dan la apertura, competidores asediados por la prensa y por supuesto la gran carrera con gala de premiación y todo.

Tal vez éstas y otras aventuras nuestras llevaron a Miguel a decirme días atrás: “Papá, eres mi héroe”. Y aunque el pecho sigue ensanchado de orgullo y pese a que de héroes y superhéroes el chamo sabe poco, sus palabras pueden apuntar a ese pensamiento lógico de un niño de 5 años, en el que sus padres son perfectos en todo: los más fuertes, los más guapos, los más inteligentes o los más buenos. La mala noticia para todos los padres (y me la digo a mí mismo a modo de consuelo), es que esa etapa no dura para siempre.

Cuando los chamos van creciendo buscan su propia identidad y en ese camino tratan de diferenciarse de lo que más conocen: su familia. En ese período que arranca entre los 8 y 9 años, el chamo empieza a ser más objetivo con la realidad, ahora sus padres se equivocan, no son tan buenos como se creía y terminan pensando que lo hacen todo mal. En esa etapa empiezan las temidas “malas-contestas”.

“Malas-contestas” es el venezolanismo que se usa por “malas contestaciones” y define el mecanismo de diferenciación que encuentran los niños para desmarcarse de la idolatría a sus padres y conocidos cercanos. En este proceso los chamos repiten un patrón similar al que experimentan a los dos añitos cuando les da por decir “NO” a todo. En ese momento los bebés buscan reafirmar su identidad, pero ya más creciditos el “NO” es reemplazado por la crítica dura, la rebeldía a las órdenes parentales o las “malas-contestas”.

Si, ya sé que a uno le hierve la sangre cada vez que un chamo sale con una mala contestación, un berrinche o un lloriqueo sin sentido. Es normal que nos acerquemos al borde de la paciencia y nos veamos tentados al uso de la famosa chancleta. Pero ese es justo el terreno que no debemos pisar porque con toda certeza reafirmaremos la conducta indeseada en los niños y nos meteremos en una dinámica peligrosa que pondrá en riesgo nuestra relación familiar.

¿Qué hacer ante una “mala-contesta”?

Lo primero que hay que recordar es que es un proceso necesario, de desapego y de superación de aquella etapa donde eres perfecto para ellos. ¿Te va a doler? Seguro ¿Te va a molestar? Mucho. Pero si tu hijo no pasa por ese proceso, nadie lo hará por él. En segundo término invoca todos los poderes de la paciencia terrena y divina, no caigas en la tentación de gritarle, entrar a su terreno o darle más cuerda de la merecida al asunto. Desde la primera vez que te conteste mal, hazle saber de buena manera el error que comete y toma las acciones correspondientes para evitar que se repita.

Cuando te den una mala contestación, no permitas que nadie en el entorno del niño le ría la gracia (ni lo hagas tú), encontrará refugio en ese comportamiento si le celebran la acción y creerá que le es fácil salirse con la suya. Hazle saber que por cada vez que contesten mal, perderán beneficios. No como medida de chantaje, sino como demostración de dignidad: nadie debe permitir que se le trate como no le gusta.

El ejemplo enseña. Si tus hijos te observan insultando, menospreciando y criticando reiteradamente a otras personas, más temprano que tarde empezarán a copiarte. Evita que esa forma de relacionamiento se convierta en cotidiana y mucho menos abras los espacios para las ofensas, insultos y gestos de desprecio. De ese terreno es muy difícil regresar.

Puede que luzca un lugar común, pero insisto en el antídoto del amor para evitar llegar a males mayores en las relaciones familiares. Difícilmente un niño que recibe respuestas y trato amoroso, replique con ofensas e insultos a sus padres. Educar en el amor y el respeto, nos dará frutos que recibiremos con agrado cuando vengan momentos más complejos en la crianza de los chamos.

Mientras tanto, yo sigo aprovechando mi condición de semi-héroe de Miguel. Una, porque hay pocas cosas en el mundo que disfrute más y no se va a repetir después. Otra, porque sé que algo bueno estoy sembrando.