Glosa a El Diente roto

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Muy referido pero poco analizado es el cuento El diente roto de Pedro Emilio Coll, por eso dice Guillermo Meneses en su Antología del cuento venezolano que este relato es “el más nombrado y el menos conocido” de sus trabajos, aunque en conversaciones y artículos de opinión se le haga mención, precisamente porque muestra a una especie prototípica que hace mímesis en la política.

Su análisis posiblemente repose más en algunas tesis sobre estudios literarios, pero su vigencia, en el sentido práctico del término, se refuerza en el devenir de la historia y en eso de que “el arte imita a la vida”, parafraseando lo dicho por el escritor Oscar Wilde, se nos presenta argumento y personaje: Un niño lerdo se convierte en una eminencia, un tontuelo se hace “presidenciable”; como dice Meneses “un personaje harto común en la política de cualquier país”, cuya falsa solemnidad se sostiene realmente en lo pasmado que pueda ser.

Toda narración a los ojos del lector se reviste bajo el prisma de la realidad, por eso inevitable reconocer en la historia del Juan Peña, el personaje del relato, algunos referentes actuales.

En una pelea Juan recibe una pedrada en un diente, rompiéndose éste y quedando en forma de sierra para entretenerse desde entonces en un tanteo perenne con la punta de su lengua, “el cuerpo inmóvil, vaga la mirada”, y con un semblante grave pero “sin pensar”. Llevado ante el médico, el diagnóstico fue contundente, hay presunción de que el niño sea un “filósofo precoz, un genio tal vez”; y la opinión fue orgullo de familiares y amigos.

Así, en adelante no hubo más víctimas de sus acostumbradas perversidades y su maestro de escuela que lo consideraba “la más lerda cabeza del orbe”, terminó plegándose a la opinión general creyendo que tenía un alumno prodigio, que luego se hizo hombre, académico, político y posible presidente, elogiado nada más por tocarse el diente y nunca pensar.

Por su brevedad, el relato nos hace quedar en silencio junto a Juan, cumpliendo con los patrones de concreción y síntesis necesarios para una lectura rápida, que parte de un hecho verosímil, para luego dar su respectiva progresión y culminación, haciendo que nuestros ojos se vayan, más allá de las líneas, hacia la subjetividad de Juan, que nunca conocemos porque nunca habla. Sin embargo, mientras se nos entretiene con Juan, otros personajes no menos importantes como sus padres, el médico, maestro, sus enamoradas y el pueblo, parecieran parte del decorado pero realmente caracterizan a esos que creen en lo que quieren creer así sea falso.

Démosle la vuelta, como hace la postverdad, para reinterpretar el relato con algo de malicia: ¿Es más ingenuo Juan Peña o quienes creen en él? ¿No hablaba Juan Peña porque era un timador y se aprovechaba de quienes lo consideraban genio? ¿Pensarían ellos que se estaba haciendo el loco o lo eran todos? Buenas preguntas, ahora que en la actualidad política venezolana es la vida la que imita al arte.

Hay dos obras literarias cuyo argumento se vincula con El Diente roto, con la diferencia de que sus personajes son parlantes; una es “El enorme talento de Pacheco”, incluida en Correspondencia de Fradique Mendes (1929), del escritor portugués Eça de Queirós, donde el personaje es de poco hablar, pero su ensimismamiento expresaba talento y éste a la vez, mucho respeto en el mundo político; también la novela Desde el jardín (1971), del estadounidense Jerzy Kosinski, donde un jardinero que vivía aislado en una mansión y cuyo vínculo con el conocimiento era la televisión, es despedido. Pero al salir a la calle, por su actuar y hablar, es considerado una eminencia política, aunque lo patente fuera su exiguo intelecto.

Hay una técnica de propaganda que se basa en el uso de generalidades brillantes o palabras virtuosas en el lenguaje —mucho de eso hubo en el ex presidente adeco Rómulo Betancourt (admirador del autor De Queiros) por eso de emplear cierto barroquismo en los latiguillos que caracterizaron sus discursos— que hoy es muy común en las expresiones emocionales del discurso opositor, que apela a la libertad u otras palabras vagas y sueltas, que suenan muy bien pero nada comunican, mantras demagógicos, frases políticamente correctas, discursos a los que todos aplauden aunque nada digan, puzzles de vacío semánticos, frases tipo eslogan y chuletas de teleprompter.

Por eso nunca faltará en este discurso frases de la especie como “No hay que pedir peras al horno”, “educador es el que educa”; “Vamos a sembrar en nuestros llanos todo el trigo que vamos a consumir”; “infiltrados se infiltran”; lo que “se debe hacer ecológicamente con los barriles de petróleo una vez usado el contenido”; o pancartas como aquella de “Quiero un país donde pueda rumbear sin que mami me llame cada 5 minutos”. Además de tocarse el diente con la lengua, también se lo hincan.

El escritor y político venezolano, Manuel Vicente Romerogarcía, es recordado por la frase “Venezuela es el país de nulidades engreídas y reputaciones consagradas” con la que criticó a la élite política y cultural del siglo XIX en el país. La frase fue publicada en la revista El Cojo Ilustrado, en 1896. Dos años después, en 1898, el mismo periódico publicaría por primera vez El Diente roto, de Pedro Emilio Coll (Caracas, 12 de julio de 1872 – 30 de marzo de 1947), uno de los representantes del modernismo hispanoamericano e importante narrador que abrevó mucho en la agudeza del inglés Oscar Wilde.

Tal vez sea eso de las nulidades engreídas y reputaciones consagradas lo que motivó a este autor a escribir la historia de Juan Peña. Esa frase de Wilde, “la vida imita al arte”, nos ayuda hoy a entender por qué al final unos granujas sean considerados excelencias o por qué un granuja sea “presidenciable”, sobre todo en el país del Twitter, donde cualquier disparate es convertido en heroísmo, sin pensar.

DesdeLaPlaza.com/Pedro Ibáñez