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Caracas versátil

Foto: @Luisdejesus_

Caracas versátil. A veces me coge y otras tantas también se dilata y se deja coger. Fue así, cuando comencé a vivir en ella, que cuestioné mi rol sexual y descubrí que mientras más me dejara llevar, más placenteros serían mis encuentros en esas calles carentes de afecto.

A mí Caracas me atrapa y me pone las cosas de frente. De día puede ser lo más escandaloso, una mujer en plenos dolores de parto, pero de noche… ella de noche esconde lugares de diversión, miedos y misterios. Qué diferente sería si no tuviéramos huir de los peligros que se escurren como sombras silenciosas por sus calles, y que a algunos terminan matando.

En las noches hay un poco de esa calma que tanto le falta cuando amanece con la regla, porque sangra; pero de repente todas esas cosas deprimentes comienzan a destilar palabras bonitas para conquistarte. Sus espacios oscuros, y también vacíos, son echados a la suerte de los vagabundos, de los nostálgicos y las prostitutas. Una vez supe de que una se enamoró y lloró al llegar a casa.

Sus calles de fachadas tristes guardan un cúmulo de historias que no se consiguen en ninguna otra parte. Esas luces que a lo lejos resaltan en sus montañas reprimidas por bloques y cemento, apagadas son sinónimo de caos y sin treguas nos resultan ya feísimas.

El reloj de La Previsora, que desde lejos nos avisa que estamos a contratiempo para llegar a casa, se convierte en una excusa para no querer llegar a ella y entonces te quedas en donde el alcohol crea quimeras y amores imaginarios. Es ahí, en los huecos de Sabana Grande y en sus calles invadidas, en donde hay cuerpos dispuestos a arropar a quienes se sienten desamparados.

Para acelerar el pánico y aumentar el pulso, el Cajellón de la Puñalada adopta un perfume a esas estrechas callejuelas de Amsterdam que solo había visto en fotografías, pero que un amigo, en medio de una noche inmuta, me lo confirmó. Siete personas, alcohol y marihuana caleta. Destino incierto y los que decidimos quedarnos esa noche sin casa esperábamos ansiosos por bailar y besar.

Nunca antes había visto a dos lesbianas pelear hasta ese viernes de junio. No había confirmado eso de que ellas pelean como tipos hasta que, caminando por La Cuadra, me di cuenta de que sí lo hacen; lanzan golpes y arrastran por el concreto. Caracas de cizañas y de cosas raras.

-«Chamo, ¿en cuánto tienes los jumbo?»

-«Uno doscientos, mi pana»

Cuadró. Hay noches agitadas en las que pasa un poco de todo y esa noche pasó él. Pude ver en solo segundos a aquel chamo que sin conocernos del todo me dijo que yo tenía misterio en mi mirada, pero eso es algo que ya muchos hombres que han pasado por mi vida me habían  dicho.

Fue su confesión y todo lo que sucedió antes del inesperado encuentro en ese lugar en donde beben las putas tristes y los maricos pendientes de cuadrar un culito. Después de un año me pregunté si recordará las cosas que me dijo aquella noche. ¿Sabrá de qué color son las habitaciones deshabitadas que lleva uno dentro y que se cierran a portazos?

La gente adopta contrastes diferentes en ese subterráneo que gime a cientos de metros bajo tierra y que es incapaz de excitar a los edificios con faldas cortas; en donde se respira y en otros casos se corta la respiración. La diversidad se asoma y nos damos cuenta de cosas que antes no habíamos visto o no habíamos querido ver:

Aquella transexual nunca se había sentido más mujer que ahora, aquellos dos que se besan desesperados me recuerdan los amores que yo no he podido sentir, un niño con un short corto que lo hace sentir bonita, una señora agarra de la mano a otra porque también tiene derecho, los hombres que se besan y se abrazan porque se atraen, pero ninguno sabe lo que quiere, la dama vestida con falda corta y tacones altos, esa mujer atractiva que encuentra mi extinto instinto heterosexual, la travesti que  lleva tristezas guardadas entre los senos que no tiene y que muestra con su escote, y yo, que los observo desde el silencio.

El Pullman Bar fue uno de los primeros bares de ambiente de Caracas, y es uno de los buenos lugares para un predespacho. Allí ya casi nadie baila pero uno siempre llega, y con la ayuda de las tercio negras uno se deja meter poco a poco esos remixes de Loreen, Ariana Grande, Christina Aguilera, o algunos de esos reguetones que te motivan a querer terminar mordiendo las almohadas entre las sábanas de habitaciones desconocidas.

Otras veces preferimos cargar con un par de botellas que ir a pagar por uno de esos exagerados servicios de discoteca. Una vez buscamos un hotel donde dormir, pero no había habitaciones vacías, todas estaban llenas de gente que busca cariño y placer, que quiere sentir y no conoce de vergüenzas ni señalamientos. Esa noche descubrí que los borrachos caminamos cuando no tenemos destino y terminamos durmiendo en nosédónde hasta que amanezca.

En uno de estos últimos días me agarró una pasión en algún lugar oscuro de Bellas Artes, unos tragos y las ganas de orinar fueron las excusas para ir con otro hombre a liberarme de la presión. Quien termina primero da el primer paso, y en ese momento esperé a que él se percatara de que yo lo estaba esperando. Los besos fueron la furia de pegarnos contra aquella pared blanca y esa puerta negra casi imperceptible nos desató las ganas de un sexo oral exprés, así como casi siempre le pasa a los corazones acelerados, sin importar que cualquier persona de repente pudiera llegar.

Caracas loca y me parece hermosa.

 

@Luisdejesus_ 

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