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¿Amargada yo?

Por: Victoria Torres Brito

Humor mañanero

Mi hermana siempre me decía que yo era una típica “morning people”, es decir que en las mañanas tengo mal humor y que odiaba al mundo antes de sacudirme la sábana. Lo que no recuerda es el detallito de que ella se tardaba horas en el baño (que compartíamos) justamente cuando yo necesitaba apurarme para salir al trabajo o llegar a clases.

Entonces, para una persona que necesita evacuar apenas abre los ojos, cepillarse los dientes y lavarse la cara para comenzar el día, este pequeño incidente desencadenaba un humor de perros incontrolable que se prolongaba indefinidamente, porque luego tenía que viajar guindando de la puerta de la camionetica o ir empegostada con 300 personas ultra perfumadas en un vagón del metro, no soy amargada en las mañanas es que las mañanas se me amargan cuando la gente no colabora con uno. Cónchale ustedes no jombre.

Quítate que voy sin frenos

La situación se complicaba un poco más si me tocaba ir al volante. No me gusta conducir con los vidrios arriba, vivo metida en un aire acondicionado todo el día para meterme en otro dentro del carro. En esta ciudad caótica como es Caracas, manejar es una prueba de paciencia extrema: debes cuidarte de los abusadores, léase cualquier chofer de transporte público que se cree dueño y señor del camino, esos que deciden detenerse a recoger o dejar pasajeros donde mejor les parezca, además de esto, uno tiene que lidiar con los motorizados que, en su mayoría, desconocen las leyes de tránsito y como que han decidido hacer un récord diario de cuantos retrovisores se llevan por el medio y a cuantos logran aturdir con la cornetica frenética que activan para que uno se aparte y les abra paso entre los carros, para que ellos no padezcan del tráfico infernal de esta urbe.

Todo esto va en detrimento del desvanecimiento de mi sonrisa espectacular a lo largo de la jornada, a veces tengo que hacer piruetas para esquivar los huecos o alcantarillas sin tapa de la vía sin que me rayen el carro. Recuerdo una vez que casi me da un infarto porque un taxista se la quiso dar de vivo y se metió a la mala delante de mí en una cola, creo que desde ese día soy hipertensa. Ah y no se me puede olvidar que hay peatones con el sentido común en el orto, que se lanzan a la calle y cruzan por donde no deben y también están quienes consiguieron su permiso para conducir en una rifa en un beibichágüer, por no decir que les salió en una caja de conflei o se los regaló la abuela el diciembre pasado.

Cuando eso pasa me pongo como el tipo de la comiquita y saco mi hermosa y gran humanidad por la ventana, guardo el glamour en la guantera y les insulto el árbol genealógico completico en varios idiomas, para que aprendan a usar la luz de cruce o respeten los semáforos. Creo que un día de estos me pasará como una amiga mía que quemó la corneta de su carro de tanto tocársela a esta gentecita que te amarga la vida al volante.

Digan güisqui

Ante tanto alboroto que te amarga la existencia es preferible conservar la calma, respirar, contar hasta un millón si es necesario, sobarse las orejas, practicar yoga o taichí, ponerse en modo zen y decir “gusfraba”, para no terminar preso por no tenerle paciencia a esta vida loca, loca, loca.  No vale la pena perder una tripa o que te de un soponcio porque un mototaxi se te atravesó o porque se te quemó la arepa y se te hirvió el café del desayuno.

Vivimos contrarreloj, en un apuro constante que no nos permite esperar tranquilos los pocos segundos a que cambie la luz a verde. Necesitamos que la cola del banco avance rápido, o que la gente aprenda a respetar el espacio personal en las filas para pagar en el supermercado y que nos avisen por radio o redes sociales cual es la mejor vía para evitar la tranca de las 6 de la tarde en la autopista.

Es cierto que todos tenemos dificultades y tragedias personales y que hay días en los que no provoca ni bajarse de la cama pero, debemos procurar pelar más el diente, hacer ejercicios faciales para relajar la cara de cañón que saca arrugas y no hay botox pa’ eso. Vamos a sonreír más, burlémonos de nosotros mismos, hagamos chistes, no se trata de ser ridículamente positivistas sino de buscarle el lado menos malo a nuestros días, agradecer por lo que tenemos y dejar de sufrir por lo que aún no conseguimos, a ver si así le ganamos una al malvado Murphy del que les conté hace un par de semanas.

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