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Echarse cuchillo

por: Victoria Torres Brito

Sin alusiones al suicidio, algunos han encontrado como única solución para alterar, mejorar o cambiar su estampa y recurren al último recurso: ¡echarse cuchillo!

Lo comentaba en mi publicación anterior en esta columna, que insisto y prefiero «Engordar la autoestima» antes que recurrir a cualquier otra forma de alterar nuestra apariencia. Si bien es cierto que vivimos bombardeados de aquella cruz de que debemos medir 90-60-90 para agradar a todo el mundo ¡o peor! para encajar en una sociedad de caretas y falsas poses, algunas personas ven como opción (a veces como la única) someterse a intervenciones quirúrgicas que no siempre son efectivas ni eficientes.

Pechonalidad

Conozco chamas que luego de que les extirparan un quiste mamario, decidieron aprovechar la anestesia, la clínica y el seguro médico, para aumentar el tamaño de sus senos. Vale, pero sin llegar a los extremos por favor. La Tongolele ya pasó de moda.

Las proporciones de senos y nalgas deben ser equitativas mi gente. Confieso que he sido tetona desde los 10 años, tenía más lolas que mi profesora de 6to grado y no sufro de complejos en cuanto al «tren delantero» se refiere, también debo decir que si son muuuuy grandes, por ende son muuuuy pesadas y la gravedad no perdona, mi hermano. Soy esclava del sostén o corpiño, desde hace rato y hablo con propiedad.

Hace rato he visto cómo el tenerlas inmensamente grandes, es lo más soñado y anhelado por muchas, aunque eso signifique que los pezones te queden virolos, se les encapsulen, se les espichen o que cada 10 años tengan que pasar por otra operación, para sustituir los implantes vencidos. Yo me sometería a una cirugía de esas pero para ponerlas en su sitio y sentarme a ver cómo arden en una pila, todos y cada uno de mis sostenes.

También sé de muchas que si no se las reducían, sufrirían de la columna por el resto de su vida debido a la inmensidad de las mismas. El caso de una prima que tenía que mandar a comprar los sostenes en Colombia porque aquí no vendían de su talla. Otras son felices con sus «picadas de zancudo», sus limoncitos o naranjitas, algunas seguimos aguantando con dignidad, el par de melones que dios nos dio.

¡Detesto eso de que algunos hombres se queden mirando fijamente al escote mientras uno les habla! Como si nunca hubiesen visto un par o nunca se hubiesen alimentado de una.

Se han visto casos de que algunos pares son poderosas: logran evadir multas de tránsito, logran ascensos inesperados y aceleran el acceso a un club nocturno. Eso también pasa.

Desde rellenar los sostenes con papel toillete, medias, bolsas con agua, pasando por rellenos de goma espuma, harina y otras más creativas, hasta la inmensa gama de silicón o solución salina, las mujeres han hecho de todo para tener «chichis» más grandes.

Lamentablemente ha habido mujeres que han muerto en el quirófano pensando que «sin tetas no hay paraíso» y llegan rapidito allí mismo a tocarle la puerta a San Pedro. Intervenciones que se complican, deformidades y hasta inconvenientes con la lactancia. Basta.

La batea

Cuando Rubén Blades cantaba por primera vez su éxito «Plástico» en 1978, no se imaginaba lo LITERAL que serían estas nuevas tendencias y adicciones al bisturí. La fisionomía de las mujeres latinas es variopinta, pero por lo general son más voluptuosas, caderonas y más carnosas que las europeas, por ejemplo. ¡Pero poldeoj! eso de ver nalgas llenas de un líquido extraño, implantes que se voltean y EVIDENTES y grotescas alteraciones del derrier, ahora está ganando terreno y es preocupante.

Cada quien invierte su dinero en lo que mejor le parezca y para satisfacer sus necesidades muy particulares, pero la salud es lo principal siempre. El grave caso de los efectos negativos de los biopolimeros es uno de ellos. Habrá que preguntarles a quienes han sufrido de estas trágicas consecuencias si en realidad valió la pena pasar por todo eso, sólo por tener un gran culo de mentira.

Casos extremos vs Perder la esencia

Sí. Hay quienes sus presupuestos personales les alcanza y los invierten en modificar todo lo que se les ocurra de su cuerpo. Desde buscar la manera de parecerse a algún artista o hasta los que quieren convertirse en muñecos vivientes. La fiebre del bisturí es tan extrema, que hicieron varios reality shows acerca de eso.

Innumerables intervenciones para transformarse. Colágeno en los labios para inflarlos y después no pueden ni silbar, bótox que no te dejan demostrar cuando estás molesto porque no puedes fruncir el ceño, sacarse las costillas falsas para reducir la cintura y tenerla de avispa, cirugías maxilofaciales para quitarse la «quijada de bruja», implantes de cabello, pectorales y abdominales para hombres, recoger el pellejo y esconderlo detrás de las orejas, un bendito hilo que hace que se te suban las cejas y tengas una expresión de asombro permanente (me imagino a esa persona dando una mala y triste noticia, con las cejas levantadas).

Por mi casa vivía un chamo al que le decíamos «Tucán Sam» por lo grande que era su nariz, se la operó y perdió el chiste. Cambiar drásticamente el exterior conlleva grandes responsabilidades, por ejemplo la mujer con los senos más grandes del mundo no creo que pueda dormir boca abajo o verse su propio ombligo o al menos sus zapatos. Mujeres que cambiaron su personalidad y se convirtieron en Divas insoportables, sólo por montarse unos cuantos “cecés” en las tetas.

Quienes modifican su cuerpo hasta cambiar por completo su imagen, que ni la familia los reconoce en las fotos, igual todas estos cambios se verán al descubierto cuando tengan sus hijos y les echen paja de su realidad física como aquel chino que demandó a la esposa.

Ken y Barbie «humanos»
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