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¿Es el socialismo un modelo?

Por: Iván Padilla Bravo

El socialismo no es nada. Nada tangible, al menos. El socialismo es una sociedad, utópica, soñada, en construcción. Al menos por ahora.

Ningún grupo social produce sus bienes materiales, los distribuye y consume bajo condiciones de igualdad. En la actualidad, los pueblos depauperados, empobrecidos y miserabilizados por la explotación que sobre ellos ejerce una minoría, que es dueña de los medios de producción, sueñan con romper esas cadenas. Al sueño, de la episteme y de los actos, revolucionarios como Carlos Marx –por ejemplo- le han llamado socialismo. También comunismo, por aquello de lo común socialmente producido, distribuido y consumido.

La prefiguración de lo real es tan solo un suspiro. Suspiro que, por tal, es efímero e inaprisionable. Suspirar por una sociedad deseada no quiere decir que se está “empreñado” de ella o que ya se tiene, se ha logrado, que hay bocetos de la misma, prediseños arquitectónicos o modelos para armar.

Las sociedades que la humanidad ha conocido como socialistas, sobre todo desde hace casi 100 años, cuando, en octubre de 1917,  triunfara la revolución bolchevique en la Rusia zarista, no han pasado de ser sino “ensayos” y no precisamente para armar como modelos, sino para desarmar, porque nunca consiguieron desmontar y vencer al sistema opresor capitalista, ni liberar a la humanidad de ese yugo explotador en el que los sinnada venden su mercantilizada fuerza de trabajo a cambio de una muy sutil sobrevivencia

Modelo es el capitalismo y todas  las sociedades de clases precedentes a ese modo de producción o sistema. El capitalismo es un modelo indeseable de copiar, inhumano, cosficador, mercantilzador, alienante. Pero es un modelo. Un mal modelo, sí. Un pésimo modelo, sí. Un inmoral modelo, sí. Pero es un modelo.

No es el un modelo el socialismo. No puede ser modelo lo que no existe. El socialismo es una construcción, es un proyecto, es unas ganas de, es un sueño, una utopía. Pero para ser un modelo, el socialismo requeriría tener una estructura, ser un sistema, haber probado su eficiencia, aplicarse en el mundo entero, ser internacional y proletario, por antítesis a lo burgués y explotador  que es el capitalismo.

El socialismo no existe ni ha existido y la existencia de países que han cambiado sus estructuras gubernamentales –que no sus sistemas ni sus modos de producir o hacer circular lo producido- jamás consiguieron establecer una ruptura real en la cosmovisión, en su episteme, en su producción, reproducción ni circulación de los bienes. Pueda que se hayan aproximado a ensayos de producción alternos -la mayoría, precapitalistas y feudales, generalmente- y al desarrollo de valores solidarios, pero nunca a rupturas de exigencias radicales, es decir, centradas en su raíz. Y aquí debemos recordar que toda estructura de producción social sistémica, condiciona o determina la superestructura de la sociedad real, por lo que –como enseñara Marx- “las ideas dominantes en toda sociedad, son las ideas de la clase dominante”.

Cuando los pueblos y las culturas características de la identidad de los mismos, conducen a enfrentar la dominación del capital en luchas revolucionarias -como en el caso venezolano por su Revolución Bolivariana y Chavista- y proponen al socialismo como alternativa, o a la Patria socialista, como ocurre en Venezuela, de lo que se está hablando es de la “reforma intelectual y moral” (como definía Antonio Gramsci a la Revolución Cultural), de la superación del capitalismo, de la sociedad “poscapitalista”. Allí no hay modelos. Hay sueños, sí. Utopía, sí. Construcción, pero no modelo. “Ni calco ni copia”, como indicaba el gran emprendedor revolucionario, nuestroamericano, José Carlos Mariátegui.

Es, desde esta perspectiva, de dónde debemos partir para que haya ruptura real y epistemológica con el capitalismo y podamos dar cabida al socialismo no como modelo. Dar cabida al socialismo como sueño posible, como mundo nuevo posible, como realidad sin clases posible, como sociedad de los iguales posible.

Si nos quedamos en lo habido como modelo, seguramente los calcos del “modelo” generen nuevos equívocos. La ruptura debe ser real, radical, de nuevo tipo. En fin, “inventamos o erramos”, como nuestro genial Simón Rodríguez.

Ilustración: Xulio Formoso