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Femincoherentes (I)

Las controversias en torno al uso del lenguaje (las feministas lo sabemos de sobra) no son triviales, al contrario; como muy bien vio el recientemente fallecido Thomas Szasz, la lucha por el lenguaje es una lucha por el poder. Según él mismo dejó escrito, “en el reino animal la batalla es ‘comer o ser comidos’; en el reino humano, ‘definir o ser definidos’. (…) El primero que toma la palabra impone la realidad al otro. Quien así define domina y vive, y quien es definido es subyugado y puede que muerto”.
Teresa Maldonado

Hace unos añitos ya, D y yo conversábamos sobre los “ismos” (chavismo, feminismo, machismo) y cómo él no se sentía reconocido en ninguno,  y cómo yo con los ojos pelaos le decía que estaba loco, que cómo se le ocurría, que qué bolas, que eso estaba vacío de fundamento, que siempre había que definirse. Como buena negra colonizada (más no catequizada; sí, Oswald) y con el raciocinio de Montaigne imperante, yo partía de que las cosas hay que nombrarlas para que existan; por tanto, todo, todo, debe definirse: una misma, las relaciones, los pensares, los sentires, las querencias, las motivaciones, las movilizaciones.

La búsqueda constante desde un raciocinio medianamente vacío dentro de su naturalización de pensamiento que pretendía nombrarlo todo no ha tenido otra que fracturarse y desintegrase con el tiempo, porque bueno, qué carajo, una deconstruye se deconstruye a una misma también, a la vez que una se hace cuerpo en una misma y en otrxs.
Una re-corporeidad, digamos. Volver a lo originario.

Para el momento mis incursiones investigativas (teórico-pragmáticas) respecto al feminismo eran verdaderamente pacatas, se quedaban más bien en las intuiciones y las necesidades tercas de libertad. Pero mis certezas partían desde la arrogancia y el convencimiento pleno que no se problematizaba de ninguna forma. Lo que era, era. “Obvio soy feminista”, pero no tengo idea de por qué ni de cómo se ejerce eso.

Resulta, pues, que hace unas semanas D y yo volvimos a encontrarnos, y como varios de los segundos puntos de retorno en la vida, tuvimos la misma conversación; esta vez dirigida específicamente hacia el feminismo y “sus tipos”. Estábamos en una terraza tres machos y yo hablando, cocuy en mano, sobre feminismos. Sí, en plural: feminismoS. La pluralidad implica cantidad de cosas, por lo menos más de dos; y en este caso, implica varias formas y nociones de un mismo término.

No era que estábamos definiendo al feminismo (eso hubiese sido interesante; probablemente ellos hubiesen tirado flechas intelectualosas pseudoconvencidas de las palabras arrojadas y yo me hubiese reído mucho, y al mismo tiempo hubiese tenido poco con qué refutarles pero la certeza de querer y necesitar refutarles), sino más bien partíamos de la aparente noción de que hay varios feminismos, cosa que implica que hay varias formas de desenvolvimiento de este, y quizá, diferentes sujetxs ejerciendo a su vez estas variadas formas de.

Pero, al mismo tiempo, hacíamos una crítica dura a quienes ejercen el feminismo y cómo, partiendo de la soberbia de que sabemos qué es el feminismo y de que aparentemente (y me incluía en ese combo) nosotrxs sí lo estamos haciendo bien porque reconocemos lo que se hace mal y quiénes lo hacen mal. Lo que establece una categorización obvia entre buenas feministas y malas feministas.

Dice Teresa Maldonado que “una contradicción performativa es aquella que se produce cuando el contenido de una afirmación es incompatible con las condiciones necesarias para que tal afirmación se lleve a cabo. Por ejemplo, si afirmo “me he muerto” estoy incurriendo en una contradicción de ese tipo, dado que se supone que para poder hacer esa (u otra) afirmación debo estar viva; es decir, no muerta. Es, por tanto, aquella contradicción que se da entre lo que las lingüistas llaman nivel locucionario y nivel ilocucionario del acto de habla, o sea, en román paladino, entre lo que decimos y lo que hacemos”.1

Si yo critico unos feminismos estoy queriendo decir que yo creo que tengo razón y que yo lo estoy haciendo bien. El verdadero detalle está en que yo no puedo decir flagrante e irresponsablemente que un feminismo no es feminista porque no esté de acuerdo con sus haceres y pretender salirme con la mía, porque así mismo el mío tampoco sería real.

De modo que decir que “qué bolas el feminismo burgués” mientras digo que “qué bolas como el machismo nos categoriza” es una contradicción performativa. Sí, el machismo nos deslegitima porque aparentemente no tenemos concepciones científicas que nombren y conceptualicen enteramente al feminismo de modo que es relegado o segundado a “movimiento”(cosa que al mismo tiempo nosotras usamos de bandera) y no a “teoría”. Existe la “teoría de género”, pero el feminismo pareciera quedarse sólo en ser un adjetivo.

Así como Montaigne necesitaba desesperadamente nombrar esas personas extrañas semidesnudas (en guayuco) y esas maderas que flotaban en el río (canoa), el machismo nos exige intelectual y moralmente que nombremos lo que somos para que empecemos a existir, porque bueno, todo en Occidente tiene nombre. Lo innombrable es fatuo, y por tanto, invisibilizado o malnombrado.

El problemilla es que nosotras nos deslegitimamos a nosotras por lo mismo: nos malnombramos y nos invisibilizamos. Mi feminismo no puede ser el clase mediero burgués, simplemente no puede serlo porque esa no soy yo. Y al mismo tiempo, aunque me enfurezca, yo no puedo deslegitimarlo porque el hecho es que sí hay mujeres blancas, burguesas, y feministas. Las hay, y negarlas implica no reconocerlas (¡y son mujeres!) y enajenarme y continuar contradiciéndome sin, por lo menos, abrir un espacio para la problematización.

Que yo niegue a la feminista blanca burguesa o que ella me niegue a mi, es como que negásemos al macho de izquierda, por ejemplo. Mi problema y preocupación es en tanto el convencimiento de las circunstancias propias como única vía de hacer y el no asumir las propias contradicciones y continuar haciendo; eso es invisibilización de la otra y es enajenación arrecha.

Está de pinga que nos movamos desde nuestras contradicciones: yo creo que en Venezuela es parte de nuestra identidad y nos moviliza incluso territorialmente, pero las contradicciones que no se asumen sentidos comunes son soberbias y sólo logran la eterna repetidera. Casi me pongo robinsioniana: sí, evidentemente, a pesar de que Simón no haya escrito su máxima con perspectiva de género, establece territorio y espacio para pensarnos desde allí. Si seguimos repitiendo el pensar “original” nunca daremos cancha al “originario”; al nuestro, al propio, al necesario.

Continúa Teresa: “¡Claro que hay muchas y variadas concepciones feministas! Lo que no se entiende es esa necesidad de tener que marcar constantemente el territorio para que quede claro que una (la que habla, “el sujeto de enunciación” que llaman lxs pedantes) es la que está en la posición correcta… ¡a la vez que se pretende criticar que se establezcan posiciones correctas!”2. ¿Sí? Yo creo que está clarito. Y que nos estamos imaginando en este preciso momento varias ocasiones donde hemos visto esto evidenciado.

Entonces, ¿quiénes son correctamente feministas y quiénes no? Correctamente feministas desde la perspectiva de quien hace la afirmación, claro. Desde la soberbia, desde la arrogancia, desde lo que no se re-piensa aunque se sienta, desde lo que no permitimos que se haga cuerpo en medio de nuestras inflexibilidades e inseguridades estructurales, desde la victimización, incluso.

Esa noche C me dijo que yo cambiaba mucho de opinión; tiene razón. Y me da risa, porque bueno, a la mierda, no hay de otra.

Ilustraciones: Laura Callaghan

1, 2 Feminismos, jerarquías y contradicciones.
Teresa Maldonado. Publicado en Píkara Magazine.

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