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Lxs pollitxs dicen pío, cuando la masa tiene hambre

La masa de acoso se constituye teniendo como finalidad la consecución de una meta con toda rapidez. Le es conocida y está señalada con precisión; además se encuentra próxima. Sale a matar y sabe a quién quiere matar. Con una decisión sin parangón avanza hacia la meta; es imposible privarla de ella. Basta dar a conocer tal meta, basta comunicar quién debe morir, para que la masa se forme.

La concentración para matar es de índole particular y no hay ninguna que la supere en intensidad. Cada cual quiere participar en ello, cada cual golpea. Para poder asestar su golpe cada cual se abre paso hasta las proximidades inmediatas de la víctima. Si no puede golpear, quiere ver cómo golpean los demás. Todos los brazos salen como de una y la misma criatura. Pero los brazos que golpean, tienen más valor y más peso. La meta lo es todo. La víctima es la meta, pero también es el punto de la máxima densidad: reúne las acciones de todos en sí misma. Meta y densidad coinciden.

Razón importante del rápido crecimiento de la masa de acoso es la ausencia de peligro de la empresa. No hay peligro pues la superioridad del lado de la masa es total. La víctima nada puede hacer. Huye o perece. No puede golpear, en su impotencia es tan sólo víctima. Pero también ha sido entregada a su perdición. Está destinada, nadie ha de temer sanción por su muerte.

Masa y poder,
Elías Canetti


Es viernes y anochece. Ya no recuerdo si era quincena o qué, pero el hecho es que yo tenía una semana donde mis cotidianidades básicas estaban siendo intervenidas por el choucito guarimbero que ya bien conocemos y sufrimos todxs. Tres putas horas tardaba en salir de la chamba y llegar a casa. Tres.

Total que ese día me dediqué a menstruar, limpiar y a sufrir de cuando en cuando. Pero, llegó la llamada milagrosa: llégate al Gardel. Nojoda, más rápido que una bala se me cambió el ánimo, me cambié la ropa y me pinté la boca rojo oscuro sexymami y salí ‘espepitada a montarme, feliz, en mi Metro. Hasta dejé los platos sucios, con culpa por supuesto.

Cuando estaba por entrar había un cúmulo de gente, y gorritas, y pitos, y banderas, y mucha basura para quemar. Y justo antes de entrar a la estación empecé a preocuparme porque tenía una chaquetica roja puesta. No le paré mucho y seguí.

Mucha gente viajando hacia el Oeste ese viernes, ya eran las 7 y piquito. Ocurre lo de siempre: venta de caramelitos a granel, peticiones dolorosas de plata, mamás con 7 bolsos y 5 chamxs encima, doñas sentadas leyendo el periódico, estudiantes care cansaxs, trabajadorxs uniformados.

En Altamira (ay, Altamira) se montan 5 personajillxs: una jeva, catira, dorada si se quiere. El pelo que resplandecía y ondeaba le llegaba hasta la espalda baja. Crop top blanco, piercing en el ombligo, chorsito corto de jean, bolsito Louis Vuitton (tuve que ir a Google para escribir “Vuitton” correctamente, jaja); un bicho catire altísimo con chemisita morada, ojos azules, corte así tipo estrella de fútbol; otro bicho a catire pero coco rapao y con barba, con gorrito tejido, tatuado hasta las metras, franelilla y bermuda caqui; un chamo catire, también, pero más rela. Tenía franela y chor de deporte y zapatos escoñetaítos; y, finalmente, un chamo que parecía un negrito de Petare, pero que estaba con ellxs.

Venían de la ¿marcha, plantón, guarimba? Ya no recuerdo. Estaban eufóricxs, bebían vodka con jugo e naranja bien boleta en el Metro, hasta tenían la bolsita de hielo en la mano. Y hablaban de cómo les había ido en la jornada. Pero la chama, nada de nada. Calladita, mientras le servían su traguito. Ella, con los otros 4 machos, calladita.

Ellxs, menos la jeva, parecían estar contentxs de estar en el Metro, pero estaban a la defensiva. Como quien quiere conquistar un espacio que no es suyo y está inconscientemente preparado para algún enfrentamiento por el territorio. De modo que si bien bebían y hablaban altísimo para que todxs supiéramos que ellxs estaban allí, también se habían desplegado: ocupaban el espacio de puerta a puerta, como queriendo comunicar que ese era su espacio de reunión y que se lo merecían igual que el resto de nosotrxs.

La cosa es que esxs chamxs no se montan en el Metro a diario, no es una condición material de la cual dependan en su devenir cotidiano. La cosa es que ellxs se montaron allí porque era la vía más segura (qué irónico) para poder llegar a dónde se dirigían.  Sí, ese espacio lxs violenta, claro que lxs violenta. Así como ellxs nos violentan a nosotrxs.

Cuando llegábamos a Chacaíto el metro entró en modo ahorro de energía. ¿Saben cuando está llegando al andén que se apaga el motor (o algo)? Bueno, esta vez ocurrió pero justo antes de entrar al andén. Lxs chamxs empezaron con una de “ay, se dañó esta mierda. Ahora nos va a tocar empujar”. Y la niña dorada abrió su dulce boquita por primera vez y soltó “yo les dije que no nos montáramos acá. No me gusta esta gente”. Ja.

Había pasado que unos menores estaban jugando pelota en el andén, la pelota se cayó a los rieles (en la estación de Chacaíto está uno de los alimentadores de energía del sistema Metro, de modo que la carga eléctrica sobre esos rieles es bastante alta), y en la pendejada adolescente uno de ellxs se cayó a los rieles. Apagaron el sistema de inmediato, de modo que el tren también se apaga para que no haya corriente sobre los rieles, sacaron al chamo, lo sermonearon, y todo continuó con normalidad.

Protocolos que quienes usamos Metro sabemos, casi tenemos naturalizados y aun así no falta alguien que eche el cuento con detalle (como el viejo que me lo contó a mí sin que yo se lo preguntara), pero que estxs chamxs no conocen y con los que no están familiarizadxs. De modo que pensar “se dañó esta verga con esa gente niche” es lo inmediato. Sí. Recordemos aquello de los sentidos comunes, y acá hubo un choque duro de sentidos comunes.

Cuatro de ellxs se bajaron en Bellas Artes, yo me bajé en Caño Amarillo y el catirito con los zapatos escoñetados siguió pal Oeste. Me causa curiosidad dónde se habrá bajado. Pero interesantemente, era él quien más cómodo parecía estar con el entorno, y menos cómodo estaba con su compañía. No bebía, y no participaba de las conversaciones “de la noche que compraron Chinotto y Preveral y medio paquete de Trululú y esperaron a que se “fermentara” (¿?) para comérselas y fue la mejor nota de su vida”, y se veía particularmente ladillado, a decir verdad. Y yo sólo me preguntaba “chamo, ¿por qué fuiste a guarimbear con esta cuerda de gafxs?”.

A fin de cuentas, ya después de haberles dibujado el panorama, el hecho es que sí, el espacio del Metro los violentaba porque no era su espacio cotidiano, y estaba lleno de códigos que no manejan, para los que están preparados y a los que les tienen miedo porque así les enseñaron. ¿Quién se monta en el Metro? Lxs pobres, lxs negrxs, lxs fexs. Lo que no transita sobre la calle en la luz del día. Lo ajeno, lo raro, lo otro.

Pareciera entonces que hay una distancia abismal entre estxs 5 chamxs y la turba enloquecida que persiguió a aquella mujer por el CCCT pensando que era la esposa de Winston. El problema, compas, es que no hay una distancia abismal porque acá eran sólo 5 personas en franca desventaja sintiéndose incómodos en un espacio e incomodándolo al mismo tiempo, pero ¿qué pasa cuando son tres o cuatro vagones parados en Plaza Venezuela sacando a una mujer de un vagón por “ser chavista”? Como si ese argumento fuese justificación válida, concreta, coherente.

La diferencia está en la masa, en la formación de la masa que se moviliza en tanto el enorme poder aniquilador que tiene pero que no piensa, ni discierne, ni siente miedo. No hay individualidad. El cerebro reptil de un montón de gente está siendo activado y su personalidad está siendo disminuida al mínimo, de modo que si hay un móvil en común (alguien o algo que atacar) hay fuerza suficiente para lograr atacarlo.

Cuando la masa comete un crimen no hay individuo a quien tildar o culpar; si bien hubo una persona que asestó el último golpe que terminó con una vida, es la masa la que asesina. Y por eso es tan peligrosa: su capacidad de movilización es la de un enjambre de abejas, la de un cardumen, pero con un solo propósito: el acoso y la muerte.

Entonces tenemos unxs pollitxs que hablan de Preveral y Chinotto y de qué asco el Metro, y tenemos a unas cuantas docenas de personas persiguiendo a una mujer por el CCCT, y tenemos una horda asesina que prende en fuego a un chamo en Altamira. Las diferencias son cortas, me atrevo a decir que casi son sutiles, y son aterrorizantes porque son más que capaces, en medio de la exacerbación de su enajenación, de asesinar impunemente.

“Cuanto más poderoso haya sido el ajusticiado, cuanto más grande la distancia que antes lo separaba de ella, tanto mayor es la excitación de su descarga.” (Elías Canneti, Masa y Poder).

Hay una distancia abismal entre quienes viajábamos en Metro ese día y estxs 5 chamxs, y debemos tenerla bien en claro. Ya no estamos lidiando con unos guarimberxs que se trancan en sus propias calles, o con un militar enloquecido que manda a poner guayas degolladoras. Ya no son 4 gatos, y ahora tienen la capacidad de dejar de ser una abejita perdida a ser un enjambre fúrico, enloquecido y asesino.

Sí, nos enfrentamos a lo peor de nosotrxs. A lo que se aleja tan arrechamente de lo que ellxs creen que es pobre y feo. Nos enfrentamos a la putrefacción paulatina del ser originario y a su devenir social y cultural en tiempos de crisis. Volvamos entonces a nuestro ser originario, a quienes somos en verdad: a esa mamá con 5 chamxs que le echa bolas, a esa doña, a ese señor que lee el periódico, a esxs uniformadxs. Acá no somos “una jeva ahí” o “el viejo este”, no. Acá llevamos la identidad nuestra, la que no nos han podido quitar, muy dentro y de la mano de la resistencia y la fuerza.

Recordémonos, que tanto nos hace falta. No somos masa, sino ola consciente, fuerte y constructora.

Ilustración: Chuck Groenink

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