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Vulnerabilidades

Vulnerable
adjetivo
Que puede ser vulnerado o dañado física o moralmente.
«Los niños son muy vulnerables; tiene un carácter vulnerable; está bajo de defensas y es muy vulnerable a las infecciones».

¿Somos vulnerables? ¿Hasta qué punto en realidad? ¿En qué momento dejamos de serlo?

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“La vulnerabilidad puede definirse como la capacidad disminuida de una persona o un grupo de personas para anticiparse o hacer frente a una situación de riesgo”.
“Suele considerarse que los niños, las mujeres y los ancianos son sujetos en situación de vulnerabilidad. Esta concepción está dada por las carencias o diferencias físicas ante los hombres, a quienes se supone naturalmente preparados para enfrentar ciertas amenazas”. (Consultado aquí)


Especialmente lxs niñxs, lxs ancianxs y las mujeres porque carecemos de las destrezas que tienen los hombres. Jaja. Esto está como lo que dijo Schemel de que “Venezuela era como una mujer desorientada que necesitaba ser guiada por un hombre fuerte, duro y consistente”. Bueno, bien fálico y hasta redundante. Cuando cogemos nos gustan los penes fuertes, duros y consistentes porque sino qué chiste, ¿no? Pero de allí a que el falo sea el que guíe lo desorientadas que estamos las mujeres, y de allí a que este pendejo lo lleve a escala país, hay diferencias grandes pero que hablan directamente del machismo intrínseco y estructural que (sobre)vivimos.

Estas definiciones hablan de la posibilidad de vulnerar a una persona según su género y rango etario, y en otras referencias, según su clase y circunstancia de vida. Pero no conseguí ninguna que relacionara vulnerabilidades externas (las que son hecho) con las internas: es decir, con lidiar con nosotrxs mismxs, con enfrentarnos a la mierdita que llevamos dentro precisamente cuando existen y vivimos esas vulnerabilidades externas. Pareciera haber una separación allí. ¿Por qué?

Todxs somos vulnerables, y en nuestro imaginario, vulnerable es igual a débil, a jodible; de modo que nadie quiere parecer o aparentar ser vulnerable, porque sino pela bolas. Siempre es mejor vulnerar a ser vulneradx. “Te voá jodé”.

Pero, la cuestión es que en verdad todxs somos jodibles, y en esa noción, en esa pullita que tenemos bien pegada al coco como un pegón en pelo liso, reside parte importante de cómo actuamos. Acá a nadie le gusta que lo jodan, ni subliminal ni explícitamente. Acá queremos hacernos unxs maestrxs en joder al otrx, y no tanto por lo divertido o por lo perverso de la vaina, sino porque la pulsión primera es precisamente montar un muro cuatriboleao para que no nos jodan.

Las vulnerabilidades nos acompañan, forman parte de nosotrxs: de alguna manera nos dicen quiénes somos y están hermanadas con las inseguridades que todxs tenemos. Y quizá precisamente por ello las invisibilizamos tanto y las convertimos en enemigas. No caminan detrás de nosotros (como el miedo o los demonios), caminan a nuestro lado y aun así tienen la capacidad de hacernos sombra y pesarnos tanto por la carga negativa que le damos. Ser vulnerable es un insulto, el adjetivo se convierte, incluso, en algo despectivo.

Y así, nuestras vulnerabilidades duras, las que llevamos muy dentro porque no las vemos ni reconocemos, nada que las resolvemos. Ni nos las decimos a nosotrxs mismxs porque eso implicaría reconocer, aceptar y asumir (de alguna manera) que en efecto somos vulnerables; jodibles, pues.

La cuestión es que sí hay diferencias entre vulnerabilidad y debilidad. La vulnerabilidad, que exista la posibilidad de ser vulneradxs, no es una condición sino más bien una respuesta a un estímulo, y está sumamente ligada a los miedos.

Ahora, tener miedo también es sinónimo de ser un cagax, y acá a nadie le gusta ser un cagax. Es una de las cosas más chalequeables que hay: “¿Qué pasó, marico? ¿Arrugaste? ¿Tás cagao?”. Los miedos los enterramos junto con las vulnerabilidades, y no lxs hacemos conscientes pero dejamos que signen lo que hacemos: pensamos y nos movemos con las ansiedades y los miedos.

Y ahí sí la cagamos, compas.

Enfrentarse crudamente a los miedos es enfrentarse a los demonios (los más podridos y los más feos. A todxs nos huele mal el culito), y es una tarea titánica que sólo pareciera tomar prioridad o ser importante, digna de que le prestemos atención, cuando nos quedamos sin el chivo y sin el mecate. Cuando nos metemos en rolo e peo.

Cambiar, crecer, florecer, portarse a la altura de las circunstancias, ser un Dandy o portarse como LeidiDi o la Chiqui Delgado —pa’ mencionar nuestro gentilicio—, pareciera ser pura fachada. Quien más mea es quien engaña,  quien pareciera tener todo bajo control: las vulnerabilidades, los miedos, la mierda.

Pero creo que el beta no está en conquistar espacios libres de miedo o vulnerabilidad, sino más bien reconocerlos y ver qué carajo hacemos con ellos: sacárnoslos del pecho y llevarlos de la mano mientras averiguamos cómo los resolvemos, uno a uno, en la medida en que la circunstancia lo exige porque —estemos claro en lo claro— son inevitables. Desde los miedos obvios (la inseguridad, el peo de la comida) hasta los miedos más podriditos, los que nos definen.

¿Cómo hacemos, entonces? ¿Los dejamos allí acumulándose y creciendo como los hongos? ¿Nos las damos de machos y decimos que no existen? Y, una vez estén localizados, reconocidos, ¿qué hacemos con ellos si no tenemos idea de cómo manejarnos y lidiar con ellos?

Hace mucho tiempo alguien muy querida me dijo “un día a la vez”, y yo nada que entendía. Creo que empieza a tomar forma; esa idea que parecía tan abstracta comienza a tener concreción. Quizá sí… Quizá haya que llevar los miedos de la mano como carajitxs con globos.

Ilustración: Juan Hernández

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