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La Babe. ID: babedron (3/3)

La Babe. ID: babedron (III/III)

Una clínica de recuperación me esperaba, mis últimas palabras salieron del sueño más profundo, como una sentencia en un eructo: “Agradecido de las bondades de esta tierra, cuando se quiere a alguien se le deja dormir y no se le despierta”.

Las tesis de Vasilevski se habían grabado en forma de bucle hipnótico o este Rasputín de la nueva guerra fría las repitió durante el tiempo que dormí. El recital de ronquidos debió ser magistral. Cocí par de huevos sancochados, ella prefirió cocinarlos como si fueran huevos fritos, sin aceite. Su torso alargado llevaba aún las marcas de las sábanas y la cadencia de un bossa nova que se oía desde su cuarto.

La mesura se conjugaba con la ecología de su espalda que sólo podía sostenerse en esas caderas cuyos contornos reescribían el horizonte libidinal de una compleja sexualidad desconocida hasta el momento para mí.

Aún con la tasa de café en la mano salimos al pasillo, sin cerrar la puerta; subimos un piso hacía la azotea, esquivando las antenas de la televisión satelital, seguimos la manguera que regaba la huerta más grande que había visto sobre edificio alguno, de allí que el balcón estaba cubierto por una enredadera que colgaba atenuando la luz de la sala, caminamos dentro del follaje del cultivo, subimos otra escalera para llegar hasta el techo de los ascensores, respiré profundo para intentar desvanecer toda la ingesta de oscuridad y fotofobia que genera el plenilunio artificial de una incubadora bajo tierra.

En un minuto de espiritualidad saludé al sol con la nariz aún vuelta mierda y le pregunté al gran astro por mi destino.

La respuesta no se hizo esperar, el cabello rojizo de la Babe explotó en cámara lenta sobre el ovalo de las esterillas de neopreno, la mañana aún nos ofrecía un azul violáceo que le ruborizaba las mejillas. Sin dejar de besarnos bajó su short hasta las caderas, de allí no pasó; el silencio apareció súbito y embrionario, me detuve casi perturbado, traté de ser cortés para no incomodarla, pero yo era el único sorprendido. Por un momento pensé que la Babe estaba bien dotada con un clítoris recrecido por la excitación, entre sus piernas el diamante de cuatro puntas descomponía la luz, pero más arriba de su vagina colgaba un falo perturbador que intenté obviar, proseguí frente al más absoluto extrañamiento, su racionalidad siempre me interpelaba pero jamás pensaría que su cuerpo también lo hiciera, no dejé de mirarla a sus ojos estrechando sus piernas y levantándolas para ver solo sus labios verticales, pero su sonrisa de afrodita sarcástica casi erecta me desconcentraba. No podía reducirme a esa situación, no podía pedir explicaciones, todo iba tomando sentido o quizás no, el poder y el querer luchaban entre la sexualidad y la política del deseo, cualquier esfuerzo por intelectualizar lo que pasaba estaba demás.

Ella lo hizo más fácil, sabía erotizar el rechazo de los que no podían aceptarla.

Cuando la Babe nació, sus padres tuvieron que elegir que debía ser mujer, confieso que quedé en deuda con su erotismo, el resto de las cosas no merecía ninguna respuesta, sólo bastaba correlacionarlas.

Esa tarde debíamos cubrir la rueda de prensa de un nuevo movimiento que surgía de la discrepancia política de lxs LGBT.

Cuando bajamos ya íbamos retrasados, nos tocó atravesar el cementerio de lavadoras para llegar hasta la NAVE 11. Desde arriba se oía una discusión, llegamos en el momento en el que el Sueco, sobreexcitado, golpeaba la mesa  una vez más, esa era su manera de manejar la situación cuando se le agotaban los recursos, esos eran los momentos donde nada se reservaba, la prudencia era para los cagados.

A Revueltas, los videos y la cocaína le habían empujado los ojos hasta la nuca, el jefe balbuceaba intentando bajar la intensidad del momento. Así como entramos salimos.

No solo éramos fanáticos de cagarla entre nosotros mismos, quizás también lo éramos de las causas perdidas.

La rueda de prensa estaba pautada para las 10 en AIPO (Anticorrupción Interpelación Popular), llegamos media hora después y no había comenzado. Una mesa, seis puestos y seis botellitas de agua sin etiquetas, esperaban por el estado mayor de lxs RARQ. La convocatoria tenía la intención de presentarle a la “opinión pública” la otra versión criolla del manifiesto contra sexual que le sumaba a la lucha feminista un dispositivo de goce.

Ilustración César Vázquez

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