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Nuestras niñas y nuestros niños volverán a pisar las calles nuevamente

Por estrictísimas razones alimentarias, salgo de casa solo dos veces a la semana. Lo más lejos, a dos cuadras. Invierto, dentro de mis posibilidades, la menor cantidad de tiempo en ir y regresar. Estoy claro, muy claro, que mi mayor aporte dentro de esta enfermiza batalla que libramos a nivel planetario es evitar la calle porque sí. Si dentro de mi cultura estuviese la creencia divina, ya no habría santo o santa a la que apelaría minuto tras minuto para que ninguna emergencia se cruzara en mi determinación y me obligara a ausentarme un tiempo mayor.

Todo esto viene a lo siguiente: ¡Cómo hacen falta los carajitos en las calles! ¡Y las carajitas también!

La desolación en esos trazos de pavimento que recorro, es casi que necrofílica sin ellas y ellos. Sus voces, sus gritos y sus imágenes son, definitivamente, las que alimentan los motivos para vivir.

Escribo el martes 21 de abril a las 2:30 de la tarde. Hace 19 horas, casi que por casualidad, supe de un “aplaudazo” organizado para rendir homenaje a esos y esas gigantes de la casa que no obstante sus edades, heroicamente han entendido la necesidad de permanecer enclaustrados. Me enteré porque, no sé de donde, emanó un sonido que aunque no se extendió más de 30 segundos (tal vez menos), se desnudó como un indiscutible aplauso que prontamente fue tragado por el silencio de la noche que apenas empezaba.

Un disminuido mensaje vaciado en un grupo de guasap reveló todo: se trataba de una jornada, como dije, para ellos y ellas. Obviamente, la convocatoria no surtió mayor efecto. También obviamente, hay que insistir en ella. La iniciativa, de origen desconocido, no debe ver achicar la llama.

Nuestras chamas y chamos, como seguramente sus colegas de otras latitudes, han crecido mucho en un mes. La pandemia los ha empujado a atesorar, desde ya, una madurez inimaginable hace escasos tres meses y medio cuando los abrazamos y besamos para darle ingreso a este sorpresivo año 2020. Ese encerrado proceso de acumulación de riquezas y conocimientos logrados con una reciedumbre impresionante, no debe pasar bajo la mesa.

Si de mí dependiera, apenas el Covid-19 deje de ser parte de la historia presente (en algún momento así deberá ser), decretara el no regreso inmediato al trabajo. Sí, leyó bien: el no regreso inmediato.

Otorgaría unos días libres a la población (los actuales, de libres no tienen nada), para que -antes de reiniciar labores y clases-, las y los chamacos pudieran nuevamente asaltar esas calles, avenidas, plazas y aceras hoy hambrientas de sus pisadas. Sostengo, y lo elevo con seriedad, que salir de una prisión como la actual para enrejarse en una oficina o un aula de clases de forma inmediata, no parece muy sano que se diga. Sobre ello seguramente las y los especialistas en la conducta humana, tienen algo que decir.

Lo cierto es que el lunes hubo aplausos en casa. En par de ocasiones, fueron atronadores para la chiquilla de nuestros ojos. Seguirán, además. Reguemos la voz. Que nadie se quede sin hacerlo. Llegará el día en que, parafraseando a Pablo Milanés, ellas y ellos volverán a pisar las calles nuevamente.

¡Chávez vive…la lucha sigue!

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