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El gato del pintor

Deambulo libre por el mesón y los estantes. No tengo a veces ánimo de trabajar, pero siempre vengo y reviso los cuadernos, meto las patas en la caja de pinturas, atiendo los pinceles que reposan humedecidos en las latas. Voy directo a la ventana del taller y la abro, atiendo las plantas que están sembradas, las riego, les quito la maleza, observo detenidamente los pequeños frutos que ya comienzan a aparecer y me como los brotes más tiernos. La humedad de la tierra se hunde bajo mis patas. Pero lo que más me gusta es observar el lomo de los libros, los rayones de carbón, las veladuras del color blanco pastoso sobre las superficies hermosamente azules. A veces me siento como si yo fuera el pintor, pero sé que soy el gato del pintor.

Vuelvo a mi cojín y me duermo soñando que ando por un museo solitario, parco, conservador de objetos petrificados en el tiempo, gobernado con severidad por momias de otros tiempo y por profetas menores que se creen autoridad de la belleza. Me despierto sobresaltado y vuelvo a ver el piso salpicado de pintura, las rumas de cartones, los apuntes con la esquina doblada. Soy un simple gato de taller. Y voy a la tierra y me embarro las patas y dejo las huellas sobre la tela limpia. El pintor entra de vez en cuando, ve que he ensuciado sus telas y no dice nada.

Sale callado, toma café, compra pan y frutas y vuelve a dar una ronda por sus reinos. Me ve soñando en mi cojín, me hace cariño y sé que sueña que es un gato de pintor. Más libre, más feliz, sin tantos prejuicios y vanidades. Cada quien sueña que es el otro. Cuando pinta, el pintor se cree un gato libre. Cuando meo las esquinas del taller me siento como un pintor con todo y sus tormentos. Prefiero ser gato de pintor, libre en este taller con matas de tomate y sol en la ventana. Todos estos rincones para mearse y un pintor atormentado y febril que es espejo de los sueños y libro de lecciones mal aprendidas. Mejor dicho esponja de lecciones que no se debieron aprender nunca. Los gatos no tenemos amo, vivimos en espacios que les prestamos a los que creen que son los dueños. Pero no importa que no lo sepan, así son felices, y para qué estropear esa felicidad fundada en falsedades. Conozco muy bien los ruidos del taller. El roce de las brochas sobre la tablas, las aguas de las latas protegiendo los pinceles, las tijeras, los dedos inteligentes enamorando las superficies blancas. Lo conozco todo y lo disfruto. En silencio observo y tranquilo, a mi manera también mancho mis papeles y saco de mis huesos y mi sangre un gesto, un signo de que pasé por esta tierra. Así son estos días, soy gato de pintor, enamorado del espacio, observador maravillado de los colores, dueño de mi contemplación…no sé qué pensarán los demás.

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