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Sin Asco. Chacaíto amanece perreando (III)

Claro que podía tomarse la botella completa sola pero antes quería pagarse su mierda; quería darse su lujo. Quien le podía decir que no. Sirviendo la Pepsi fuera del vaso fue que la vi. Eran las 5:30 aproximadamente, estaba tan jalada que decir que el vaso estaba hasta el culo de ron era irrelevante, parecía que colgada por el pecho de unos ganchos al techo, deslizándose por unos rieles como una bailarina de circo freak en caravana nocturna. Era una fresa Pocahonta de unos 30 y dele que respiraba debajo del agua. Estaba tan operada que casi no hacía contacto visual con el mundo exterior.

En el momento en que le abrieron la puerta del bar se debatía entre la vida y la muerte con un pelo en la garganta.

– Ni pendiente – Nadie se dio cuenta que se estaba ahogando.

Al ver a su amigo, le arrancó la cerveza y se lanzó un trago. Luego lo saludo y se le pasó momentáneamente.

Su mandibuleo era aún más exagerado, y aunque causaba cierta envidia, era más difícil de disimular con todo y bolibomba que le había comprado al taxista.

Nunca dejaba de sonreírse para sí misma con ojos de Marilyn Marabina Monroe, sus pómulos anchos era el único rastro eficiente de genética mestiza que se asomaba entre el botox y el maquiclub. Si no tenía el mejor perico del lugar, debía ser uno de los mejores, el aire acondicionado traía sobre su splash de manzana un leve aroma de grasa máquinica difícil de conseguir. Para él, ella era su buda momentáneo, otro señuelo para los más “aptos”.

En el abecedario de Warhold, el mito de Marilyn Monroe había quedado solo para los trans quienes reencarnaban el misterio de la fatal femme creada por Hollywood. Sin embargo ambos se sentían tan bien, envueltos en esa película de plástico patente que lo menos importante eran las etiquetas y los protocolos, y aunque a ella le gustaban algunas formalidades, ambos portaban el estilo, él el marico de punta en blanco y ella la más explotada de la noche.

Las otras caras le parecían conocidas, excepto las nuestras, y aunque yo nunca había conocido ese lugar, el peine para esas dos pelucas ya tenía nombre, lo apodaban el ruso.

El Perreo a esa hora te diseccionaba el miembro por encima de la ropa. Los cortes eran impecables cuando sonaba Ozuna. Minutos antes había quedado afónico sobre la tumba de Romeo Santos, “mute con pause” como diría la flaca. De un momento a otro la mayor parte de la comunicación se redujo a lo gestual -casi genital-

Esta vez el ruso estaba dejando su teléfono celular para pagar la nueva cuenta.

– Si no me voy de aquí voy a tener que empeñar la nevera de la casa.

Amanda sentía otro tipo de grasa en su cara, la de estar preñada y acabando los trapos durante dos días seguidos, ella seguía nadando entre palabras hilarantes mientras seguía restregándose los ojos como si las cuencas fueran las bateas donde se le saca la mugre al futuro. Afortunadamente  todo terminaba allí, al menos para el perraje.

Su apellido no lo escuché y tampoco se porqué lo dijo, yo me presenté como columnista por lo que pensaron que era periodista, inmediatamente supe que el amigo de Amanda era paco.

Hace rato había amanecido y seguía llegando gente.

– Esto no puede seguir así, estos mamaguevos son un desastre ¿Qué opinas tú de lo que pasa?

Y aunque intentaba buscarme la lengua, yo solo tenia ánimos para oírlos. Tenía buen trato, lo sabíamos, a ratos con el hampa, a ratos con los pacos. Esta vez con una posición crítica pero indeterminada me interpelaba por segunda vez sobre la situación y el peo. Aunque no se lo agradecí, su amigo salió al rescate.

– Yo soy policía, soy de inteligencia y soy opositor, y lo que te puedo decir, es que el 80% de la policía está en contra del gobierno.

Puesto que no me interesan las urgencias informativas del relato, más me atrae el contexto y esto es algo que no debo explicar.  Sin voz y sin dinero, la crónica se terminaba de escribir sola, así que no había más nada que buscar. La única fuente de información posible era la de la lucidez momentánea a quemarropa que me hizo pensar en el segundo acto -la gravedad es para el que cae como el horizonte para el que huye -, había llegado la hora de huir, de regresar como Zaratustra a su zona de confort, atrás habían quedado las moscas de la plaza. Esa mañana desayuné con el animé japonés Samurái Shamploo, con un capítulo donde dos ejércitos de samuráis van a la guerra dispuestos a matarse sobre el campo de batalla que era una gran plantación de marihuana, inmersos en esa estepa verde de matas y moñas, cuando eso agarró candela no se supo más nada después, ambos ejércitos bajo palabra acordaron que lo que allí pasó allí debía quedar.

Ilustración: Cesaria

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