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Mi hijo es mexicano

La riqueza cultural de nuestra amada Venezuela se pierde de vista. Nuestra música, la gastronomía, los bailes, las tradiciones, en fin; todo lo que conforma nuestra idiosincrasia es un abanico de variedad y originalidad que es motivo de auténtico orgullo. Toda esa riqueza, al modo ancestral de la tradición oral, he tratado de llevarla a mi hijo y junto a su madre, le hemos enseñado lo hermoso que se siente ser venezolano.

Pero como los chamos son una esponja y no sólo absorben del agua que sus padres le dan de beber, hay otros elementos que forman parte de su crecimiento físico e intelectual. Uno de ellos es la televisión, niñera poco recomendable que tiende a influir las conductas, estereotipos, gustos y disgustos de nuestros muchachos.

“¿Papá me sirves sandía?”, “Voy a preparar la mochila para ir al cole”, “Un día me enseñas a volar la cometa”. Esas frases sacadas de la “tele” son pronunciadas a diario por miles de niños venezolanos que seguramente comen patilla, preparan su morral para ir al colegio y desean volar un papagayo. Las traducciones mexicanas que bombardean nuestra televisión pública y privada tienden a uniformar a nuestra población con un “lenguaje latinoamericano universal”. Es decir, así como en EEUU se cree que todo latino tiene un sombrero de charro y canta rancheras, así mismo los enlatados de entretenimiento infantil nos ofrecen un falso acento neutro lleno de modismos ajenos a los nuestros.

En un tiempo no tan lejano, Venezuela tuvo grandes empresas de doblaje que eran referencia en el mundo de habla hispana, incluso en el Reino de España. La facilidad de nuestro acento para hacerse neutro hizo posible que muchísimas traducciones de series, películas, telenovelas y caricaturas, llegara a públicos con diferentes nacionalidades de una manera casi imperceptible, respetando los modismos, usos y costumbres de cada país.

Pero el problema que trato de poner en relieve no es un asunto chauvinista o xenofóbico. Lejos de ello, se presenta en nuestros hijos un problema de pérdida de identidad, de desconocimiento de lo suyo, de desarraigo. Basta hacer una pequeña prueba en cualquier colegio: ¿Cuántos niños usan “chido” en vez de chévere? ¿Cuántos llaman “wey” o “guey” a sus amigos en vez de chamo o pana? ¿Cuántos usan la expresión de asombro “¡a poco!” en vez de nuestro ¡en seriooo¡?

Es para preocuparse. Tal vez en 2017 la cosa no sea tan alarmante, pero a la vuelta de unas dos generaciones los cambios serán astronómicos en nuestra forma de comunicarnos si no se toman los correctivos necesarios para preservar en los pequeños la idiosincrasia venezolana con sus ricos modismos incluidos.

Tal vez revivir la industria del doblaje nacional sea muy cuesta arriba en estos momentos (hay quienes opinan que no lo es tanto), pero algo debe hacerse en pro de mantener nuestra cultura viva y rica. No sea que un día los chamos te digan: “Agarra la onda wey, me vale madres que no me des la lana porque a poco que tengo buenos cuates”, y no sepas de qué carrizo te están hablando.

 

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