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¿Un capitalismo chimbo o avant garde? (I)

Conocer bien de dónde venimos es clave para no repetir viejos errores, pero también para comprender mejor por qué ocurren ciertos fenómenos socioeconómicos, que además se repiten en el tiempo de forma prácticamente cíclica. A partir de ese trabajo de estudio y análisis será más fácil trazar las rutas que nos conducirán hacia el camino de lo que está porvenir.

Con esa premisa se desarrolla desde el pasado sábado 17 de junio el primer ciclo de talleres de Economía para no economistas, una iniciativa conjunta del portal web 15 y último, la red Códigos Libres y la plataforma Economía Por Venir, para contribuir con una mejor caracterización de la estructura socioeconómica venezolana. Esto será clave a fin de elaborar un mejor diagnóstico acerca de los males presentes en nuestro ya maltrecho capitalismo rentístico, pero también para diseñar una terapia que propicie la cura definitiva de nuestros males económicos.

En ese sentido, el investigador y profesor universitario, Luis Salas, acota que es importante dar respuesta a preguntas esenciales como: ¿Por qué no nos industrializamos?, ¿de dónde provienen nuestros patrones de consumo y cuáles son los más idóneos para nuestra sociedad?, así como ¿cuál fue la verdadera evolución de nuestra industria petrolera?

Esto es clave porque algunos autores han planteado que en Venezuela se instauró una suerte de capitalismo chimbo. Esa categorización aparentemente inofensiva esconde uno de los mitos más peligrosos acerca de nuestra economía, porque deja la puerta abierta a pensar que con más y mejor capitalismo se resolverían todos los problemas del país.

Tenderos, mercachifles

No obstante, cuando se pasa revista a la estructura socioeconómica del país, entre 1830 y comienzos del siglo XX, salta a la vista que las relaciones de producción de la incipiente vida republicana entrañaron mecanismos de apropiación de la renta, que harían palidecer a cualquiera de los grandes emporios financieros actuales, como Goldman Sachs o Lehman Brothers, entre otros.

La partida del Padre Bolívar no contribuyó a que cesarán los partidos ni mucho menos a que se consolidará la unión. Todo lo contrario, tras el deceso del Libertador se hizo aún más encarnizada la lucha a muerte entre una clase terrateniente latifundista y una incipiente oligarquía comercial y financiera, en buena medida constituida por pretensiosos tenderos, muy acostumbrados al pecado original: comprar barato para luego vender muy caro.

Esa puja a muerte bloqueó el sueño de igualdad por el dejaron el pellejo las masas populares en la larga, cruenta y heroica guerra de Independencia. No es para nada fortuito que la promesa de abolición de la esclavitud hecha por Bolívar se haya metido al congelador durante 24 años. Y para que se pudiera concretar en 1854, el Estado venezolano debió cancelar a los grandes terratenientes una especie de royalty o indemnización por la libertad de cientos de miles de ciudadanos de origen afro a los que habían esclavizado como bestias de carga.

La negativa de las oligarquías a atender una deuda social creciente y lacerante desencadenó la Guerra Federal. Este acontecimiento bélico supondría más víctimas fatales que la propia guerra de Independencia. Según estimaciones historiográficas se cree que en la lucha abanderada por el General del Pueblo Soberano, Ezequiel Zamora, se produjeron al menos 100.000 muertes, una verdadera calamidad si se toma en cuenta que el país semirural de la época escasamente alcanzaba el millón de habitantes.

Pero luego vino nuevamente otra traición. El General Zamora fue asesinado después de una fulgurante carrera de éxitos militares y con su muerte tendría lugar el infame Tratado de Coche, un documento en el las oligarquías enfrentadas pactan; y luego un poco más tarde con la instauración del Guzmanato (1870) los comerciantes comienzan a acumular un poder económico inusitado.

Bajo la égida de hombres como Manuel Antonio Matos y un poco más tarde Vicente Lecuna, estos mercachifles, como los definió Laureano Vallenilla Lanz, irían conformando un poderoso tinglado comercializador-importador, bajo el cual estarían en manos privadas el equivalente actual del Banco Central de Venezuela, la Casa de la Moneda de Venezuela, la Tesorería Nacional, la Oficina Nacional de Presupuesto y toda la banca pública.

Se pagaban y se daban el vuelto

Zamuros cuidando la carne del erario público se acostumbraron muy pronto a sentir el país como su coto exclusivo. Grandes apellidos como Boulton, Blohm, Vollmer, Fleury y Franceschi, sumarían a esta casta de serpientes. Cada familia se iría especializando en uno o dos rubros, moldeando así la fuerte tendencia oligopólica de nuestra economía, la misma que luego les daría -tal como lo padecemos actualmente- una fuerte capacidad para manejar la formación de precios a placer.

Ya iniciado el siglo XX, Gómez se encargaría de imponer el “orden” contra las montoneras caudillescas a sangre y fuego. Con la Ley de Hidrocarburos de 1920, ideada por su todopoderoso ministro de Fomento, Gumersindo Torres, la tiranía del “Benemérito” inició al menos formalmente la etapa rentista-petrolera.

La casta de tenderos y mercachifles van a dejar el tema de las exportaciones en manos de las compañías petroleras, a cargo de la británica Shell y la norteamericana Standard Oil, quienes se repartirían una apetitosa plaza energética por varias décadas.

La reconfiguración a partir del petróleo generaría una lucha feroz entre quienes defendían la economía del café y el cacao y quienes alentaban la burguesía especulativa parasitaria. En el primer grupo figuraba gente como Alberto Adriani y en el segundo descollaban personajes como Vicente Lecuna.  En la próxima entrega veremos como esta pugna va a dar pie a golpes de Estado y no pocas confrontaciones. Es en este período cuando se echan las bases de nuestro capitalismo rentístico. Sólo podemos adelantar que por la forma como operó y la legislación que se dio lejos de ser chimbo o atrasado fue más bien avant-garde.

Para cerrar tomamos prestadas algunas ideas del sociólogo, Luis Salas, quien concluye que el llamado rentismo constituyó una suerte de financiarización a la venezolana, es decir: “un capitalismo que nació viejo, con empresas que no producen nada, monopólico y/u oligopólico, con una fuerte concentración del poder político y un marcado sesgo importador”.

DesdeLaPlaza.com/Daniel Córdova

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