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Carlos Suárez: “El pueblo siempre pone el pecho”

13-A El día que retornó la democracia

 

“Aquel, inconfundible sonido… el tucu, tucu, tucu de ese helicóptero era, en ese instante, el sonido de nuestros corazones ¡Era un ángel mecánico que nos devolvía a Chávez!”.

Al menos así lo recuerda Carlos Suárez, cuando aquella madrugada fría de abril de 2002, el Presidente Chávez regresaba al Palacio de Miraflores luego de haber fracasado un Golpe de Estado de derecha, que duró cerca de 47 horas… Amanecía el 14 abril.

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Pasaban de las tres de la madrugada. El país había transitado del terror generado por la represión golpista, durante el día 12 de abril, a la acción combativa para derrocar a la pandilla de poderosos que pretendieron sacar a Chávez a sombrerazos del poder, apoyados por una hipnosis televisiva que logró, (al menos durante unas horas) aletargar a los más incrédulos.

Carlos Suárez era uno de los cientos y cientos de caraqueños que, congregados a las afueras del palacio de gobierno -Miraflores-, pujaron por la vuelta a la presidencia de Hugo Chávez. Tenía que estar allí, se trata de un hombre curtido por las luchas revolucionarias.

En 1977, “Carlitos” llegó a Caracas. Para entonces era un “comunista refugiado” que había logrado sortear con vida, las amenazas de la dictadura argentina, y desde entonces éste país se volvió el suyo. Tanto, que en 1980 juró lealtad delante de la bandera nacional y asumió ser ciudadano venezolano.

La revolución

Pero volvamos al 2002. Estamos en el día 13 de abril. Unos treinta minutos antes de las doce del mediodía, “Carlitos” logró estacionar su camioneta “Waggoneer” cerca de Miraflores en una de las calles laterales. “A la avenida Urdaneta ya no le cabía un alma”, recuerda.

Dentro del vehículo lo acompañaban todos los que lograron meterse cuando hizo una parada frente al Fuerte Tiuna, cuando bajaba de la población de Los Teques y una multitud se dirigía desde el asentamiento militar al centro de Caracas.
¿Pero porqué regresar a Miraflores, de donde el pueblo había desalojado el día 11 de abril? “Carlitos” nos cuenta: “…a esa hora ya se sabía que Hugo Chávez no había renunciado. Sabíamos de la carta que él hizo circular con el apoyo de un soldado que lo custodiaba y en la que aseguraba que no había renunciado y eso nos llenó muchísimo de aliento”.

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En la ciudad de Maracay, sede de importantes bases militares y que dista de Caracas a poco más de 100 kilómetros, altos mandos militares leales al gobierno constitucional interpretaban los hechos desde temprano.

La presencia del pueblo a las fueras del palacio de gobierno era un símbolo y una señal. Un símbolo del retorno popular a los espacios conquistados democráticamente y una señal con la que los militares leales a la constitución, actuaron.

El Diario Panorama en una de sus páginas escribe:

En Maracay opera a todo vapor el centro de operaciones militares para orientar la retoma del poder, gracias a la diligencia de José Vicente Rangel. Al frente está el general de división Julio García Montoya, quien cuenta con el decidido apoyo del también general Raúl Baduel, jefe de los batallones de paracaidistas. A ellos se suma un general más, Nelson Verde Graterol, con mando sobre la poderosa IV División de Infantería, con tropas de Ejército, Aviación y Guardia Nacional en los estados centrales. Desde allí planean tres movimientos que resultan definitivos: el primero la retoma del Palacio, valiéndose de la Guardia de Honor y la Casa Militar (…)

La segunda jugada de García Montoya se realiza a través de una llamada a Fuerte Tiuna. En una especie de negociación con Vásquez Velasco le dice que para evitar el alzamiento de la base de Maracay y todos los batallones adscritos a la IV División, es necesario que Carmona restituya la Asamblea Nacional. La tercera y definitiva carta la pone sobre la mesa José Vicente Rangel. Hay que ir por Diosdado Cabello, escondido en una concha de Catia y por Willian Lara, refugiado en Caracas, para llevarlos a Miraflores…”.

Era una combinación perfecta, natural y espontánea. “Carlitos” estaba fuera del Palacio sin llegar a saber, aún, que su presencia y la de la multitud, va a ser definitiva para activar la Revolución cívico-militar que barrerá con el Golpe de Estado.

Pero de algo si está conciente: “hay un fenómeno que no es historia nueva”, dice, “la gente pone el pecho, como decía El Ché… y la gente de nuestro pueblo siempre ha puesto el pecho.

El antecedente más noble, más epopéyico, más legendario ya, es sin duda el 27 de febrero 1989”. Aquella gesta de finales de los 80, conocida como “El caracazo”, demostró –una vez más- el temple de los venezolanos.

Y justamente ese era el mismo ánimo que se sentía el 13 de abril de 2002 a las afueras del palacio de Miraflores, mientras el pueblo veía huir a la canalla golpista que pretendió robarse el país, “…y claro, es la esperanza, la esperanza en que un mundo mejor es posible, que vivir más solidariamente es posible y ese sentimiento y valor, significa Chávez para el proceso revolucionario… esperanza”.

Permanecer

Dos días antes, el 11 de abril, luego que la revolución fue “baleada” por la Policía Metropolitana y francotiradores al servicio de los golpistas, el pueblo permaneció en el Puente Llaguno y sus alrededores. Hasta que la dirigencia política, conciente de que había que replegarse para el reacomodo táctico, después del fuerte puñetazo que propinaron los medios de comunicación, ordenó el desalojo de la avenida Urdaneta.

“Carlitos” Suárez, profesor de recreación y deportes, “autojubilado” (como él se dice) estaba en Puente Llaguno junto con unos amigos de militancia, aún podía verse a algunos policías metropolitanos que seguían disparando desde la avenida Baralt hacia la Urdaneta, “decidimos irnos, nos dijimos ¡Cubrámonos como podamos! Atravesemos el puente y perdámonos hacia abajo”.

Eso hizo y unas cuadras más abajo se encontró con su mujer que esperaba a resguardo.

Caminó con su mujer perdiéndose en la maraña de la ciudad, hasta enconcharse cerca del centro, para pasar la noche. A ese sitio llegaron otros compañeros. Allí “nos tocó ver ese espectáculo patético y doloroso de esa mueca de junta militar dando declaraciones en la prensa. Padecimos con el silencio mediático que nos negro la información de nuestros dirigentes. Así que intentando algún contacto con los compañeros, pasamos la noche en vela ¿Porqué? Sencillo, no podíamos estar sentados cuando se jugaba el destino del país”.

Con los primeros rayos del sol del 12 de abril de 2002, salieron de la “concha”, buscaron las vías menos transitadas de una Caracas extrañamente silenciosa y así llegaron a la parte trasera de las torres del Parque Central (avenida Lecuna), donde ya había sabor a batalla.

“Vimos un vehículo con pintas que decían queremos a Chávez, No ha renunciado, lo tienen secuestrado. Eran los primeros signos de la reacción popular”, explica Carlos.

Luego vino la organización de los grupos sociales. Se reactivaron las señales de los teléfonos celulares, que las empresas prestadoras del servicio habían suspendido a favor del golpe; se recuperó Venezolana de Televisión (canal del Estado) que los golpistas sacaron del aire. Y el pueblo se jugó sus conquistas frente a la represión… hasta hacerla retroceder y lograr sitiar el palacio de gobierno en apoyo a Chávez. A donde llegó “Carlitos” Suárez, con sus 69 años a cuesta, impulsado por el mismo ímpetu de combate.

Semanas más tarde, el propio “Carlitos” Suárez, mirando el monumento a El Libertador, que corona la avenida Bolívar de Caracas, nos diría: “Y como no estar ese día con mi pueblo que había sido golpeado por la canalla, si ese era el día del pueblo pobre, de los desposeídos de siempre con los que he luchado, de aquellos que encontraron en la revolución bolivariana el pasaporte a la dignidad”.

 

DesdeLaPlaza.com / Ernesto J. Navarro

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