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En defensa de los libros

Hace unos días publicaba en mi cuenta de Facebook que era conveniente que los manifestantes violentos en Caracas, en vez de blandir un cóctel molotov, y ahora un frasco lleno de mierda, llevaran mejor un libro en el morral.

La idea la tomé prestada del escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien terminaba con una sugerencia similar un discurso para sus compatriotas militares en el ámbito de un curso humanizador denominado El Estado de Derecho y la Fuerza Pública en 1996.

La reacción instantánea de quienes se tomaron el tiempo leer mi estado y de opinar, fue de un tono parecido al rechazo, colgando un cartel de absurdo para aquella sugestión mía que les parece fuera de lugar en un país donde la gente tiene dificultades para conseguir los alimentos.

La réplica más sensata entre aquella fila de comentarios fue la que amplió el deseo de libros para todos, reconociendo los efectos civilizadores de la lectura y esquivando la pretensión de señalar quién sí y quién no tiene la verdad del caso venezolano.

En tanto, la que me pareció desoladora fue la que exclamó que no hacía falta leer libros para superar la crisis nacional, despachando por un tubo la certeza histórica de que han sido las ideas impresas las que han motorizado los cambios en la humanidad: tanto para bien como para mal.

Por un instante me puse en la situación de cuestionarme si cometía un despropósito al añadir una necesidad de auxilio intelectual en el ámbito de aturdimiento económico del país, en el que indefectiblemente prevalecerá un plato de lentejas en vez de un libro en la repisa.

Sin ser del tipo de persona religiosa, fue una frase bastante sobada de Jesús la que salió en mi auxilio, cuando dijo “no solo de pan vive el hombre”.

Si bien El Hijo de Dios se refería a que no solo se sacia el cuerpo con comida sino también con la fe en El Padre, se puede añadir en estos tiempos que otra sustancia inmaterial tan vital como el alimento, es la educación y el conocimiento.

Aquella respuesta tan bárbara me recreó a Fahrenheit 451, una novela distópica en la que hay unos bomberos que tienen por oficio quemar libros y en la que la acción más subversiva para conservarlos era almacenarlos donde nadie los pudiera hallar para eliminarlos: en la mente.

Fue esa una respuesta rara de alguien que es un lector y que seguramente tiene más recursos que la rabia para responder una idea mejor.

Desmerecer la idoneidad de los libros es un acto que se parece a una arbitrariedad contra la cultura. Un desprecio al servicio del efecto embrutecedor de los medios de masas, que nos convierte en repetidores aturdidos de datos, sin tregua para la reflexión, haciéndonos sentir que “pensamos”.

Para los apóstoles de las libertades modernas y que desestiman la alusión de la memoria histórica como un truco de pícaros políticos con afanes populistas, hay que decirles que su ideología con las gríngolas mirando hacia adelante, la aprendieron. o se la programaron. porque alguien más astuto las desarrolló en libros y ensayos.

A los aficionados al sarcasmo que entrecomillan la idea de “libros en la mochila”, hay que repasarles que en sus clases de Historia Universal debieron haber aprendido que el hombre en su afán de trascender más allá de la sugestión del embalsamamiento, consiguió la inmortalidad efectiva en las ideas que dejó escritas.

Si no fueran importantes los libros, ya estaría en desuso la biblia y sus preceptos morales. Sugerirlo, sería una forma moderna y arbitraria de abolir la historia, la literatura y la ciencia, reduciéndonos al estado de simples habitantes que medran para trabajar, comer y ganar buen dinero, con la satisfacción efímera de rozar la prosperidad porque tenemos acceso a la tecnología y el entretenimiento de Netflix.

En verdad admito que me tomé el tiempo de escribir esta reflexión sin ínfulas de intelectual, más por defensa de los libros y no por las ideas que expreso, porque me parece que despreciarlos, aún en el caso de admitir la preeminencia de una necesidad mayor, que es la de comer, bien merecen la oportunidad para alimentar los argumentos de un diálogo que nos sigue haciendo falta.

DesdeLaPlaza.com/Carlos Arellán Solórzano
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