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La Navidad, época de unión, paz, amor y especulación

Cuando se acerca diciembre empezamos a sentirlo, se escucha la gaita a finales de octubre, en noviembre comienzan los bazares navideños, las publicidades en los medios de comunicación empiezan a hacer lo suyo, ofrecen juguetes, muestran gorritos de santa, el muñeco de nieve -como si en Venezuela nevara-, y comienzan los aguinaldos a aparecer en las publicidades, se siente un aire de esperanza, de reconciliación, de paz, de rumba, de bonche, de compartir.

Ya los amigos, en las empresas, en las escuelas, en todos lados empiezan a planificar la cena de fin de año, la despedida del año que terminó con sus errores o aciertos, con sus logros o desaires, hasta la cena de acción de gracias la celebran algunos mediatizados por ahí,  en fin es todo un movimiento energético-comercial que define estas fechas, donde las familias se planifican para saber en casa de quien se pasa la navidad, o el fin del año, donde las hallacas, el pernil, el pan de jamón, la ensalada de gallina y los otros componentes de la cena de pascuas o de bienvenida del año nuevo se convierten en el centro de atracción de la mayoría de las familias venezolanas.

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Es entonces cuando los especuladores de oficio, se aprovechan de la tradición, para “hacer su agosto” en diciembre, para multiplicar sus ingresos no porque vendieron más sino porque cobraron más caro lo que vendieron, ofrecieron cochino todo el año, escondieron la carne de res, pero en diciembre desaparece el cochino, suben las cebollas, las aceitunas, las pasas, y todo aquello que compone la cena navideña, es un juego macabro, que año tras año y desde que soy muy niño he vivido, el festín es la excusa para hacerse del botín, el pago de aguinaldos es el momento perfecto para atracar sin pistola al que trabajó todo el año, y en enero todo vuelve a la normalidad, es un ciclo repetitivo, en el que todos participamos, sin excepción.

Pero, ¿a quién no le gusta comerse una hallaca con un pernil al horno en diciembre? Por ello damos todo, porque la tradición lo demanda, pero ¿y si nos dejamos de tanto cuento y empezamos a dejar de jugar al diciembre? Lo que quiero decir es que podemos salir del juego del mercado si comprendemos que el fin principal de esta tradición, es el compartir en familia, celebrar los aciertos que tuvimos durante el año, perdonarnos por lo que no hemos logrado, abrazarnos con los seres queridos, y que aunque comerse un plato navideño es algo que llevamos en la sangre, algo que nos pide a gritos nuestro subconsciente, la realidad es que podemos buscar alternativas que nos permitan celebrar sin que la cena se convierta en una quejadera por lo costoso que fue llegar a ella.

En fin la tradición es la tradición, la cena navideña es algo  que no se quitará de nuestro ideario popular así de fácil, pero si la vas a hacer como de costumbre, entonces ahórrate las quejas, disfruta tu cena, déjate abusar por el especulador de oficio, y si en algo puedes cambiarla hazlo sin pena alguna del qué dirán, recuerda que si lo que vas a cocinar queda rico, ya es suficiente.

Recuerda que se es libre cuando la mente piensa por sí misma, y cuando las ideas son propias, el marketing es también una manera de dominación, que te hace esclavo de las tendencias y sus trampas.

DesdeLaPlaza.com/Rómulo Hidalgo

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