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Omar Orozco, el tamunanguero y joropero de la danza

Siempre le entusiasmó la danza. Fue pupilo del profesor Gustavo Silva quien en sus primeras clases le exigió utilizar la ajustada licra negra que identifica a todo bailarín. Su entrañable amigo Nelson Oyarzabal recuerda que ambos se la pusieron a regañadientes.

Omar Orozco brillaba con luz propia. Tenía facilidad para retener los pasos y técnicas. Como todo aprendiz, buscaba la precisión de sus movimientos. Era un apasionado de las manifestaciones culturales venezolanas.

Su misión fue exaltar la cultura popular. Se unió a un grupo de cultores con el propósito de conquistar espacios, defender la creación de los pueblos y desarrollar la investigación de nuestra cultura. Todo, para promover puestas en escenas que relataran la historia, nuestra historia.

“Fue un cultor a carta cabal. Luchó por la defensa de nuestros valores tradicionales, culturales, populares. Mi respeto siempre por esa huella y ese legado que Omar dejo en la danza”.

Ricardo Linares – Cultor popular de Caracas

Creía fervientemente que la sensibilización por el joropo y nuestras tradiciones culturales debían comenzar por la familia. Impulsaba a las personas con sus enseñanzas a mantener el legado artístico de estas expresiones.

Fue una pieza clave en el desarrollo de la proyección artística de las danzas tradicionales venezolanas. No sólo montaba y difundía coreografías. Era un investigador. Buscaba lo profundo, el detalle, la diferencia que marcaría la puesta en escena.

“Fue una persona motivadora. Generaba la posibilidad de creación, para mantener un legado histórico en todo lo relacionado con la enseñanza y la multiplicación de la danza tradicional y popular. Omar Orozco no dejó un legado y un compromiso: bailar y hay que hacerlo con amor”

Leonardo Torres – Elenco tradicional

Vasallos del Sol (ahora de Venezuela) e Itanera, fueron su escuela, su impulso y su compromiso permanente. Allí se enamoró del Tamunangue y del Joropo central. Era tanto el amor, que se desbordaba. En escena dejaba el alma. Componía y cantaba Joropo. Para él, este estilo era sencillo, sabroso y estaba al alcance de todos.

Omar Orozco era alegre, paciente, motivador, apasionado, pedagógico. Le resaltaban todas las características dignas de un verdadero maestro. No aceptaba un no puedo como respuesta. Su réplica constante era: si no lo intentas, nunca vas a saber si puedes hacerlo.

Sus alumnos lo definen como el tamunangero, el joropero, el compañero fiel, el guía. Siempre estuvo allí para ellos. Sus consejos no podían faltar en los salones de ensayo. Nunca desamparaba a los suyos. Daba todo por acompañarlos en cada una de sus presentaciones.

“Me enseño el folclor me dio la oportunidad de representar a mi país en diversos festivales y encuentros. Hablar de Omar es hablar de un joropero nato, de un tamunanguero, de una persona sensible. Hasta el final fui su alumna. El buen maestro hasta el final siempre es un alumno. Me queda toda la experiencia. Trato de difundirla y seguir su ejemplo”.

Yaritza Tineo Amundarain – Alumna

En 2015, para conmemorar el Día Internacional de la Danza ofreció unas palabras que hoy retumban en la mente y corazones de los bailarines de su amada Compañía Nacional de Danza:Bailen, bailen como si al hacerlo estuviesen naciendo y como si al dejar de bailar fuesen a morir”.

Hoy, estarás vivo en cada expresión artística, en el corazón de tus alumnos, de tus afectos y de todos aquellos a los que le sembraste la pasión por este hermoso arte llamado Danza. Eres un maestro que jamás morirá. Seguirás en la mente y en los corazones de los representantes de la danza tradicional venezolana.

DesdeLaPlaza.com / Anny Coronado Reyes / Ilustración: Uncas Montilla

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