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El Patriota contra el discreto encanto de los superhéroes

Por: Pedro Ibáñez

Una estampa full color muestra al personaje osado, que con un certero “crack” golpea la mandíbula y orgullo del Capitán América, mientras que con indignación son testigos de la escena Batman, Ironman, Linterna verde, Spiderman y Thor; el simbólico dibujo es del artista Omar Cruz y el superhéroe vernáculo que propina su merecido al imperialista se llama El Patriota, vigilante que lucha contra la corrupción y delincuencia, sin embargo, más allá del argumento original del personaje y sus enemigos elementales, cabe la pregunta retórica: ¿Contra quién realmente se ha enfrentado El Patriota?

Para entender a los superhéroes hay que saber cómo funcionan los mitos. En Apocalípticos e integrados (1965), Umberto Eco explica que los personajes en las mitologías clásica, nórdica o religiosa ―modelos ejemplares de las acciones humanas simbólicas― fueron caracterizados por la anécdota o historia que los definió y son narrados desde lo que les ha sucedido; por lo contrario, el superhéroe de las historietas, en su connotación mitológica sobrevenida en ficción, es narrado por lo que le ocurrirá, de forma episódica, ante una audiencia.

Dice Eco que el personaje mitológico de los cómics “debe ser un arquetipo, la suma y compendio de determinadas aspiraciones colectivas”, las cuales son inculcadas ideológicamente, como lo explica el filósofo venezolano Ludovico Silva en Teoría y práctica de la ideología (1971) mediante el mensaje oculto tras “los supuestos sobre los cuales se desarrolla la historieta”, donde el capitalismo es el sistema ideal, la raza blanca es la mejor y para detectar esa ideología “hay que practicar la nietzscheana ‘sicología del desenmascaramiento’”.

Un ejemplo canónico es Superman, creado en 1938 por Jerry Siegel y Joe Shuter, quien representa al prototipo del héroe, especialmente por estar dotado de poderes sobrenaturales, ser superior a ese humano beneficiario de una justicia “caritativa”, proveniente de quien se enfrenta tanto a asaltantes de bancos, extraterrestres y comunistas, en real defensa del modo de vida estadounidense y la propiedad privada.

“Quizás cansado de tanto Superman, de tanto Batman, de tanto Hombre Araña, yo como dibujante me pregunté por qué nosotros siempre recurrimos a lo extranjero, por qué no tenemos un superhéroe”, explica Omar Cruz sobre su personaje creado en 1993 y que ha sobrevivido por la constancia de su creador, quien recuerda que en un comienzo “No tuvo cabida porque el contenido era ‘violento’, se metía con un sistema, contra la corrupción (…) y eso molesta a quienes tienen los recursos de publicar este tipo de material”.

El realismo del mito

En la región latinoamericana, el mexicano Kaliman (1965), de Rafael Cutberto Navarro y Modesto Vázquez González, se enfrentó contra vampiros y licántropos; el Mixterix (1946) argentino peleaba contra los extraterrestres. En lo que corresponde a Venezuela, el Capitán Guayana (1972) creado por Julio López (Hallaco), con estética futurista luchó contra la contaminación y en defensa de la paz. En los ochentas, El Guardián, de Juan Medina, publicado en la revista infantil Meridianito, se enfrentaba contra una amenaza extraterrestre en el imaginario de una Caracas futurista, dentro del cánon de “los sueños de la ciencia ficción” que por definición es distante de la cotidianidad.

Sin embargo, El Patriota posee atributos esenciales de denuncia que lo distinguen de otros superhéroes, dicho de otra forma, hay un diálogo que El Patriota tiene con esa realidad que aún existe, la de la delincuencia y corrupción, sobre la que se erige como enemigo de “una ideología que El Patriota no comparte”, que es el capitalismo, como lo dice su creador y sobre esa base se define el concepto de justicia del personaje.

“El Patriota se enfrenta a todo un sistema de corrupción, de desidia, debo resaltar que fue escrito en 1993, pero igual esos problemas todavía se mantienen”, señala Cruz desde la muestra expositiva del personaje inaugurada a comienzos de septiembre en el Hotel León de Oro, en el centro de Caracas.

En un siglo de arte secuencial ya han habido personajes de la historieta que compartieron circunstancias de la ficción con la realidad histórica, uno fue el Capitán América (1941), creado por Joe Simon y Jack Kirby; y el otro el Fantomás mexicano (1966), dibujado por Rubén Lara Romero.

Mientras el primero representó a los estadounidenses enfrentando a Adolfo Hitler en la Segunda Guerra Mundial, el otro fue la versión heroica de un villano –originalmente un personaje literario creado por los franceses Marcel Allain y Pierre Souvestre en 1911― que condenaba al capitalismo y la guerra. Incluso el escritor Julio Cortázar lo utilizó en su novela corta Fantomas contra los vampiros multinacionales, para divulgar las denuncias por violaciones a los derechos humanos en Latinoamérica presentadas en el Tribunal Russell II, en 1975.

En lo que corresponde a El Patriota, el argumento es tradicional y muy verosímil: Miguel, un hombre de la clase trabajadora aspiracional, mayor de 40 años e ingeniero electrónico, sufre por el asesinato de su esposa e hijo en manos de delincuentes, circunstancia que lo convierte en un vigilante enmascarado. Inspirado por los colores del tricolor nacional elabora un traje, su arma es un bate firmado por Andrés Galarraga y sus valores son nobles sentimientos de justicia. No emplea su fuerza para matar, sino para llevar adelante un castigo ejemplar contra sus enemigos, impulsado por su fuerza moral basada en la Constitución Bolivariana. No está oculto tras una falsa identidad, más bien encarna la transformación del individuo común en un héroe.

La épica de una creación

“Parte de la creación de El Patriota es despertar en la población la importancia que tiene la ilustración, la caricatura, la historieta a nivel comunicacional, porque lamentablemente, en Venezuela no hemos terminado de entender la importancia de este medio de comunicación”, señala el también autor de la caricatura editorial “El Ranchito”, publicada en la década de 1990 por el El Camaleón, semanario encartado en El Nacional, diario donde propuso su idea de El Patriota, que no fue bien recibida por los editores.

En su evolución, el personaje inicialmente vivía en El Ranchito, tuvo máscara negra, liqui liqui y alpargatas. “Yo creo a El Patriota cuando (Hugo) Chávez aún estaba preso y cuando sale, para sorpresa, usa el liqui liqui, tuve que quitárselo para que no dijeran que era Chávez”, lo que considera el autor fue la principal traba que hizo que no se lo publicaran, por ser percibido como propaganda chavista.

Pero la profecía autocumplida llegó y en 1999, gobernando Chávez, se decide publicar el personaje en el diario El Correo del Presidente, sin embargo, una vez más el proyecto se impidió debido a una ingenua política editorial y los ataques que hizo la derecha ―tradicionalmente adoradora de Superman― cuya falacia era que a través del personaje, que era un “Chávez disfrazado”, el gobierno “estaba auspiciando la violencia, de manera que yo mismo decidí no publicarlo”, recuerda Cruz.

Esa pausa lo llevó a a Nueva York en 2001, donde abrevó de las nuevas tendencias del cómic, la narración gráfica y el arte secuencial, entonces decide retomar a El Patriota para rehacerlo sin tener “que envidiarle nada a Batman, a Superman, a DC Cómics. Traté de hacer lo más similar posible a El Patriota, a los grandes superhéroes del mundo; no con el cliché de copiarlos, de imitarlos, sino con la intención de mostrar que en Venezuela también somos capaces de lograr este tipo de publicaciones”.

Una respuesta ideológica

Un debate viejo, pero vigente: el cómic es un producto estadounidense, cierto, pero emplear su discurso como vehículo para «desenmascarar» a la ideología dominante, con una propuesta de historieta propia, no es sometimiento, sino la mimesis necesaria para crear un público lector. “El cómic es una industria de penetración, donde te siembran una ideología y lo hacen a través desde los más pequeños, de los niños”, señala Cruz.

Cuba asumió este debate en la década de 1960, al comprender que era necesaria la reapropiación de los íconos de esta cultura para reforzar la revolución, como fue la parodia de Superman, llamada Supertiñosa (1959) que satirizaba el discurso cubano del exilio anticastrista.

Luego de 23 años, casualmente el 24 de julio de 2016, El Patriota se lanzó al mercado en la 6ta. la Feria del Libro de Caracas, con un primer número, promocionado “con la ayuda de mis amigos”, resalta su autor, quien ya hizo la convocatoria abierta a quienes quieran sumarse al proyecto como guionistas o creadores de otros personajes que formen una “Liga de la justicia” criolla, mientras le toma por sorpresa el anuncio del presidente Nicolás Maduro de proyectar la versión cinematográfica de su personaje.

En estos tiempos de «realidad aumentada» y web 2.0, es pertinente recordar a Ludovico Silva, quien en 1971 también señalaba que entre nuestros autores de caricaturas “ninguno se ha decidido a hacer historietas sistemáticamente. Mientras no lo hagan, carecerán del arma principal”. Omar Cruz se atrevió a empuñarla.

Con la voz de ese narrador mexicano de la sesentosa serie de televisión, Batman, podemos preguntarnos: “¿Quiénes han sido los verdaderos archienemigos de El Patriota?”, y seguramente pudiéramos responder: el prejuicio y la pacatería.

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