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Ser objeto de deseo o simpatía, ¿qué vale más para los modelos?

Volvió la mirada de acero azul. El 04 de marzo de este año, la segunda parte de Zoolander regresó a la gran pantalla. La parodia que terminó siendo apadrinada por el propio mundo de la moda y que con el tiempo, pasó de ser una película criticada y poco taquillera, a una película de culto. ¿Te lo imaginabas en 2001, cuando se estrenó?

A la película le ha ido tan bien que solo falta Rocco Pirillo y Patricia Zavala para que la saquen en E! Entertainment Television, ya que cuenta con un cast que todo amante de la farándula quisiera esconder en su armario: Kim Kardashian, Kanye West, Justin Bieber y el mismísimo Valentino (quien también apareció en «El diablo viste a la moda»).

Lo cierto es que los años pasaron, pero la mirada de acero azul dejó una marca en nuestras vidas. No era más que la burla de Derek Zoolander (interpretado por Ben Stiller) a la cara de modelo que todos, alguna vez, hemos imitado. No te dejes engañar.

Llevamos un Zoolander interior que sale a relucir con cada selfie, pero ¿qué pasa con los modelos de pasarela? Rara vez los hemos visto sonreír, exceptuando a las angelicales Victoria’s Secret, ellas son otro tema.

De hecho, la afamada marca «Zara» cayó en polémicas hace meses por la actitud -excesivamente- triste de quienes aparecían en sus lookbooks. No sé si estaban deprimidos de verdad, pero ¿qué pasa? ¿La dieta los está matando? ¿No quieren tener arrugas? Pues ni lo uno, ni lo otro.  No sonríen porque la atención debe recaer en la ropa, a diferencia de los 90s, cuando el modelo importaba más que los diseños.

Al estudiar esa lánguida e indolente postura, encontramos un bagaje cultural que nos traslada al siglo XIX, donde la flor y nata de la sociedad no mostraba ni una pizca de simpatía en sus retratos. La sonrisa, era considerada un «lubricante social». Prescindir de ella es admitir que no se tiene la necesidad de interactuar.

En efecto, la moda de pasarela quiere transmitir esto. Su pretensión no va más allá que ser un objeto de deseo para el espectador, lo que se traduce en las pasarelas a no mirar, no sonreír, no demostrar humanidad. Solo calla y camina.

La no-sonrisa caló tanto en el fashion business que desde el siglo XX los fotógrafos de moda la heredaron. Es una muestra de autocontrol emocional que solo quienes no pertenecían al vulgo, podían tener.

El say cheese quedó atrás. De todos modos, la mayoría de los desfiles de moda tienen un final feliz lleno de modelos sonriendo junto al director creativo. Es lo mínimo que esperamos en la vida, ¿no?

DesdeLaPlaza.com/ Samuel González – @ese_desamuel

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