X

Del deseo, y el vacío, y la alegría

La vorágine caraqueña tiene capacidades especiales para descolocarla severamente a una. Para desencantarla, enloquecerla, enfermarla. Por eso es que acá unx odia irse de vacaciones o de trabajo pal campo porque cuando vuelve se enfurece y se deprime y la vida misma, toda ella, es una puta mierda.

Entonces a mí me pasan varias cosas: me da una gripe mardita en-cama-to-eldía-tosdeperro; me ensimismo e intenseo sobre lo perdida que estoy en la vida (drama, drama y más drama), y, aparentemente, programo inconscientemente mi cuerpo para hacer esto mientras pre-menstrúo y moqueo fuertemente de modo que todo es una burbuja de tensión y sufridera (no tengo real, no tengo real, no tengo real, bale berga la vida); pero, me enrrumbo: una vez salga de cama quiero salir todos los días, especialmente con gente nueva de pinga que conocí que también se enrrumba o que si no lxs enrrumbo yo. Me dan ganas de birras todos los días, de comer dulces y cafecitos ricos con buena compañía, de ir al cine, de ir al teatro, de ir a stand ups a ver a un pana, de ir para la playa, de estudiar, etc. Y obvio, gasto la plata que digo que no tengo con la excusa aquella que vimos en Benditas Birras.

Es una especie de mandarlo todo a la mierda mientras se sufre y se viven las cotidianidades y al mismo tiempo haciendo esfuerzos enormes por volverse a una misma, por no olvidarse, por no meterse y dejarse arrastrar por esa oscuridad dañina casi perversa y demoníaca. Una especie de contradicción perenne donde se sufre tanto porque la vorágine venga a comérsela a una pero no se aprovecha la pensadera para hacer algo productivo con ella mientras continuamos con las cotidianidades.

Vamos, lo sabemos. Somos mujeres arrechas, echa’s pa’lante, resolve todo. Pero, antes de ello, hay momentos o incluso instantes donde todo se paraliza en una inhalación ahogada de angustia y preocupación, y de tantos instantes como estos se nos van olvidando las cosas importantes: recordar dónde estamos, con quién estamos, quiénes somos nosotras y que tenemos que cuidarnos.

Yo nos escribí un texto sobre el poder de cuidarnos y acá estoy regañándome porque había olvidado aquello en medio de nadar en lo hondo de lo horrible. ¿Qué me pasó? ¿A dónde se fue mi rutina con el ajo todas las mañanas, los tres litros de agua, la sábila por las noches, los automasajitos, pintarme las uñas de rosa chillón, cuidarme el cabello con aceite de coco, comer tantos vegetales y frutas que el cuerpo respira frescura, ir al yoga, caminar, subir el cerro?

Entonces me puse a pensar en mis empeñados maniqueísmos, en mi necedad constante de que a pesar de que las circunstancias cambian constantemente (ley de vida), las rutinas y las cotidianidades no pueden seguir siendo las mismas. Y así como las cosas cambian nosotras cambiamos con ellas. Se me olvidó. Se me olvidó y me tomó la muerte de mi abuela, volver a Caracas después de dos semanas de la chamba más hermosa del mundo, una gripe hijueputa y dos kilos menos para darme cuenta. Coño, menos mal que me di cuenta.

Lo que me frustra enormemente, lo que nos frustra a las mujeres, es que si una cosa se aprendió, se sufrió, se atravesó, ¿Por qué cuesta tanto instalar definitivamente lo aprendido, lo nuevo? Todo cambia, todo pasa, y nosotras nos aferramos y no soltamos en medio de un porvenir que se trae vainas bien frescas, bien de pinga, y al mismo tiempo se trae otras mierdas que atravesar.

No necesariamente es que no nos estamos cuidando (habiendo ya abierto una consciencia del cuerpo y el corazón nuestro), sino que se nos cambia la vida en medio de circunstancias tan de mierda que todo se mueve y nosotras debemos moverlo todo también, y movernos a nosotras; la sensación inmediata es que parte de una se queda atrás y hay una necesidad instintiva de ir a recogernos, así sea en pedacitos. Es una búsqueda constante.

Pero el secreto, la cuestión mayor está en que quizá eso que se quedó atrás deba quedarse allí porque hay otros pedacitos que van a crecer y que también van a ser nosotras. Dejamos de hacer algunas cosas que formaron parte importante de una rutina de «amor propio» (el feminismo cursi e hipócrita me cagó la frase por completo; ayuda) pero toca, sí o sí, armarse unas nuevas porque dejar atrás no puede nunca ser igual a dejar de hacer. Nosotras, cuando lo ejercemos genuinamente y sin veneno,  también somos el poder transformador del pueblo, y ese poder hace, y crea, y produce, y ve nacer y crecer.

Recordar dónde y con quién estamos es regresar, es el arribo del viaje, es volver a casa: volver a enamorarse, de todxs y de todo es tan bonito. Aquella inhalación ahogada se convierte en exhalación de alivio y amor del bueno. En reencantarse por las más mínimas mariqueras, en sentirse genuinamente jeva y marica y burlarse de una misma y salir corriendo a contarle a las amigas y que ellas respondan con el mismo amor, con la misma alegría, con el mismo corazón tan lleno. Inseguro siempre, preocupado siempre, deseando siempre, pero con una certeza inquebrantable que está en el tejido del amor cruzado entre tantos amores.

Qué interesante es entonces que las certezas más fuertes se encuentran en lo inasible, logrando que las condiciones materiales que signan nuestros movimientos se hagan débiles cordones que anudar y desatar, pero que no podemos olvidar ni dejar de tener presentes. El equilibrio, definitivamente, está en recordarnos, en tenernos en el tejido amoroso y genuino que se crece en la certeza de quiénes somos, de quiénes vamos construyendo acá tan dentro, y allá tan fuera en otros espacios y en otros seres hasta donde llega nuestra estela. Somos un aliento que va y vuelve, que se queda en el tiempo y se regenera en este cuerpo y en otros.

Ilustraciones: Jeninuferu

Related Post