Malditas lukas o ¿Benditas birras?

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Mi mente no para nunca. De mi boca salen preguntas insistentes por borbotones.
En todos lados.
Siempre.
Precios, precios, precios por doquier.
Rayo en ser fastidiosa, insistente.
Casi, casi histérica.
Y de la histeria, amigxs, hay que salvarse.

Tengo un dolor de espalda ladilla desde hace semanas, específicamente el músculo que está debajo del omóplato derecho. No fue que hice un movimiento que no debía (inclúyanse chinazos. Aunque esos movimientos sueltan músculos, no necesariamente los aprietan. A menos que nos lancemos una de Cirque du Soleil) o que he estado durmiendo mal (que también cuenta) o que cargué unos kilitos de más… Nah. Es pura angustia.

Angustia por plata: de estar sacando cuentas constantemente, de estar pidiendo y comparando precios; de saber cuánto cuestan los huevos en tal parte y dónde están a menor precio; de saber dónde venden el pan más barato y dónde se consigue qué; de saber que en Locatel los pañales para adultos talla M cuestan 16 lukas pero los talla G por alguna razón cuestan 24, y que otra marca con la misma cantidad de pañales los tiene a 38mil; de saber a cuánto está el kilo de cebollín en el Central y luego comparar precios (dolorosamente) con lo que cuesta ese rubro en el saco de la Alpargata Solidaria; de preguntarme qué hay pa desayunar/almorzar/y/o cenar; de meterme en el Clavenet pupuso y que la plataforma esté caída, otra vez; de que no me caigan unos reales que necesito… etc. Angustia por la sacadera de cuentas constante, por hacer que la plata rinda y discernir entre una cosa y la otra: priorizar. Saber, aprender a priorizar. He ahí el dilema.

El otro día me fui pal Central a comprar unas verguitas mínimas pa resolverme el almuerzo del día siguiente. Lo que estábamos contando pa unas dos semanas no llegó, y de lo que habíamos comprado pa la semana quedaba poco. ¿Hay un monstruo en la nevera, acaso?

Llego, agarro mi cestica y voy a lo básico: un puñito de cebollín (unos 500 Bs), una berenjena (no recuerdo), ¡un puñote de berro! (800 Bs), espinaca (1000 Bs), una cebolla (¿500 Bs, de pana? Esto es un lujo), un pepino (nagüeboná de lujo); papas, nah; ¡ajá! Dos batatas; una patillita o una lechocita (4.700Bs 400 Gr de lechosa. No va a pasar). Me detuve, catatónica, patitiesa, ante el precio de la lechosa mientras me daba un arrecherón pasivo, tranquilo, callado. Ahí estaba yo, frente a esa nevera fría, blanca, de lámparas fluorescentes. Tenía la cestica roja apoyada contra el borde de la nevera y mis manos sujetaban la cesta, mientras mis ojos paseaban como autómatas por los precios de las lechosas.

La puta que lxs parió.

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Llamé a A. Le dije: “vine a comprar unas cositas. Quiero lechosa. No puedo… Cuesta tanto”. Respuesta: “marica. Vente. Luego vemos. Vente.”.

Me fui a hacer mi cola, arrecha y picada. La semana anterior había comprado casi el doble de lo que tenía en la cesta y había pagado 8 lukas. Esta vez pagué 6… y eran 4 churupitos. En medio de la espera por mi turno para pagar, tuve una revelación. Una epifanía, si se quiere: “el viernes te tomaste 4 birras y pagaste 8 lukas tranquila de la vida, mandándolo todo a la mierda. Gastaste más de lo que estás pagando acá, y te estás comprando comida sana que vas a disfrutar enormemente prepararla. ¿Qué es lo que te pasa, dónde están tus prioridades?” Me reí de mí misma, y aun así, no evité que la molestia se me pasara.

Yo siento una especie de culpa católica cada vez que paso esa tarjeta cuando salgo a resolver cuestiones de la vida cotidiana (comida, pañales pa la abuela, saldo, productos para la higiene y limpieza de la casa, más comida): ando como loca pidiendo precios y comparándolos, me cuesta mucho decidir qué llevar y qué no, con qué ceder, qué dejar, qué posponer. Algunos días me compro unas galleticas y otro dulce, pero la culpa no se va. Y, al mismo tiempo, me caigo a birras sin sentir esa culpa católica. Las birras, pocas veces, las pospongo. Salí de la chamba, estoy cansada, y sí, quiero mi birra. ¿Estoy quitando plata del pote para la semana? Meh. Esa tarjeta pasa rela y yo no miro para atrás. Ni me molesta.

Caerse a birras es burde caro, lo sabemos. Y en Caracas irse a un localito a sentarse por unas chelas friítas y buena compañía es común, resulta invaluable y es casi necesario en nuestra clase (no vamos a ver a la gente del Este del Este instalaxs bebiendo con nosotrxs en Caño, o en el 23, o en Bellas, o en San Agustín. Claro que se compran sus birras, y su otra curda, pero no es la misma dinámica nuestra).

Solemos decir “necesito una birra”. Ahora, si estamos cortxs de plata, ¿Por qué lo seguimos haciendo? Varían las respuestas: porque nos encantan las birras, porque los ratos que pasamos en esa son bien de pinga, porque nos distrae de la vorágine cotidiana, porque _________________________ (inserten acá sus razones personales), etc. Pero, caerse a birras cuando hay vainas que pagar, comida que comprar, ¿No resulta un deseo burgués? ¿Es o no un lujo? ¿Cuánto cebollín caro puedo comprar con 2.000 o 2.500 Bs? Si en vez de gastar la plata en esas 4 cervezas la invierto en comida, ¿Qué mejoraría? ¿Qué cambiaría? ¿Esta compra nos empobrece o no? Sería interesante sacar la estadística comparativa de lo que gastamos al mes en cerveza versus lo que invertimos en comida a ver quéslokés. Así como hicimos con el maquillaje hace unas semanas atrás.

En una economía como la nuestra, ¿Qué representa caerse a birras? ¿Cómo se refleja eso en la constante fluctuación del costo de la cesta básica versus aumentos salariales y subida del dólar? No nos caigamos a coba: yo puedo beber, fácil, 2 veces a la semana (eso es culpa de la gente con la que ando, pura malinfluencia) y hay gente que va pal Tercer Mundo todos los días. ¡Todos los días! Ahora, ¿Cómo afecta directamente la compra de cervezas en nuestro pote mensual? ¿Qué estamos dejando de comprar o de pagar, y qué pudiésemos activar si dejáramos de comprar birras? Calculo que a la semana serían 8 cervezas, a 4 por salida. 8 x 2.000= 16.000 Bs.

¿Qué representa, realmente, el acto social de caernos a birras? ¿En nosotrxs, en el bolsillo, en la economía? ¿Cómo estamos comparando esto versus las compras necesarias del día a día? ¿Por qué nos quejamos tanto del constante aumento de los precios de rubros y productos varios, y en ese sentido, dejamos de comprar algunas cosas, pero con las cervezas hay trato especial?

El otro día comentábamos, después de haber ido al Gardel y descubrir que un viernes a las 7.30pm ya no tenían curda, qué pasaría si se detuviera el abastecimiento de cerveza en Caracas, por lo menos. ¿Cuánto duraríamos? ¿Cómo haría Nicolás pa resolvernos ese hambre? Nos gusta beber, de pana. Nos encanta. La sola idea de que vamos a tener una chela bien fría en la mano nos resulta sumamente agradable, y más si hay una bailanta de por medio que siempre es bienvenida.

Y tomarse una birra no implica nada más salir, sino que más bien representa un acto cotidiano y normal: no es curioso que una salga el sábado a las 2pm y en la quincalla o el abasto haya un cúmulo de hombres barrigones cerveza en mano. O sentarnos a escuchar un foro, y comprarnos una o que nos la brinden. Es un acto social institucionalizado en nosotrxs; es identitario, es cultural.

Creo que es necesario saber cuánto pesa la compra de cerveza en nuestra cesta mensual, y en la anual. Es importante empaparnos de estadísticas y saber qué implican, cómo y en qué influyen en la micro y macro economía; pero también creo que debemos hacer un equilibrio sano entre las circunstancias jodidas que vivimos y la constante resolvedera: sí, resolvemos. Somos bien echaxs pa lante, improvisamos bien. Pero en medio de la guerra por la comida se ha naturalizado la práctica de resolver angustiosamente esperando unas malditas lukas que no llegan todavía, cerveza de por medio.

No caigamos en esa, en la de ser incoherentes frente a lo que vivimos. Suframos las vainas, sí. Vivámoslas, atravesémoslas, sí. Pero conscientemente, con el coco en frío, y si se puede, una birrita de por medio. La chamba se hace, se sigue haciendo, mientras estemos clarxs en lo claro.

Salud, camarás.

Sahili Franco

Sahili Franco

Nació en Caracas, el 15 de marzo de 1990. Inició su carrera editorial en el Taller de Creación Editorial Agujero Negro, formando parte del equipo de editorxs, correctorxs y productorxs de contenido de esta revista, órgano divulgativo de la Escuela de Artes-UCV. Durante ese período, inició paralelamente y de forma autodidacta estudios sobre la imagen, la gráfica, la fotografía, el cine y el audiovisual. Su producción de contenidos apunta a la comunicación pertinente de historias de vida que hablan respecto a la soberanía de los cuerpos, la alimentaria, la des-mercantilización de la vida y a las contradicciones discursivas y estructurales que enfrentamos como pueblo oprimido, colonizado y en eterna resistencia al mismo tiempo que incluye la necesidad discursiva y coyuntural que nos tocará atacar al momento. Sus canales de participación son el impreso y el web, y sus formatos, video y texto en géneros como la crónica, pequeños cuentos y micros.

Actualmente produce contenidos desde sus pequeñas trincheras de lucha, y trabaja como productora audiovisual freelance.