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Padres competitivos. ¡Que comience la pelea!

En nuestra entrega anterior hablamos sobre los muchos conflictos que se producen entre hermanos competitivos, y que esa condición es muchas veces propia de cada individuo, pero en otras ocasiones es producto de conductas aprendidas. Y resulta lógico pensar que esas conductas sean tomadas de sus primeros modelos al alcance: los padres.

No es cierto que todos los muchachitos sean simpáticos, y en ocasiones su exceso de competitividad los hace insoportables. Pero cuando se trata de esos padres que compiten con otros por las habilidades de sus hijos, el caso resulta realmente patético.

-“Mi hijo ya habla tres idiomas y aún no deja la primaria”; “Lo del mío son los deportes. Ya lo van a fichar del exterior”; “El concurso de belleza debió ganarlo mi hija. Esos jueces están parcializados”.

Frases como éstas son odiosamente comunes entre padres competitivos, esos que alientan lo peor de la personalidad de sus hijos y las ponen al servicio de intereses propios. Regularmente a los padres competitivos les cuesta trabajo asumir que es su hijo el que debe aprender a desenvolverse en cualquier actividad, y no el ego propio.

Desde manualidades en la escuela, pasando por las exigencias nocivas en las calificaciones o la irracionalidad en los gritos que le pegan a un niño que erró un penalti en un juego de fútbol, muchos padres tienden a someter a enormes presiones a sus niños obligándolos a abandonar muy pronto la inocencia de la infancia.

No es condenable exigir mejor rendimiento en las actividades de nuestros muchachos, pero hay que tener claro que nuestros hijos no son una prolongación de nuestras vidas, y que por lo tanto, no debemos cumplir sueños propios en el cuerpo de ellos. Los hijos son seres individuales, con personalidad propia y nuestro deber es ayudarlos a definirla, no a torcerla.

Imponerse límites

Nunca terminamos de aprender y como padres, debemos seguir ampliando nuestros conocimientos de manera permanente. Si bien siempre se nos aconseja que debamos fijar límites en el comportamiento de nuestros niños, también es justo que nosotros mismos nos fijemos límites a la hora de intervenir en el desarrollo natural de los pequeños.

Las actividades escolares y extracurriculares, son escenarios magníficos para que los chamos practiquen el intercambio con otras personas de su misma edad, y de esta manera logren aprender normas de relacionamiento que los ayuden a vivir con éxito en nuestras sociedades complejas.

Los lugares donde practican la danza, la música, el deporte o la escuela a la que asisten, son recintos donde ellos comienzan a desarrollar su propia vida, independiente de mamá y papá. Es allí donde necesitan herramientas que nosotros les proveemos para que logren superar los escollos, pero no requieren que les dejemos toda la tarea hecha o que les exijamos un hatrick en cada juego de fútbol.

El ex futbolista inglés Gary Lineker, es uno de los que cuestiona el apasionamiento excesivo de los padres cuando se trata de la competitividad negativa que desarrollan. En su vida en las canchas, vio innumerables barbaridades protagonizadas por padres iracundos. Asegura que los gritos de los padres en las canchas, están matando el amor de sus hijos por el fútbol.

«Necesitamos una revolución cultural de los padres. Si pudiéramos conseguir que cierren la boca y animar a sus hijos a divertirse, se conseguirían otros resultados», opina Lineker.

“Una vez vi a un padre agarrar a su hijo por la garganta y gritarle a la cara: ‘Nunca lo lograrás jugando esa mierda´”, cuenta triste el ex delantero de la selección de Inglaterra.

El testimonio de Lineker se multiplica en escenarios artísticos, académicos y sobre todo deportivos, donde nuestros hijos se convierten en víctimas de sus padres deseosos de que los pequeños materialicen sus sueños frustrados. Ya en Inglaterra y otros países se prohibió que los padres les griten a sus hijos en campos de fútbol y sólo se les limitó a aplaudir. Que se multiplique y se extienda la medida a otras disciplinas en el mundo.

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