Somos vellas (III)

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En el capítulo anterior de nuestro drama telenovero maquillístico les contaba que la industria farmacéutica va a seguir haciendo lo que sea para continuar vendiéndonos maquillaje y productos cosmetológicos. La oferta nunca va a dejar de estar, además, porque la demanda sigue creciendo. A mayor oferta mayor consumo, a mayor consumo mayor demanda, y a mayor demanda mayor oferta. Recordemos que durante el 2016, año de graves crisis económicas a escala mundial, la industria farmacéutica no sólo no vio sus precios caer, sino que siguió expandiéndose. ¡El imperio del maquillaje, PAM PAM PAM!

Ahora, ¿por qué la demanda no deja de crecer? Ajá. Pensemos de nuevo en por qué nos maquillamos, por qué gastamos (gastamos, porque no es una inversión) dinero en estos artículos. Históricamente, en varias sociedades, las mujeres se han adornado el cuerpo. Si buscamos “historia del maquillaje” nos va a salir todo el cuento que se remonta a los egipcios y hace mucho énfasis en la era francesa pre-Revolución donde se instalan los cánones de belleza que posteriormente definirían quién es bella y quién no en el mundo occidental, y que trascendería a la lucha de clases. Quienes instalan estos cánones son las mujeres aristócratas, validadas y aceptadas por las exigencias de sus hombres aristócratas, la sociedad capitalista en crecimiento y la iglesia: una mujer debe ser moralmente buena, casta, pura y sumamente atractiva para que pueda merecer una buena vida.

Empieza acá la diferencia en el acceso a los productos y quién los usa y quién no. Ahora, en plena era posmo, la industria ha modificado sus códigos de venta y oferta, apuntando a una supuesta “inclusión” con el argumento de que mujeres de todas clases sociales puedan ser bellas; o, mejor dicho, para que las mujeres “más pobres” también puedan ser “igual de bellas” que las ricas.

Pero en verdad es puro cuento: si nos incluyen a nosotras, ganan más plata. Es simple. Eso sí, y no nos equivoquemos, a pesar del cambio en los códigos y que ahora sean supuestamente inclusivos, no dejan de lado la tendencia machista que si bien ha dejado de explicitarse como en los comerciales de los 50s y 60s, sigue estando y ahí si nos la aplican a todas las mujeres por igual. Gracias por la inclusión, de pana. Ahora sí me siento parte del mundo. Me siento viva.

La venta de artículos cosmetológicos no está dirigida a las mujeres de menor clase porque lo merezcan, o mejor, porque están siendo reconocidas. No. Una vez más, la oferta y esa especie de inclusión ficticia existe porque las mujeres pobres son sólo en comparación con las ricas, y lo mismo ocurre con el género y la raza. ¿Recuerdan que en Espejito, espejito y en Mis tetas de negra yo mencionaba que las mujeres somos imaginario simbólico y representación y que las sensaciones posibles están basadas en y desde la heteronorma, blanca, colonial? Los cánones de belleza instalados e impuestos son algunas de las formas que el patriarcado ha construido para la homogeneización cultural y el control casi total de las mujeres (Espejito, Espejito).

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Y, al mismo tiempo, las mujeres negras y pobres existimos en tanto comparación del canon de belleza que existe en primera instancia porque la mujer primaria es la blanca. De modo que las demás existimos por mera comparación: “Los cuerpos de las mujeres negras están incluso más oprimidos  que los de las mujeres blancas por la exotización y la mirada europea sobre nuestros cuerpos “caribeños calientes” (…) Somos cuerpo caribe exotizado vestido a imagen y semejanza de la mujer blanca europea. Detrás de eso sólo hay exotización, pero no hay ser per sé.” (Mis tetas de negra). Gracias, colonización. Te queremos tanto, tanto.

Así, los códigos de venta y oferta se han modificado porque muy a lo United Colors of Benetton, se puso de moda “reconocer” la diversidad de cuerpos, raza y sexo, peeerooo, sin dejar a un lado el machismo. Es a partir de allí que la venta de estos productos existe y es dirigida a nosotras, vendiéndonos el cuento aquel de que todas “podemos” maquillarnos porque todas tenemos derecho a ser bellas, siempre y cuando sea a la medida y exigencia del público masculino.

La vaina de maquillarnos está en que de esa práctica recibimos gratificación inmediata: en un momento éramos unas bichas pálidas y sencillas, y en otro, somos la bomba sexy que va a salir a la calle a conquistar el mundo. Y la industria, mis queridas, lo sabe muy muy bien. Nos venden no sólo la posibilidad de estar más bonitas, de ser mejores, sino que nos venden también el placer inmediato que surge después de maquillarnos, y por tanto, la venta no se queda sólo en el producto per sé, sino en la post-compra, en lo que nos pasa psíquica y emocionalmente después de echarnos polvo, ponernos el delineador, alargarnos las pestañas y pintarnos la boca.

Ahora, ¿toda la sufridera de comprar estos productos, aplicarnos prácticas incómodas y hasta dolorosas pudiese ser un sufrimiento psicopático? Algxn psicólogx par favar que nos responda a todxs. Existe una angustia tácita en algunas de nosotras de salir a la calle con o sin maquillaje;  nos depilamos y nos duele; nos irritamos, sufrimos, y lo seguimos haciendo porque estamos convencidas de nos vemos y sentimos mejor a pesar de que un constructo cultural nos obliga a hacerlo. Coño, ya va. Allí hay un peíto.

¿No les parece jodido y chimbo que la industria cosmetológica, siendo aparato movilizador de las leyes del capital y el patriarcado, haya logrado que nos creamos que sin sus artículos somos feas, que nos hagamos daño adrede, no nos importe y lo continuemos al punto de que lo hemos normalizado? ¿Que hayamos establecido una relación de necesidad con esos productos?

Fijémonos en el discurso de los comerciales de productos cosmetológicos y de salud: los que están dirigidos a las mujeres insisten, todos, en que por naturaleza olemos mal y eso hay que arreglarlo. Debemos mejorar esa condición natural que nos desmejora para poder ser saludables, exitosas y deseables. En cambio, los que están dirigidos a los hombres asumen de entrada que el mal olor es signo de virilidad y capacidad. Un macho que suda es un hombre trabajador que trae el pan a la mesa, que le echó bolas a la vida y que salva a su mujer y a su familia, pero merece que la jeva esté oliendo a rosas para ser feliz, y cogérsela con sumo placer. El de él, el nuestro no cuenta. Debemos oler bien para estar al servicio de las exigencias masculinas, ni siquiera para estar al servicio de las nuestras.

En ese sentido, los hombres son más libres, más fuertes y tienen más posibilidades en la medida en la que disfrutan de sus supuestas libertades porque 1. No son mujeres y 2. No se tienen que arreglar.

Pareciera que desde este punto de vista ser mujer se reduce a una perspectiva existencial donde la búsqueda de la belleza es el fin último, y donde nuestra identidad (ficticia, por demás) reside justamente allí. Somos en la medida en la que somos más atractivas y nos “cuidamos más” porque gracias a ello se abren un montón de posibilidades que no tendríamos sino nos arregláramos: éxito, sexo, relaciones. Reconocimiento.

Qué cagada.

Pero, dentro de todo, a nosotras nos pasa una cosa bien interesante: en medio de la alienación nuestra, a pesar de las circunstancias, la mujeres negras/pobres nos empeñamos en seguir patrones impuestos pero somos unas jevas bien arrechas y echa’as palante pero que sí comemos cuento. Logramos hacer un equilibrio ficticio entre las opresiones, las esclavitudes, las obligaciones y la búsqueda de ser libres (y, además, ser libres como nos dé la gana, como nos salga del forro). La incertidumbre plena radica justamente en la búsqueda incesante de ser libres en medio de la inercia que establecen las opresiones y las obligaciones.

La cuestión está en que entendamos de dónde vienen estas imposiciones y las deconstruyamos porque, una vez más, yo no digo que no nos maquillemos o hagamos lo que sea que nos provoque con nuestros cuerpos, digo que lo hagamos de manera consciente. Sí, no va a haber forma de que dejemos de hacerle el coro al patriarcado en cualquier decisión que tomemos, pero nuestras movilizaciones conscientes sí nos liberan, sí nos emancipan.

Quizá pudiésemos empezar por cambiarles los términos, a las cosas por sus nuevos nombres: dejar de llamarlos productos de belleza, dejar de decir que “nos vamos a arreglar la cara”, o, incluso, dejar de hacer una relación de necesidad con esos productos.

No es fácil esto, ¿no? Pero coño, si materializamos conversas entre nuestras amigas, nos sentamos a escribir, nos arrechamos porque nos mandan a planchar el pelo en el trabajo, nos negamos a pagar un rimmel a 20 lukas, decidimos no maquillarnos un día porque nos dio ladilla, decidimos no afeitarnos hoy porque nos fastidia enormemente o salimos en chor cortito y las piernas y los sobacos pelúos, sí podemos cambiar los sentidos comunes porque ya hay alguito, una puyita, que nos llama a hacerlo.

El poder de decisión inicia cuando termina la deconstrucción de las opresiones. Sí tenemos poder de decisión, y en ese sentido, sí tenemos poder sobre nuestros cuerpos y sobre nosotras mismas. Sí podemos cuidarnos, sí podemos aprender a reconocernos, sí podemos dejar de hacernos daño. ¿Qué es esto sino empoderamiento, reinas?

Sahili Franco

Sahili Franco

Nació en Caracas, el 15 de marzo de 1990. Inició su carrera editorial en el Taller de Creación Editorial Agujero Negro, formando parte del equipo de editorxs, correctorxs y productorxs de contenido de esta revista, órgano divulgativo de la Escuela de Artes-UCV. Durante ese período, inició paralelamente y de forma autodidacta estudios sobre la imagen, la gráfica, la fotografía, el cine y el audiovisual. Su producción de contenidos apunta a la comunicación pertinente de historias de vida que hablan respecto a la soberanía de los cuerpos, la alimentaria, la des-mercantilización de la vida y a las contradicciones discursivas y estructurales que enfrentamos como pueblo oprimido, colonizado y en eterna resistencia al mismo tiempo que incluye la necesidad discursiva y coyuntural que nos tocará atacar al momento. Sus canales de participación son el impreso y el web, y sus formatos, video y texto en géneros como la crónica, pequeños cuentos y micros.

Actualmente produce contenidos desde sus pequeñas trincheras de lucha, y trabaja como productora audiovisual freelance.