Plomo al hampa

Quien no haya sido asaltado, secuestrado, robado o víctima del hampa de Caracas que levante la mano o tire la primera piedra. Lamentablemente, en esta metrópolis, nos toca lidiar con el flagelo de la inseguridad que últimamente anda desatada y con el moño suelto, a pesar de que se estén creando alternativas y nuevas formas de contactarse con las autoridades, todavía queda mucha gente que mantiene aquella frase de plomo al hampa.

Debo tener muy buena aura, o un angelito que me cuida, porque no he tenido (y espero no tener) que lamentar enfrentarme a malandros muchas veces, de hecho mi experiencia con los amigos de lo ajeno han sido escasas.

Con vaselina

Por evitar exponernos en una feria de comida en un centro comercial muy concurrido de la capital, mientras almorzaba con un amigante* decidimos sentarnos en otro sitio, coloqué mi cartera en el respaldar de la silla pegada a la pared y compartimos un delicioso sánduche de 30cm, mientras el grandísimo hijo de fruta que estaba sentado detrás de mí metía sus manos en mi bolso y extraía con mucha delicadeza 2 celulares que cargaba y mi billetera. Ni lo sentí.

Me acuerdo que la cartera había perdido peso cuando la descolgué y se salvó el celular que me había asignado el CNE porque estaba en un bolsillito secreto. Le mandé mensajes llorando y ofreciéndole recompensa y nada, perdí muchos contactos y 2 buenos teléfonos.

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Corre Vicky, corre

Todos los días mientras estudié en la UCV, tenía que caminar la recta de lo que ahora es la Universidad Bolivariana para entrar por La Parroquia y atravesar todo el pasillo central hasta llegar a la escuela de Comunicación Social. Justo cuando cruzaba en el semáforo donde está el balancín que saca petróleo, un individuo se me acercó y murmuró algo, no le entendía, mi paso se aceleraba y sostenía en un bolsillito del asa de mi bolso mi Siemens C25 que ubicaba allí para poder escucharlo. Murmuró de nuevo y me detuve a preguntarle qué quería y mientras me presionaba la espalda con un objeto que nunca supe qué era, me dijo: “¡que me des el celular!” y yo no sé de dónde diablos saqué la agilidad y le dije: “no jó chico” y arranqué a correr.

Veloz como Forrest Gump, corrí. En medio de la corrida, me acordé de un programa de tv en el que decían que era más difícil acertar un disparo si el objeto estaba en movimiento y comencé a correr en zigzag atravesando la placita de La Parroquia universitaria, saltando los banquitos y matorrales como si estuviera en las olimpíadas, con la idea de que el tipo me estuviera apuntando con una pistola. Crucé la calle y entré al campus y cuando sentí que ya estaba “segura” me paré a respirar y a llorar, porque no entendí de dónde demonios me dio por correr.

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Defensa personal

Dicen que uno nunca sabe cómo va a reaccionar ante una situación de emergencia, esto es absolutamente cierto. Les cuento, yo no me considero una persona violenta, pero mientras estuve en la universidad y por razones que a lo mejor algún día les escribo sobre eso, junto con un par de amigas nos pusimos a practicar Full Contact y Boxeo por casi 2 años. Me encantaba y drenaba muchísimo, el entrenamiento es muy exigente y las clases se enredaron con la disciplina y terminé por salirme. Literalmente colgué los guantes pero el conocimiento y la técnica quedaron.

Así ocurrió que, hace poco, cerca de mi trabajo un abusador intentó arrebatarme el teléfono que tenía escondido en el sostén (sí, ahí pensé que no se me vería), pero el caso es que mientras este tipo intentaba a la fuerza arrancarme mi instrumento de trabajo que conservo y hasta dependo de él, recordé todas esas tardes en el ring y le conecté en la cara por lo menos 6 ganchos con mi súper puño derecho que desconcertó y desconcentró al pilluelo, la gente gritaba mientras esta escena sucedía a pleno mediodía en Plaza Venezuela. Aun no sé si gritaban: ¡agarren al ladrón! o ¡suéltalo chica, no le pegues más!

Una vez saliendo de otro trabajo, me picharon del banco y me llegó un motorizado pidiendo con lujo de detalles el monto que había retirado y dónde lo había guardado. Y cuando se iba con mis churupitos me gritó “Chao golda”. No sé que me dio más rabia, el robo o la restregada de verdad.

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Vivir para contarlo

Montada en la camionetica por mis hermosas e inmensas dimensiones, siempre trato de ubicarme en un sitio donde mi culo no estorbe y una mañana cualquiera se montaron un par de boleticas que se ubicaron uno al final de la unidad y otro se quedó en la puerta, de pronto en mi cabeza comenzó como un tambor una voz que me decía ¡bájate, bájate, bájate! Y haciendo gala de mis habilidades histriónicas, fingiendo demencia y desubicación le pedí al chofer que me dejara en ese mismo sitio, a lo que el malandrito de la puerta no le agradó y me miró con cara de no te creo pero igual me bajé. Cuando abordé otra camioneta y ya iba llegando a mi destino, pude ver de la que me había bajado parada en la vía y con varios agentes de la policía municipal, los habían robado a todos.

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Entre tácticas y estrategias saliendo de un local en la Av. Solano, el último fin de semana de hace un par de años, iba en el carro de mi papá de regreso a la casa y dos motorizados se pusieron de lado y lado haciendo señas para que me detuviera, me entró el espíritu del Goofy que se transforma ante el volante y con una maniobra inesperada los tumbé a ambos y logré escapar. En la huida, monté la rueda en uno de los mojoncitos de cemento que hay por todo el bulevard y casi parto la punta de eje del carro que a duras penas llegó a casa. No pudimos rodarlo por un buen tiempo.

La cerecita de la torta me pasó cuando trabajaba de reportera y me tocó cubrir una pauta en Los Próceres, debía llegar a tiempo para el noticiero y decidí montarme en un mototaxi de la línea que está a la salida del centro comercial. Le pedí al pana que si tenía que agarrar autopista lo hiciera con mucha precaución porque me daba mucho miedo viajar en moto por esas vías. «Tranquila mami, vámonos». En plena vía el motorizado comenzó a cambiarse de canal como buscando algo, no entendía mucho pero como había tráfico lento y él iba a buena velocidad, no le dije nada. Encontró lo que buscaba, se le acercó a un carro y de su koala sacó una pistola con la que golpeó la ventana de una chama a la que le pidió que le diera el celular, mi cara no fue normal, yo quería bajarme en plena autopista, me moría de vergüenza, además me sentía cómplice y era el chaleco antibalas perfecto a la hora de un enfrentamiento con las autoridades si lo cachaban. Luego de apoderarse del botín, aceleró hasta llegar a la salida de La Veracruz donde le dije que me dejara en la esquina, cuando me bajé y le pagué, me dijo: «Mami ¿te asustaste? Tranquila que yo no robo a los clientes». 

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Espero no tener que contarles más episodios de estos y que a ustedes no les pase nada de esto.

(*)Amigante: Amigo/a y amante. Dícese de aquella persona que cumple funciones de amigo/a (caerse a curda, ir a bodas, cumpleaños, ayuda a cambiar un caucho, te acompaña a la farmacia) y que además está la puerta abierta para mantener relaciones sexuales sin comprometer ni afectar la relación de amistad establecida. En inglés: FuckBody. 

Advertencia: no mezcle la gimnasia con la magnesia porque siempre hay uno que sale herido.

Victoria Torres

Periodista, melodramática y brontofóbica. Contra todo pronóstico, fiel creyente de la amistad y de que un mundo mejor es posible. Responsable y dueña de lo que escribo y sueño, que ahora comparto con aquellos que están tan locos como yo.