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La Trinidad saliendo

Hace tiempo había escrito algo respecto al transporte público (que no es público un coño sino réquete privado) pero estaba relacionado con cotidianidades que si bien lo incluían en su contexto no lo protagonizaban; de igual manera, aprendí hace poco que las reiteraciones son necesarias porque son cotidianas. Se repiten en su hacer natural y para contarlas hay que ser reiterativxs porque ellas lo son en sí mismas, de modo que a veces el alma de las cotidianidades necesita de nuestras repeticiones para que esa belleza intrínseca que en ellas reside reaparezca, exista. La cuestión es que somos una cuerda de intolerantes y tenemos un chip programadito que insiste en que si repetimos somos una ladilla, como si las cosas pasaran una sola uniquita vez en la vida esta.

Pero, vamos al punto. Llegó el día de hablar del TT; activxs con un hashtag o algo, RT masivo lxs míxs:

Empecemos por que ninguna línea de camioneticas es pública (no están auspiciadas, propiciadas o subsidiadas por el Estado), de modo que lo que nosotrxs llamamos Transporte Público en verdad se limita al Sistema Metro porque el resto son una cuerda de choros chupasangre desde Propatria a Palo Verde, y en el Este del Este (o el Desgobierno de Miranda), en Caricuao Representin y en el Oeste del Oeste del Oeste.

Todas nuestras amadas camioneticas, esas que siempre pasan, esas que siempre están ahí para nosotrxs (excepto cuando vivimos en el Este y hay guarimbas; en esos momentos no), esas que nos llevan en un buen trip con musiquita y lentes oscuros bien rela (excepto cuando el Brayan anda es activo y suelto; en esos momentos no), esas que van desde Petare hasta Río Tuy (guaaaaoooooo), todas, todas ellas, son privadas. Privadas. Salen caras. Bien caras.

¿No se han preguntado por qué pagan 300 bolos de pasaje pero pagan 6Bs en Metro Bus? O, ¿Por qué pagan milqui en Por Puesto? Ja, jaaaa. Porque ese beta, hermnxs, es privadoxxxxxx.

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Yo hoy estaba saliendito del trabajo, camino a mi parada (fur de gente, mardita hora pico) y recordé que las muchachas habían mencionado que parecía que había menos unidades, que se había anunciado un paro de transporte. Pero igual voy tranqui caminandito; cruzo mi calle mientras logro con éxito rotundo que no me atropellen lxs becerrxs que creen que eso es pista de F1 y que segurito llegan antes; llego a la parada, con vida.

La, la la. Espero, espero. Mucha gente. La, la, la. Espero, espero. Veo el reloj. Me digo “hmmm. Voy a caminar solita 6 cuadras mientras oscurece. ¡Eh, emocióoon!”. Ya no más “La, la, la”; esa verga nada que pasa y lo que viene está hasta el culo e gente. En eso viene Baruta-Silencio y detrás Chacaíto.

Ahora, pausa: imagínenme con una camisa blanca de botones (la del  u ni f o r m e), jeans, zapatos deportivos, una cola alta y mi ser negro caribe exótico bien, bien chiquitico, flaquito, pequeñito, cuchi incluso, parada detrás del montón de gente que se sube a los chasis con ruedas esos como si fuese El día Después de Mañana versión RealCaribe decidiendo en cuál camioneta se va a montar. El poder de decisión es un lujo; decidir en cuál camioneta sufro menos, es un lujo.

Retomemos:

Me monto en Chacaíto-La Trinidad, pero queda mi cuerpecito de 45 kilos afuera. Mal plan. Empiezo “Sr, la puerta por favor”. Ignórese. “Sr. La puerta”. Nada. Me arrecochino entre la gente, extiendo mi bracito entre dos espaldas, sacudo los 300 bolos, me los recibe, y ahora digo de nuevo “Sr. La puerta por fa”. Ábrase sésamo.

Malparición.

Corro junto a otro señor, nos montamos, se cierra la puerta mecánica esa. Nunca he entendido por qué la gente no se corre más allá de la mitad del pasillo, como si hubiese una barrera invisible que les impidiera pasar. Entonces, claro, cuando una se sube por la puerta trasera hay airesito pa respirar, lugar dónde agarrarse y hasta la mínima posibilidad de un puestecito.

Arranca el coroto ese y yo voy feliz porque pronto llegaré a casa. Hay un poquito de cola, pero voy cerquita; no pasa nada. Pasamos La Procter, y justo en el semáforo (dos cuadras antes de la parada) empiezo “Parada, por favor”. Ignórese. “Parada, papá”. Nada, ya está a punto de pasársela. “Déjame por acá”. Se pasa la parada y sigue tres cuadras más pa’lante. “Nojoda, merwebo chico. ¡Llévame pa tu casa!”.

Esa última no la dije, la pensé. Cuando llega a la otra parada, empiezo a gritar “puerta” de nuevo, en una sola jaladera de bolas. Yo quisiera ser como esas jevas que dicen “¿tú qué tienes? ¿Un segundo piso? ¡Cierra esa puerta y arranca, gafo! Qué tanto”, pero en cambio termino diciendo algo que suena como “prta pr fvr”. Así, chiquitico, inaudible, ignorable.

Una necesita tener seguridad pa montarse en una camioneta transurbana en hora pico ful de gente, de pana. Y a mí me da porque me dé pena pedir la parada siempre. Siempreeeeee.

Cuando voy en Metrobús no pasan esas cosas porque bueno, el Metrobús se para en sus paradas y una no tiene que estar jalando bolas. Ahora, yo quiero que el Sistema Metro C.A nos explique, de panita, por qué si ya no hay guarimbas las líneas que cubren las rutas Bello Monte, Los Cortijos, Altamira, La Trinidad, El Hatillo y El Cafetal continúan suspendidas. A pesar de ser un organismo público descentralizado, el Metro está adscrito al Ministerio de Transporte Terrestre que tiene, orgullosamente, el membrete y todo el material POP de “Gobierno Bolivariano”.

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Si nosotrxs pretendemos montarle alto peo al transporte privado, ¿Por qué se priva del único sistema de transporte público a una buena parte de la ciudad? Hoy hablaba con una compita del trabajo que vive en Las Minas de Baruta. Me decía “chama, uno es pobre. Los ricos tienen sus carros, ellos no sufren sin Metrobús y yo pagando 300 y 400 bolos pa subir pal barrio”. Tiene razón.

El argumento aquel de que suspendieron las rutas porque iban a quemar las unidades ya se hace bastante bobo y da arrechera. Hablemos claro e insistamos: si de pana hay rolo de argumento para que las líneas sigan suspendidas, ¿Por qué nadie responde, explica, asume el rol de la comunicabilidad pertinente y siempre necesaria? ¿Por qué no se instalan alternativas? ¿Por qué si partimos de una metodología que apunta a la inclusión hacemos grandes excepciones que no se explican? Ah bueno, continuemos con la miopía comunicacional.

Qué de pinga es pararse en la paradita del MetroBús, hacer la colita, sacar el tikesito amarillo que cuesta sólo 6 Bs y montarse y llegar a una parada sin jalar bolas. Qué bonito que es. Para mí la sensación es la misma que sentí cuando incorporaron hace poco los trenes nuevos a la línea 3 y 4 del Metro: “waaaao, ¡qué bello y arrecho es! ¡Viva el Metro!”.

Hay gente que prefiere ir en Metro, hay unxs que aman su Busca y lo agradecen en banda, hay otrxs que prefieren las camioneticas (nunca lxs entenderé), pero el hecho es que hay que salir a chambear y volver a casa pa seguir chambeando. El Transporte Privado está encabezado por unos vampiros y unx pasa la roncha pareja; coño, atención: que el Sistema Metro no sea sinónimo de esto. Es hora de la construcción colectiva de Políticas Públicas pertinentes para la protección del pueblo y el aseguramiento de su dignidad. Sí, tenemos mucho en contra, pero si no se puede resolver en el momento hagámoslo saber. No nos comamos las cotidianidades de la gente, no disminuyamos su vida que es tan real como la del rico con carro.

Sahili Franco

Sahili Franco

Nació en Caracas, el 15 de marzo de 1990. Inició su carrera editorial en el Taller de Creación Editorial Agujero Negro, formando parte del equipo de editorxs, correctorxs y productorxs de contenido de esta revista, órgano divulgativo de la Escuela de Artes-UCV. Durante ese período, inició paralelamente y de forma autodidacta estudios sobre la imagen, la gráfica, la fotografía, el cine y el audiovisual. Su producción de contenidos apunta a la comunicación pertinente de historias de vida que hablan respecto a la soberanía de los cuerpos, la alimentaria, la des-mercantilización de la vida y a las contradicciones discursivas y estructurales que enfrentamos como pueblo oprimido, colonizado y en eterna resistencia al mismo tiempo que incluye la necesidad discursiva y coyuntural que nos tocará atacar al momento. Sus canales de participación son el impreso y el web, y sus formatos, video y texto en géneros como la crónica, pequeños cuentos y micros.

Actualmente produce contenidos desde sus pequeñas trincheras de lucha, y trabaja como productora audiovisual freelance.