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La Ciudad de la Furia: Hombres y mujeres de furia

Esta ciudad duele y enfurece.

Pero yo no vine acá a modo de queja porque pa eso están otros espacios y ya qué tanto chou. Qué tanto. Mejor quejarse con lxs de una mientras se pica un tomate, se lava una ropa, se camina por la calle o se habla por Whatsapp a estar, constantemente, en esta vorágine enfermiza donde llegamos a institucionalizar la queja como modus operandi en la vida nuestra. Como si la queja tuviese furia y pulsión necesaria para materializarse y resolver los peos.

La queja es chillido de cochinos, y me gusta recordar (me y les) que una llorará a moco suelto ahogada de tristeza y frustración, pero lo hace con la cabeza en resolver, con el corazón en el amor y con la necesidad dura de construirse territorio libre-liberado, porque lo último que se agota es la resistencia.

G había puesto en su muro de FB una de las reflexiones a modo de cuento urbano más atinadas y divertidas que he leído desde hace tiempo, referente a las circunstancias históricopolíticas que atravesamos (que padecemos, diría también; pero no quiero limitar lo que nos pasa sólo al sufrimiento porque de esto también hay un devenir en la construcción. Nada es sólo destrucción). Repetía un leitmotiv, o muletilla, en caraqueño restiao que, acompañado de nombres de circunstancias específicas, leía “nos quieren volver locos”. Era, casi, como un mantra.

Y sí, definitivamente que nos quieren volver locxs. Yo creo que en medio de los padecimientos, los sufrires y las resistencias, también hay espacios de construcción porque a nosotrxs lo que nos sale facilito es juntarnos, buscar la mano, el abrazo o cuerpo del otro cuando el vacío es tan hondo y cuando quien tenemos enfrente está tan claritx, tan develadx que su ser, memoria, esencia y cuerpo que son más reales que las pancartas de Érika en los postes de luz.

La ciudad duele, sí. Enfurece, también. Y enloquece.
Y quizá estamos buscando salir, no sé, irnos y volver de esta vorágine que consume y envenena y de la que cuesta tanto salir. Quizá estamos queriendo o, anhelando incluso, volver al campo, volver a la costa, volver al llano… Volver a lo que la memoria nos llama y a lo que nos hace sentirnos bien. A lo que somos, quizá.

D hablaba de cómo la memoria afectiva es depositario de identidad, de construcción y de sanación del ser. De la indagación constante que nos surge a partir de los vacíos que tenemos porque no podemos vernos más allá de lo que somos en este cuerpo, y la memoria nos trae de vuelta: los cuentos de nuestras y abuelos, las historias, las anécdotas forjan nuestra crianza y, por tanto, lo que y quienes somos.

Me encanta y me seduce particularmente, y más en este momento histórico, porque nos siento en un momento cumbre para aprender a sanarnos y a recordarnos, y porque si bien esta es La Ciudad de la Furia no lo es sólo porque sea ella la fúrica, sino porque nuestra ancestral resistencia también está llena de furia y es centro vivo de fuerza, aguante y continuación. ¿Que qué es lo que (nos) pasa que no terminamos de sucumbir? Tenemos esta resistencia constante fluyendo por las venas, y este sentido del humor tan cálido capaz de sacarnos del hueco emocional en el podemos caer y darnos una sonrisita asomada y unos dientes pelaos. Que nos quieren volver locxs, decimos. Que es que estamos locxs, dicen. Sí y sí. Locxs de furia y aguante. Borrachxs, incluso.

La furia

¿Cuál es el alma que nos habita y, así mismo, cómo habita las materializaciones? D dice que hay una conexión entre la gente y un objeto-acción contenedor de relatos comunes que cuentan la historia de nuestro pasado, y por tanto, rememoran lo que somos. Ese objeto-acción contenedor de relatos comunes no es otra cosa que la materialización de las pulsiones de resistencia que cada unx llevamos dentro y que por medio de la necesidad de protegernos, de ser libres y ser liberadxs, nos organizamos para que ese objeto-acción devenga en resultados concretos de mejora de calidad de vida.

Qué bonito pudiese ser el tránsito entre el alma que nos habita y su materialización en acción concreta. ¿No es otra cosa, quizá, que todo lo que hacemos para crearnos juntura, visibilización y concreción de espacios habitables y dignos para lo que y quienes somos? ¿No es esa pulsión una compartida, una de memoria colectiva, una de reconocimiento entre tantxs?

D también apunta a que ese objeto-acción tiene la capacidad de sanarnos.  Sí, nos sentimos mejor estando con otrxs, esto es definitivo; y me gusta que trastoca tanto eso que quizá pudiese explicarnos eso otro que somos que se aleja tanto de la construcción cultural impuesta. La memoria colectiva es identidad, es remembranza de cantos y tambores, de cadenas bailando y pegando del suelo, de gritos hondos de resistencia, de muerte y vida.

Ahora, ¿cómo se territorializa ese objeto-acción? Sí, coño. Qué bonito pensarnos desde esa dimensión poética, pero al mismo tiempo si ese objeto-acción es capaz de construir espacios comunes de mejor calidad de vida es entonces uno funcional y con una dimensión igual de concreta que poética. Lo inmaterial se hace material, que dice una película por ahí. Pero de panita, es así: lo inmaterial se hace material; es lo mismo porque nosotrxs necesitamos que ese objeto-acción sea funcional, replicable, comunicable porque hay una necesidad de que las voces se hagan actividad concreta en sus espacios de incidencia, en sus territorios.

¿Cuál es la dimensión estratégica, y posteriormente operativa, de nuestras pulsiones emocionales-afectivas? La cosa no se puede quedar, no se puede quedar, insisto, en la furia por el pendón de campaña pegado al poste, en la estrategia populista acertada o no, funcional o no, coherente o no. ¿Cuál es nuestra furia? ¿La de la queja, la de la vorágine, la del cansancio, la de la desesperación, la de rendirse, la del olvido? No.

La furia nuestra son tambores que resuenan, manos que hacen y sonrisa pa’lante, camaradas. La furia nuestra es la juntura, es la pelea terca, empecinada y constante de estarnos y vivirnos, de traernos desde la memoria y los afectos aquello que somos (que no es sólo lo otro, lo que nos impusieron), de levantarnos en mano fuerte y dura que acompaña y construye.

La furia nuestra es pulsión y fuerza creadora, es malandreo, es regocijo de mirar a la cara al enemigo y saber que se le ha vencido en esta vida o en las otras, las de otrxs, las que llevarán nuestra memoria.
No hay de otra, sintamos furia.