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Conserje

Soy la hija de la conserje. Me viste la ropa ajena de la hija de la Señora. La ropa que manchó, la que no le sirve (y a mí tampoco), la agujereada, la que no conoce tiempos de moda, la desteñida, su ropa que ya no quiere. Mi madre carga conmigo como se carga un zarcillo. También con mis hermanos. Con sus ojos me grita cuando quiere que no toquemos nada, que no comamos más, que no queramos la muñeca que tiene la hija de la Señora. Nos grita con la mirada, porque no quiere alzar la voz en la casa ajena, no quiere romper nada, ni ser rota. Una vez, la Señora dejó sobre la mesa unas prendas de oro, mamá nos tomó de las manos y nos fuimos. En la camionetica lloraba. Supimos luego que la Señora la probaba a mi madre, y después de muchos años de servir, mamá no supo cómo pasar un trapo sobre aquello, y se devolvió a casa sin su pago, sin despedirse, sin volver a mirar atrás.

Antes, en el edificio que cuidaba, le tocó limpiar la mierda de vecinos que equivocaban el baño y dejaban sus despojos en los pasillos de los pisos impares, se repartía el tiempo en mantener limpia las paredes que abrazaban tanta mierda, mientras hacía un rancho de tablas al que mudarse con un trébol de carajitos. Papá, echaba machete, pintaba casas, limpiaba solares ajenos, construía las casas de la gente que podía alzar la idea con la mirada. Cuando nos fuimos, la primera noche, mamá no pudo dormir, lustraba esto y aquello con el cuidado con el que trataba la porcelana de la señora.

Afuera como adentro llovía.

Había un perolito para cada gotera, sobre el techo se desvanecía el Dios del agua que limpiaba el mundo de mi madre y encallecía, como lo hace en las cuevas, su corazón de lava.

Los fines de semana, mamá iba a La Magdalena a enseñar a leer y a escribir a los niños más pobres que nosotros ¡Porque sí, habían personas más pobres que nosotros! No daba lo que le sobraba, se daba entera, se limpiaba ella. A cambio nos regalaban naranjas, tomates, maíz, y empezaba mamá a ser maestra. Yo no supe hasta que crecí que era pobre. Otros lo supieron antes. Recuerdo que fui amiga de la hija de la Señora hasta que Sarahí se dio cuenta de que yo era la hija de la conserje. No tuve tiempo de culpar a mi madre. Mamá hizo que estudiara y aprendiera a cortar el cabello, a coser, a cocer, a cantar, a tocar instrumentos, a ejercitarme, a actuar, yo me hacía rica a la vez que sus manos se pasmaban entre el lavado y el planchado. Ella se hizo maestra.

***

José, el jefe de condominio del edificio la llama a Rosa, después de despedirla porque no asistió un día en que su hijo de año y medio estuvo con diarrea y vómitos. La llama para que limpie su casa. Ella acude. José le insinúa que su reenganche depende de que ella se desnude para él, mientras se masturba, que no la tocaría, le dice bajito. Rosa, lo deja en sus propias manos y se larga. José la llama, se disculpa, le pide que vuelva. Rosa es madre soltera de dos niños, no consigue nada más. Vuelve. Esta mañana la conseguimos caminando hacia la autopista, la subimos. Lloraba. A José se le olvidó avisarle que no fuera. Ella no tenía pasaje. Se iba a pie a su casa, a donde la esperaba su madre y su par de carajitos enfermos. Rosa también es conserje. La vi disminuirse de hambre durante los tres meses que dura el contrato de un grupo de mujeres y hombres tercerizados que limpian y hacen de vigilantes en las residencias donde vivimos ¿Cuándo Rosa se hará maestra? A mí, esta mañana me enseñó mucho sobre mi madre. No quiero ser la Señora. Nunca.