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Tetas

El ritual consistía en ponerlo de pie de espalda a la pared, empuñar los ojos lo mismo que las manos y aguantar “que pa’ eso nació macho”. Su tío, porque su padre lo abandonó antes de que fuera una idea, lo sostiene. El canto de una moneda contra una tetilla y otra. Un golpe en cada aviso de piel impediría que le crecieran las tetas como a una niña. Cualquier cosa, menos el pliegue de la piel que bulle en las mujeres. Era del color de la madera, y la acumulación de melanina, un círculo oscuro, cuyos bordes se desfiguraban en círculos más pequeños y ambarinos, hacían de su pecho desnudo el amparo de las miradas. Era bello como una mujer que amamanta.

En cada tetilla habitaba un girasol muerto, al que regaba todas las mañanas. En secreto bajaba su mentón, hasta lamer cada fruto, como si pudiera alimentarse de la leche de madre. Y lo succionaba hasta que creía que lloraba. Una vez, puede jurarlo, bebió de la leche de sus tetillas atrofiadas. Era leche dulce, espesa del deseo de que le crecieran tetas, unas tetas esponjosas, firmes como de adolescente a la que le camina la sangre entre las piernas.

Él no quería ser una mujer, sólo quería tener tetas, brillantes, tersas y suaves, que de a poco colgaran como hamacas en las que mecer el atardecer. Odiaba a su tío, también los mediodía, porque el momento en que le marcaron la moneda en cada ojo de su pecho, brillaba el sol desde adentro de la casa. Antes de eso, nunca hubiese podido pensar que quería un par de frondosas tetas.

En el jardín de la casa hubo de apilar montones de hojas secas, de los que brotaban hormigas. Dejaba que le picaran y le marcaran montañas en la piel para libar de ellas un poco de su sangre. Sentía asco por la gente perfecta, aquella que tiene la piel como un médano, la altisonante, la gente que tenía una casa, un padre, una sonrisa, y un par de tetas.

Sabía que las mujeres no se tocaban, no se alimentaban a sí mismas, era un despropósito aquello. Él era delgado y menudo, el silbido agudo de un pájaro de orilla. Así que no acumuló dos masas a los lados del diafragma y sus testículos eran rugosos sustitutos. Fue un árbol desnudo, un pedazo de tierra rota, una lengua en punta que miraba el centro de todo, queriendo serlo todo.

Su madre lo amamantó poco. El forense la halló muerta sobre la cama. Le había dado un infarto mientras él se dormía con el pezón izquierdo en la boca. Lo recuerda. Parece mentira, pero lo recuerda. Lo arrancaron del tronco y todos lloraban.

¡Una noche se colaría al cuarto de su tío y le chuparía una tetilla! “¡Muchacha marico!”, y le golpearía hasta verlo sangrar, y él reiría y lloraría al mismo tiempo y se escondería en el cuarto de madre, rogando un coñazo que por infarto le abultara el pecho.

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