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El pertrecho de la verdad

«Uno debe ser veraz

con la clase obrera,

si cree en su instinto de clase

y en su sensatez revolucionaria;

y no creer en que eso es ignominioso

y mortal para un marxista»

V. I. Lenin

Que la verdad es revolucionaria en sí, ya resulta un perogrullo. La historia, esta de la lucha de clases -que Carlos Marx denominó «prehistoria» en tanto construimos la auténtica, la de la sociedad de las y los iguales, la comunista- así lo ha demostrado.

La verdad es revolucionaria, pero no por un acto de fe sino por su construcción cotidiana. La verdad es revolucionaria, pero no porque las revoluciones estén orientadas inercialmente a marchar hacia lo nuevo, sino porque lo nuevo es resultante de la demolición auténtica y radical de lo viejo,  de lo opresivo, desigual, explotador y -en el presente- esa es una tarea de clase, de la clase obrera.

La instauración de la sociedad capitalista, como producto de las contradicciones en el feudalismo, generó en su propio seno una condición revolucionaria en el proletariado, que le es inherente y perdurará hasta la victoria socialista.

Derrotar a la burguesía es un objetivo histórico y no solamente político: se trata de vencer a la cosmovisión capitalista y a los valores de la misma, que se han anidado como ideología en los corazones de mujeres y hombres que padecemos el producir, distribuir y consumir todos los bienes en condiciones de explotación. Esa es la verdad de nosotros los comunistas, es la verdad de clase de quienes luchamos a diario por la construcción del socialismo. Por eso es que la verdad verdadera deja de ser un hecho subjetivo y se convierte en el inevitable final de la prehistoria, en la razón de la existencia de la humanidad, de sus relaciones entre sí como iguales, a la vez que con el resto de la naturaleza.

«El proletariado necesita la verdad y nada es tan pernicioso para su causa como la ‘mentira conveniente’, ‘decorosa’, de mezquino espíritu», como dijo Lenin a Zinoviev, en abierta polémica sobre el trato con las masas, a las que se debe decir «la verdad (siempre) en cada viraje de la revolución».

“La verdad les hará libres” dicen que dijo El Nazareno, el revolucionario más antiguo que la humanidad recuerde. Carlos Marx, junto a Federico Engel invita al proletariado revolucionario (en el Manifiesto Comunista) unido en el Partido a “confesar siempre sus fines”. Simón Bolívar lo reitera como principio periodístico al fundar el Correo del Orinoco en 1818.

Majaderos, aunque la cuenta del Libertador en su lecho de muerte (en 1830) es de tres, a la que suma a Jesús y al Quijote (dos figuras de la ficción literaria, que pudiesen no tener la suficiente consistencia física humana) a la suya, hoy deberíamos engrosar la lista con indiscutibles revolucionarios como Marx, Lenin y Che (por nombrar tan solo a tres de una larguísima lista de majaderos).

Majaderos por la libertad, por la igualdad y por la justicia, movidos por «profundos sentimientos de amor», los auténticos revolucionarios han dicho siempre la verdad aún en las más duras confrontaciones y radicales batallas. De allí nuestro interés por destacar en esta reflexión a Simón Bolívar, ese personaje histórico nuestroamericano a quien el Comandante Hugo Chávez supo incorporar de hecho en el campo libertario de quienes en el mundo luchan y  participan en la construcción del socialismo.

El socialismo, como opción de libertad e independencia definitiva desde Venezuela y para la humanidad, por eso encuentra en la experiencia,  ya bicentenaria, Bolivariana, un perfil de unidad revolucionaria capaz de vencer todo egoísmo, todo sectarismo y avanzar hacia la nueva sociedad.

De aquí debemos aprender, desaprendiendo aquellos viejos dogmas que a los héroes los convirtieron en bronces o dioses de nuevos templos, de nuevas religiones.

Es hora de mirar el pertrechos de la verdad que nos legó Bolívar y colocarlo justipreciadamente en este contexto. La Batalla de Carabobo, que sella militarmente la victoria independentista frente al yugo europeo, tiene su corolario contrahegemónica y mediático en el Correo del Orinoco, ese bicentenario periódico que también en la defensa de la libertad y de la verdad, fue un gran ejemplo.

Ilustración: Xulio Formoso