Cayapa contra la basura

Si hay algo cotidiano en nuestras vidas es la basura. La afirmación anterior es tan cierta que de forma permanente una parte importante de las cosas o alimentos que compramos va a parar al cesto de los desperdicios, indistintamente de que se trate de objetos, restos de comida, ropa, equipos informáticos y demás cachivaches inservibles, el hecho es que todos los santos días generamos nuestra pequeña gran cuota de inmundicia.

Deshacernos de lo que ya no sirve es una acción que hacemos casi inercialmente. Por lo general, (me refiero a las personas con algo de conciencia), acumulamos la basura en bolsas plásticas, que una vez que se han llenado las anudamos y las tiramos bien sea por el bajante, si la vivienda es un edificio con la mencionada estructura o en el conteiner de la calle, si se trata de una casa.

Y hasta ahí llega la historia. De resto nos sumergimos en la loca dinámica de trabajar-estudiar y hacer vida familiar, y poco o nada nos ocupamos del tema. Casi siempre porque no tenemos tiempo para pensar acerca de ello. Pero también porque son esas realidades un tanto molestas con las que es mejor hacerse de la vista gorda, para no sumar problemas a una existencia ya de por sí bastante complicada por el ajetreo incesante del día a día.

En psicología se dice que la negación es una suerte de recurso defensivo frente a realidades, dichos o hechos que sabemos pueden ser ciertos, pero que nos pueden resultar molestos, por distintas razones. En fin, que la basura sólo llega a capturar nuestra atención cuando vemos que se acumulan las grandes y feas bolsas negras en los alrededores de nuestro hábitat, bien porque falló el servicio de Aseo Público o las manadas de perros callejeros tiran todo por todas partes.

En las llamadas modernas sociedades de consumo masivo, se nos ha enseñado que consumir es un acto virtuoso, sinónimo de estatus, confort, realización social y una larga lista de tonterías. La consigna guarda estrecha relación con el principio teórico de la “destrucción creativa”, del economista austríaco Joseph Alois Schumpeter (1833-1950), quién acuñó la idea de que los daños que se hicieran al medio ambiente estaban perfectamente justificados si el objetivo era el desarrollo industrial capitalista.

A cualquier costo

Algo así como una paráfrasis del viejo y maquiavélico concepto de que el fin justifica los medios. Lo cierto es que el capitalismo y la sociedad de consumo nunca han demostrado el más mínimo interés por el medio ambiente. De hecho, cuando se trata de destinar recursos económicos a plantas de tratamiento o formas de producción amigables con el ambiente, el Estado debe imponerse a los inversionistas quienes huyen despavoridos.

Al final deben concederse “incentivos” a los capitalistas para que puedan producir con márgenes de ganancias acordes con sus expectativas. Y en ese proceso se produce lo que Mészáros denomina como “externalización de los costos”, que no es más que la olímpica lavada de manos que acostumbra hacer el capital frente a los temas ambientales. Desde la óptica capitalista esas inversiones generan pérdidas y esas pérdidas debe asumirlas el Estado, es decir la sociedad. Así de sencillo.

Por eso mismo el tema de la basura nunca ha tenido buena prensa. Como usted verá es muy raro apreciar un tratamiento serio sobre un tema que se revela como uno de los grandes dolores de cabeza en este convulso siglo XXI.

Panorama aterrador

Y así como no aparece en los medios, hay muy poco debate, foros y/o actividades formativas-educativas sobre un fenómeno global, que a juzgar por las cifras se nos ha escapado de las manos.

Los números son sencillamente aterradores: De acuerdo con distintas mediciones una persona promedio genera cerca de 1,2 kilogramos de basura por día, si tomamos en cuenta que para 2012 según el Banco Mundial (2012) se contabilizaban 3 mil millones de personas en centros urbanos, esto quiere decir que anualmente se generan 1.300 millones de toneladas de basura.

Al sumar toda la población (urbana y rural) la cifra crece a 2.120 millones de toneladas. Es una cantidad tan monstruosa, que según el portal World Counts, si toda esa porquería se colocara en camiones, éstos tendrían que darle 24 vueltas al planeta para poder cargarla.

En este carrusel desbocado de consumo, el 99% de lo que compramos va a parar a la basura en menos de seis meses. Pero el problema no termina allí, en la mayoría de los países la recolección de la basura se limita a recoger, compactar y tirar en un vertedero, normalmente a cielo abierto, aquellas cantidades enormes de desechos que se producen diariamente. Una parte se incinera y la otra se deja allí en un ignominioso espectáculo que a la vista resulta demoledor para el espíritu.

Esto genera daños terribles al aire, el agua y los suelos, como bien señala Carlos Fermín, pero además suele suceder que en paraísos naturales como los que abundan en nuestro amado continente se tiren indiscriminadamente toneladas de porquería. Es una realidad que parte el alma. Hacer esnórquel en las bellas playas dela Ciénaga, por ejemplo, puede terminar con la desagradable experiencia de ver latas de refresco en el fondo o empaques plásticos de chucherías, ni que decir de algunas vías de Sucre y también de Falcón que se exhiben impúdicamente como ignominiosos vertederos.

La Revolución Bolivariana y el Comandante Chávez con su pensamiento visionario han sido los únicos en poner en el tapete este agudo tema. El quinto gran objetivo histórico del Plan de la Patria establece que se debe trabajar para preservar el Planeta y salvar a la especie humana.

La meta está clara, pero hay muchísimo trabajo pendiente. A escala micro, “comience mi gente por no contaminar”, y a escala macro las estructuras del poder municipal, regional y nacional deben coordinar acciones de trabajo que impliquen un cambio drástico de lo que se ha hecho hasta ahora.

Es una tarea compleja, pero por algo hay que empezar. Reusar, reutilizar y reciclar son las tres R de una formulita clave. Amar nuestros tesoros naturales es otro aspecto crucial. Creo que este tema amerita el lanzamiento de una gran Misión para la limpieza de nuestros parques nacionales, playas, ciudades, pueblos y caseríos. Caerle en cayapa a la basura es un compromiso ético y moral.

DesdeLaPlaza.com/Daniel Córdova


Agradecimiento: a la investigadora del IVIC Meimalín Moreno, por sus valiosas orientaciones.

Este artículo está dedicado a la memoria de mi pana querido, Andrés Lombardini (Ecologista, horticultor de bonsái y surfista. Espíritu siempre libre y gran amante de la naturaleza).