Esos vecinos tan queridos

El sistema capitalista mundial ha hecho de la democracia un concepto muy elástico. Generalmente ocurre que propósitos tan loables como la justicia, la pluralidad, la participación ciudadana y el cacareado equilibrio de poderes, que deberían caracterizar a los regímenes democráticos, se terminan convirtiendo en letra hueca de los respectivos ordenamientos jurídicos, muy especialmente en los llamados países desarrollados que supuestamente sirven de “modelo” para toda la comunidad internacional.

El poder económico va permeando las instituciones y éstas en lugar de servir al pueblo como teóricamente se supone que deberían hacer, terminan arrodilladas ante el gran capital transnacional. Así pasó en la impresentable Venezuela cuartorepublicana, pero también en todas las naciones del mundo desarrollado y el eufemísticamente llamado emergente.

Los tentáculos del gran capitalista se van apoderando subrepticiamente del poder legislativo, judicial y ejecutivo, de manera que el verdadero poder tras bastidores no son los políticos, jueces o presidentes, sino las transnacionales que secuestran las instituciones, para luego hacerse un traje a la medida de sus intereses.

Los medios de comunicación social deben mantener las apariencias y por eso esta realidad nunca se plantea directamente, sino que más bien se disimula con tácticas diversas de encubrimiento. El argentino Eduardo Sartelli, el español Vicente Romano y el norteamericano Noam Chomsky, entre muchos otros, abordan magistralmente esta temática.

Qué bonita vecindad

Con la llegada del Comandante Hugo Chávez, en Venezuela se dio inicio a un proyecto político inédito que se contrapone radicalmente a ese estado natural de cosas que se da en el mundo capitalista. Constituyente mediante, nuestro pueblo respaldó la propuesta de construir una democracia protagónica y participativa, donde las masas cuentan, es decir no son convidados de piedra útiles sólo para emitir votos, sino que deben ser actores fundamentales de todos los procesos de transformación del Estado.

Como es obvio, semejante planteamiento ha generado un choque frontal con grandes poderes económicos nacionales y transnacionales que se oponen tercamente a las posibilidades de construir una sociedad más justa, sencillamente porque no les conviene. En estos 17 años de revolución han intentado de todo: desde un golpe de Estado, saboteo a la principal industria del país, guarimbas (I, II y III), guerra económica, saboteo parlamentario y denuncias varias (infundadas) de fraude electoral. En fin un repertorio extenso de tácticas realmente antidemocráticas.

Sin embargo, de cara a la comunidad internacional la tiranía no es del gran capital sino del Gobierno Bolivariano. Así pregona el señor Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, un grupo de políticos del patio que encarnan las facciones más radicales de la extrema derecha, y un puñado de países, que no destacan precisamente por ser un dechado de virtudes democráticas.

En la lista de buenos vecinos que nos señalan a voz en cuello figuran naciones como México, sumido en una de las peores crisis institucionales de todos los tiempos, empantanado hasta el cuello con la violencia criminal del narcotráfico, donde se asesinan sin ningún rubor a cientos de estudiantes, maestros y periodistas, como ocurrió en la sonada e impune masacre de Ayotzinapa.

También nos señala  Paraguay, una nación donde se dio un golpe de estado parlamentario contra el presidente, democráticamente electo Fernando Lugo y que a los pocos días de hacer señalamientos contra el país literalmente se incendió, tras violentas manifestaciones donde se prendió fuego al Congreso y cuyo saldo ha sido un fallecido y cientos de heridos y detenidos.

El Perú de Kucynsky, conmocionado por una tragedia natural de grandes proporciones, que lamentablemente ha provocado decenas de fallecidos y más de 895 mil afectados, también le ha quedado tiempo para dar pedradas diplomáticas contra la patria de Bolívar.

Incluso el ocupante de la Casa de Nariño, Juan Manuel Santos, se sumó al coro de voces preocupadas por nuestra democracia, tras las polémicas sentencias del Tribunal Supremo de Justicia. Esto en plena tragedia de Mocoa, una avalancha gigantesca que ha ocasionado más de 250 fallecidos y que deja muy mal parado a su gobierno.

La Argentina de Macri, donde se ha aplicado un paquete de medidas al más genuino estilo neoliberal, y cuyo logro más visible ha sido la generación de 1.500.000 nuevos pobres, de los cuales 600.000 son indigentes, también figura en la lista de los más enconados enemigos de Venezuela.

Y qué decir del Brasil del señor Temer empantanado en un escandalazo generalizado de corrupción que arropa a todos los altos funcionarios. Y, vaya ironías de la vida, el golpe parlamentario contra la presidenta constitucional Dilma Rousseff, se llevó a cabo porque supuestamente la mandataria habría incurrido en prácticas dolosas, lo que no sólo no se ha demostrado, sino que sus verdugos políticos ahora aparecen comprometidos en sendas trácalas.

Honduras donde se inició el experimento de los golpes parlamentarios, alegando la violación de los supuestos artículos “pétreos” de la Constitución, con lo que se derrocó a Manuel Zelaya, se bloqueó toda posibilidad de participación popular y se han asesinado a cientos de dirigentes y luchadores sociales.

Panamá, hace poco envuelta en otro escándalo: el de los Panamá Papers, donde se revelan documentos confidenciales que señalan a la nación como un paraíso fiscal al servicio de grandes evasores de impuestos a escala mundial, así como de la legalización de dineros del narcotráfico mediante el viejo truco del lavado de dólares.

Todos estos países han estado encabezados por los inefables Estados Unidos de Norteamérica, el mayor consumidor de drogas en el mundo y Padre Político de genocidios varios de reciente data como Irak, Siria, Afganistán, Libia, Yemen, Sudan del Norte, Nigeria, Argelia, Palestina. Naciones invadidas, expoliadas y sometidas a la hambruna y las masacres más irracionales.

Así son nuestros queridos vecinitos. Ellos nos acusan de antidemocráticos con la moral que les dan sus buenas prácticas democráticas. Como no han dado resultado ninguno de sus trucos cada vez acarician con más fuerza la carta de la invasión. Se van encontrar a un pueblo de valientes dispuesto a defender su soberanía con todos los medios a su alcance. Viva Venezuela ¡¡Carajo!!

DesdeLaPlaza.com/Daniel Córdova Zerpa