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El cruel experimento realizado por Dinamarca que arrebató niños esquimales a sus familias

La idea era educar a todos los niños en el modelo avanzado danés para luego reintegrarlos en su estructura social primitiva. Y así poder mejorar el nivel educativo de colonias lejanas desde dentro, tomando un papel de liderazgo en el sistema educativo de su país.

Es decir, en vez de llevar las escuelas a las colonias, traerse a los alumnos más desfavorecidos, pero más inteligentes para reeducarlos y luego devolverlos a su hábitat natural. Una idea descabellada que no funcionó y que provocó un desarraigo en casi todos los niños sometidos al experimento.

Por aquel entonces, la sociedad de Inuk  en Groenlandia, la isla más grande del mundo, pero con menos de 50 mil habitantes, era bastante pobre y poco desarrollada en relación al país que ejercía su control territorial. Vivían del comercio de focas, no hablaban danés y culturalmente era tremendamente diferentes a los europeos.

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Las autoridades decidieron que la integración de un pueblo tan distinto sería mucho más difícil, si se hacía desde dentro. El pueblo Inuk era visto por los daneses como demasiado salvaje. Incluso se pagaban a familias de esquimales para exhibirse en zoológicos de Dinamarca como atracciones de feria.

Una vez urdido el plan para socializar a esos niños el gobierno danés comunicó a los sacerdotes e integrantes de Organizaciones No Gubernamentales (ONGs)  destinados en la isla que reclutasen a posibles candidatos: Niños entre 6 y 10 años con una inteligencia superior a la media y que pertenecieran a familias lo más pobres posible.

La idea era servirles la excusa de un mundo y una educación mejor en un entorno familiar de acogida a más de 3 mil 500 kilómetros de distancia. La mayoría de las familias se negaron a entregar a sus hijos; pero algunas acabaron sucumbiendo al chantaje de modernidad, progreso y un futuro menos incierto para sus descendientes.

En 1951, los niños los llevaron  en barco a una granja en la localidad danesa de Fedgaarden donde pasaron una cuarentena de varios meses por miedo a las posibles enfermedades traídas desde Groenlandia. Una tierra atacada entonces por la tuberculosis.

Después del aislamiento, los distribuyeron por familias de acogida en distintos puntos del territorio danés. Allí comenzó la asimilación de su nueva cultura y, sobre todo, el abandono de sus raíces. Pronto olvidaron su lengua materna, sus costumbres y su cultura y nadie hizo nada por asimilar de forma natural sus orígenes a la nueva educación.

Hasta un tercio de los niños que no pudieron superar el primer año del experimento los devolvieron a un orfanato de Nuuk, en su país de origen, en vez de ir con sus familias para evitar que volvieran a aprender su lengua materna y con la excusa de que ya no serían capaces de adaptarse a un nivel de vida inferior después de conocer a una familia más rica.

Los testimonios de ahora nos muestran una falta de adaptación total de los candidatos, que no lograron integrarse en su nueva vida ni a en sus nuevas familias. Muchos de ellos cayeron en el alcoholismo, el desarraigo y la depresión. Solo siete de ellos viven 60 años después del experimento. El resto murió en su juventud.

El gran error del experimento fue pretender una adaptación educativa y social en niños de hasta 10 años que habían sido engañados a su salida para no potenciar su sufrimiento. La mayoría creían que iban a campamentos o familias de acogida de manera temporal.

El levantamiento de la noticia que provocó un revuelo nacional y las consiguientes disculpas de las ONGs implicadas no partió de las autoridades, sino de un escritor danés, que en 1996 encontró una colección de pruebas en el Archivo Nacional de Dinamarca mientras se documentaba y que acabó avisando a todos los implicados en aquel desastroso experimento social.

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