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La lección chilena

Después de dos semanas de protestas en Chile, creo que estas no llegarán a nada, por ahora. Pero servirán de campanada o de brutal antecedente que sí terminó al menos con el buen prestigio del oasis neoliberal de América.

Los días desgastan la cantidad de personas en las calles, pero al mismo tiempo ya empieza a larvar un estado de insatisfacción general que madura de manera lenta, segura y sólida, y que ya no soporta la llaga de ser el país más desigual del continente.

La protesta social en Chile sorprendió a todos. Incluso a los que estaban entregados a vivir un sistema injusto acorazado por la resignación y el consenso de un relato de buena propaganda, cosida con la vitrina brillante de una ciudad de Santiago moderna y los ademanes civilizados de sus políticos que se alternan en La Moneda sin sugestión de rencores.

Creo que este panorama por el que protestan los chilenos no cambiará por ahora, y me disculpan el pesimismo. Si bien sus políticos pasan rápidamente de la guerra a la disculpa, no cederán de igual forma a cambiar las leyes para hacer “un Chile más justo”.

A Piñera y a la clase dominante se les está pasando el susto del cuerpo, porque el pueblo no se expondrá por mucho más tiempo a morir por nada, o en el menos peor de los casos, a perder un ojo en una protesta satanizada como una maniobra desestabilizadora planificada por un supuesto dictador acorralado en su pobre país petrolero.

Lo que sí creo es que la protesta social en Chile es un boquete en la pared que les recordará a los chilenos que ya se les pasó el miedo de tiempos anteriores, y que entendieron que si bien el desarrollo económico se parece a las vitrinas brillantes de sus comercios, también es cierto que comprendieron que ese brillo se sostiene sobre una descomunal operación de injusticia que hizo de Chile el experimento ortodoxo de un neoliberalismo que les privatizó hasta el agua.

Al mismo tiempo que la lección chilena sirve a los chilenos, también sirve al resto de los incautos ciudadanos latinoamericanos, a quienes nos han intentado ablandar el sentido común de aceptar que en la privatización de todas las cosas esenciales está el progreso.

Si bien el exceso de proteccionismo de Estados descomunales no nos ha salvado de la precariedad de los servicios y la corrupción, tampoco la respuesta está en la fórmula que promueve la idea suicida de Estados raquíticos destinados a la misión represiva de proteger los intereses del mercado.

Entre un extremo y otro, la idea más sensata parece la de un sistema intermedio, pero la respuesta no es así de sencilla o automática.

Lo que nos revela Chile es que los chilenos quieren un oasis más grande en donde quepan más, sin sugerir una fórmula inequívoca. Protestan por una solución chilena en la que se imponga el ingenio de una creación auténtica y no la tenacidad de sus carabineros y militares recreándose en el 2019 en las escenas grises de su pasado lamentable.

DesdeLaPlaza.com/Carlos Arellán Solórzano