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Trump, Latinoamérica y la paradoja neoliberal

Como en el final de una película de suspenso, cuando la audiencia se sorprende de haber tenido un “narrador poco confiable” que le ocultó las verdaderas pistas de la trama, el triunfo electoral de Donald Trump asombró al mundo entero, sea porque derribó los paradigmas del discurso mediático y sondeos de opinión, sea también porque realzó en la escena a un actor social del electorado: un sector de la clase trabajadora estadounidense, perjudicado por las políticas neoliberales cuyo sentimiento supo aprovechar el candidato ganador para dirigir el voto castigo hacia una política que en la región buscó imponer tratados de libre comercio en lo económico y decretar en lo político el “fin de la era progresista”.

Al parecer, Trump supo capitalizar el descontento que originaron algunas variantes del neoliberalismo, útiles en algún momento y que el presidente electo utilizó durante su campaña en contra del establishment político y económico, como la reubicación de centros industriales fuera de EEUU y el fenómeno migratorio. Con su victoria electoral se suman al examen la revisión del supuesto poder hegemónico de los medios y el replanteo de la geopolítica mundial, temas cuestionados desde el intersiglo latinoamericano con el resurgimiento de gobiernos de izquierda.

Ahora aparece Trump con un discurso lleno de bastantes sesgos de proteccionismo nacionalista, lo que supone un recálculo por parte de las derechas latinoamericanas que desde la periferia buscaron parecerse ideológicamente a la metrópoli para hacerse del poder político. Pero, si el presidente del imperio ahora estaría en las antípodas del neoliberalismo ¿Qué le corresponde recalcular a la derecha en Latinoamérica? ¿Las reacciones parcas y asustadizas de algunos opositores venezolanos expresan desorientación? A la región le toca revisar el tema con cautela, sobre todo en la noche en la que todos los gatos son pardos.

¿Crepúsculo neoliberal?

“Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es lo ‘desconocido’. Ahora todo puede ocurrir”, expresó recientemente Ignacio Ramonet en su artículo Las 7 propuestas de Donald Trump que explican su victoria, para marcar el albur que para el mundo representa la victoria de un outsider convertido ahora en “aprendiz”.

En julio pasado el documentalista estadounidense, Michael Moore, había predicho la victoria de Trump, cuyo discurso de ataque a las clases económicas dominantes fue un “susurro” para los trabajadores de la zona norte del medio oeste (Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin), otrora eje industrial cuya economía fue golpeada por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, suscrito con Canadá y México.

Por ejemplo, cuestionar la eventual instalación de una planta de Ford Motors en México y la fabricación de teléfonos Iphone en China, fueron el tipo de declaraciones que orientaron el voto hacia Trump, quien prometió rehacer el sueño americano dentro de sus propias fronteras para que EEUU sea “grande de nuevo” y para lograrlo planteó desmontar el esquema transnacional de colocar industrias fuera del país con mano de obra barata en desmedro de los trabajadores nacionales.

“Trabajadores amargados y enfadados a los que Reagan engañó y a los que los demócratas ―que siguen intentando persuadir de forma deshonesta pero solo quieren aprovecharse de la situación codeándose con banqueros que les puedan extender cheques― abandonaron”, señalaba Moore meses atrás. Luego de la profecía cumplida, Ramonet afirma que Trump en “Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica”.

En el artículo El neoliberalismo en América Latina, explica James Petras que el bajo costo de producción y mano de obra barata o la globalización de la explotación, “permite a los productores estadounidenses competir en el exterior y en su propio mercado interno con sus adversarios mundiales”, es decir que funciona principalmente para las transnacionales y el sector financiero de dicha economía, pero en desventaja de los trabajadores. Quizá por eso una de las promesas de Trump haya sido aplicar impuestos a productos provenientes de China (45%) y México (35%), lo que muestra el inicio de una etapa de proteccionismo económico que le cambia el escenario a países latinoamericanos como Argentina y México, que esperan el portaaviones del libre comercio.

No se acaban las fronteras

Para la doctrina neoliberal la mercancía no tiene fronteras, por ello los tratados de libre comercio y el establecimiento de maquilas en México, asimismo, la orientación del flujo de mano de obra barata con éxodos que permiten sostener la economía al ofrecer empleos subpagados a ilegales, son factores que afianzaron este fenómeno desde el mismo EEUU y que ahora Trump promete corregir, no sin un cariz xenófobo.

El nuevo presidente prometió en agosto pasado aplicar deportaciones masivas, persecución y la construcción de un muro, que según él, le tocará pagar a México. Consecuencia indeseable de las injerencias económicas y políticas que históricamente EEUU ha generado en la región, lo que ha incrementado flujos migratorios provenientes, por ejemplo, de Puerto Rico, Panamá, El Salvador y México.

Desde Arizona, estado que junto a California, Texas, Iowa y Minnesota, recibe un importante flujo de inmigrantes, señaló que en su mayoría son personas que “están dañando a muchos estadounidenses que no pueden encontrar un empleo”, lo que en un sentido abierto es el condicionamiento de este pueblo a la “cero tolerancia” y mostrar como “amenaza” en el campo laboral al migrante que compite por el empleo y no al patrono explotador.

En su campaña, prometió poner “fin a los empleos que sean un imán para atraer indocumentados”, junto a una reforma del sistema de inmigración para beneficiar a los nacionales con bajos salarios, es decir una política de protección social, acompañada por el rechazo a los recortes en políticas sociales, la reducción de precios en medicinas y la eliminación del impuesto federal a familias pobres.

Se reaviva el proyecto de Ley de Inmigración de 2006, que contemplaba el muro, la deportación masiva y la duplicación de efectivos policiales en la frontera, lo que afectaría las economías de los países que reciben sus remesas, especialmente los de América Latina y el Caribe, que aportan mano de obra muy barata.

Igualmente, con la derogación de las amnistías de inmigración decretadas por Barack Obama quedan amenazados aquellos “cerebros fugados” y las tourneés motivadas por supuestas “dictaduras”, como ocurre con algunos venezolanos, quienes pueden incluirse entre los 45 millones de personas anuales que piden visa de turista, de estudiante y empleo, de los cuales un 1% se excede en su permanencia, unas 450 mil personas.

Oposición sin mecenas

“Quiero decirle a la comunidad mundial, que si bien yo pondré los intereses de EEUU de primero, nos la llevaremos de forma justa con todos. Con todos los pueblos y naciones. Buscaremos puntos de confluencia, no hostilidad. Asociaciones, no conflictos”, fue una de las frases de Donald Trump en su discurso como candidato ganador.

Consultado sobre este tema, el internacionalista y profesor de la Universidad Central de Venezuela, Ernesto Wong, comenta que en su campaña Trump fue bastante discreto al manejarse con América Latina, sin embargo, “algo que no debe perderse de vista, ahora que es Presidente, es que dijo que no iba a estar derrocando a gobiernos extranjeros”.

En tal sentido, el analista internacional señala las interrogantes: “¿Qué va a pasar con todas las subvenciones a la contrarrevolución de Venezuela, los planes que eran de mucho dinero, para emplearlo a subvertir el orden en Venezuela? ¿Qué va a pasar con el “Decreto Obama”?”.

“La herencia de Obama”, dice Atilio Borón, “No pudo ser peor en materia de política internacional. Se pasó ocho años guerreando en los cinco continentes, y sin cosechar ninguna victoria”, expresa en el artículo Trump: el otro fin de ciclo, donde menciona, calificándola de estúpida, a la orden presidencial que señala a Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior” de dicho país.

“Algo que no debe perderse de vista, ahora que es Presidente, es que dijo que no iba a estar derrocando a gobiernos extranjeros”

Explica Ramonet por su parte que “con su enorme deuda soberana, los Estados Unidos ya no disponen de los recursos necesarios para conducir una política extranjera intervencionista indiscriminada”, razón considerada por Trump para cuestionar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y establecer una relación de acercamiento con Rusia, aliado estratégico de Venezuela, para combatir al Estado Islámico.

De cara a este cambio de gobierno en Washington, estarían evaluando sus acciones, por ejemplo, la NED (National Endowment for Democracy) y la USAID (Agencia del Desarrollo Internacional de EEUU) que han financiado a grupos opositores en Venezuela, los mismos a quienes convenía la victoria de Clinton, garantía del continuismo en la postura que mantuvo la administración Obama hacia este país.

Efecto búmeran

Otro de los factores que entran en estudio luego de la victoria de Trump es el efecto búmeran de los medios de comunicación en la opinión pública estadounidense, donde hasta el 8 de noviembre se creían infalibles en sus fórmulas, que han sido las favoritas para ser copiadas por los medios en Venezuela, sin éxito alguno, generalmente.

El caso es que desde las redes sociales, hasta en las grandes cadenas televisivas, humorismo gráfico y eventos públicos, Trump fue satanizado y ridiculizado, hasta el punto de llegar a compararlo con el líder socialista Hugo Chávez, y también para hacer verlo como un “rival menor” de Clinton, lo que finalmente produjo el efecto contrario al obtener 290 votos electorales, por encima de Hillary, que alcanzó 228 votos.

Sin embargo, el símil de “efecto búmeran” fue utilizado por el secretario general de la llamada Mesa de la Unidad Democrática, Chúo Torrealba, quien ante la victoria del candidato republicano y en medio de un compromiso de diálogo con el gobierno nacional, señaló que la situación en EEUU se parece a la vivida en Venezuela “un país con severos cuestionamientos al establecimiento político toma una decisión para darle un castigo a esa clase política y el castigo resultó siendo un bumerán”.

Mientras Torrealba insistió  discretamente en la comparación de Trump con Chávez, por su parte el presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup, a través de Twitter, sostuvo que la política exterior de EEUU puede continuar igual y cambiar “en algunos matices”; otro que se pronunció fue el gobernador de Miranda, Henrique Capriles, al expresar su preocupación por los venezolanos que viven en el país norteamericano: “no queremos que los vayan a botar, que los vayan a expulsar”, reseña El Nacional.

Ninguna de las expresiones denota alegría o apoyo al resultado, más bien hablan de una expectativa incumplida, en este caso sin un Consejo Nacional Electoral al que puedan echarle la culpa de su frustración.

Por su parte, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) expresó su respeto a Donald Trump y le pidió pronunciarse respecto al diálogo en Venezuela, este país, por su parte, manifestó a través de un comunicado de su Cancillería su anhelo de “respeto a la no intervención en los asuntos internos, al derecho al desarrollo y a la paz”.

Dice Noam Chomsky que la victoria del magnate fue resultado de una “sociedad quebrada” por el neoliberalismo y para Atilio Borón, paradójicamente la victoria de este millonario antisistema podría ayudar a “romper la camisa de fuerza del neoliberalismo y ensayar otras políticas económicas una vez que las que hasta ahora prohijara Washington cayeron en desgracia”.

Aún hay expectativas, especialmente en el tema petrolero, sobre todo cuando se dijo que con Trump se lograría la “independencia energética” de EEUU. Hay que considerar que es el nuevo presidente de un imperio que recibió de sus votantes una lección electoral, pero que sigue siendo un imperio.  Aparentemente el verdadero perdedor de la contienda será el nocivo modelo neoliberal. Hay que ver. La noche es joven, los gatos son pardos.

DesdeLaPlaza.com/Pedro Ibáñez