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El antihumor en la radio

La burla hacia un niño de siete años al calificarlo de homosexual en el programa de radio Calma Pueblo produjo varias consecuencias, además del procedimiento administrativo aplicado por la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) y el rechazo de la misma emisora, La Mega 107.3, tuiteros y articulistas en desacuerdo con la suspensión del espacio radiofónico abrieron debates sobre la “censura” de medios y la ética de los locutores, sin considerar el sustrato del fenómeno, que es el sarcasmo, el bullying, la burla, el chalequeo: el antihumor.

¿Cuándo se empezó a hacer reír en la radio? ¿Cuándo dejó de ser humor? Nuestra radio, con sus primeros ensayos entre finales de la década de 1920 y comienzos de 1930, transmitió comedias de escritores españoles como los hermanos Álvarez Quintero y charlas costumbristas del dramaturgo venezolano Rafael Guinand, para darle luego paso a El Bachiller y Bartolo, con Amador Bendayán, más tarde a El Gran show de las 12, seguidos a finales de los años 70 por El sargento Fullchola, por hablar de los primeros hitos.

Fue en la década de 1990, con el impulso de la banda en Frecuencia Modulada (FM) y su auge en los radioreproductores de los vehículos de la audiencia cuando se pensó en la segmentación de la oferta radiofónica y aparecieron las radios “juveniles” que dieron paso a voces distintas, frescas, y comenzó a hablarse de una muy rentable “radio participativa”.

Entonces, el ser joven en radio dejó de expresar la pasión por la música rock o el ser un disc jockey, como en los 60, 70 y 80, para establecer un nuevo carácter al aire, el de los panas, el de hablar como se hablaba en las calles (especialmente las calles del este de Caracas), emulando con mucho apego a la radio estadounidense y sus programas hablados matutinos, llamados morning shows, o sus programas “transgresores” nocturnos conocidos comotalk shows.

Esa escuela “irreverente” del locutor neoyorquino, Howard Stern, como puede verse en su autobiográfico filme Partes privadas (1997), se impuso en un estilo de hacer radio que hoy heredamos y que coloquialmente se basa en algún pensamiento más o menos así: “nosotros tenemos esta fiesta aquí y si eres capaz de decir algo ‘inteligente’, te premiamos con nuestros comentarios”; sin embargo, no es tan ingenuo como parece, porque esta mal entendida irreverencia oculta algo más, esconde al “chiste de clase”, es decir el de la discriminación totalizante en sus aspectos más genéricos, puesto que podría incluir sexo, raza, apariencia, nivel académico o grupo etario, bajo el argumento del humor.

Pero este humor no busca la empatía con el público, se basa un poco en la escuela de los payasos de circo tradicional, el clown, el augusto… y al contraugusto, es decir, los dos primeros son los tipos listos (locutores) y el último no lo es tanto (audiencia) y así lo explica el dramaturgo español Alfonso Sastre en su Ensayo general sobre lo cómico (2002) cuando señala la “frialdad afectiva” o agresividad que hace que unos sean los “rientes” y otros los “reídos”, sobre todo cuando el chiste va contra condiciones sociales o alguna discapacidad, igualada a extravagancias, inocentismos, despropósitos o equívocos.

Hablarle al aire a un niño de siete años, considerando la ingenuidad que le hizo llamar al programa y que soportara una burla sostenida que al final se remató con un chiste homofóbico y discriminatorio contra él, hecho por la conductora del espacio, sólo por tenerle admiración a una celebridad del fútbol (“El niño gay que quiere ser como Ronaldo”), es la distorsión más cruda de un formato que castiga a sus oyentes para supuestamente hacerles pasar un buen rato.

Los argumentos que esgrimen quienes defienden a ultranza lo que entienden como “libertad de expresión” ante la medida aplicada por Conatel para proteger a otros usuarios de este tipo de agresiones van desde el “desconocimiento” de la legislación, hasta la “falta de investigación” y el derecho a la defensa (de los locutores). Otros dicen que los padres del niño debieron poner primero la denuncia para que se actuara, que los conductores sólo tenían que pedir disculpas públicas y que todo pudo haberse resuelto con un debate sobre la ética en los medios, algo que de por sí ya debería saber quien trabaje en un medio de comunicación.

Cabe recordarle a los opinadores que la Radio Éxitos 107.3 FM, rechazó categóricamente la expresión ofensiva de Calma Pueblo y manifestó su compromiso de hacer respetar a Ley Orgánica para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (violentada en su artículo 65, en lo que respecta al honor y reputación de niños y adolescentes), además de no aceptar “que mediante un uso inadecuado del lenguaje se promueva la discriminación por razones de sexo, raza, credo, orientación sexual o posición política en nuestra emisora”.

Igualmente, es pertinente recordarle a quienes sostienen que la medida administrativa es una censura de la “dictadura”, que a propósito del tema de la homosexualidad, en el segundo gobierno de Rafael Caldera (1994-1999), un domingo de 1995 dos canales de televisión decidieron competir con sendas películas latinoamericanas de temática sexodiversa, Venevisión decidió programar el filme cubano Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío, 1993) y Radio Caracas Televisión puso en su grilla la brasileña Amor extraño amor (Walter Hugo Khouri, 1982) y la sanción por “encadenar” a la audiencia venezolana con el tema de la homosexualidad fue suspender por un día, respectivamente, la señal de cada televisora. Y nadie se quejó.

“Después de varias horas de reflexión, queremos pedir disculpas a quienes se hayan sentido afectados por nuestros comentarios hechos en la emisión del día 18 de septiembre de 2017”, manifestaron los conductores de Calma Pueblo, Verónica Gómez, Manuel Silva y José Rafael Guzmán, en su cuenta Instagram. Talentos hay pocos, gente que diga incongruencias, hay mucha. En 2015 un presentador venezolano de la cadena Univisión, en Estados Unidos, fue despedido de la televisora por decir en un programa que la entonces primera dama de ese país, Michelle Obama, parecía del elenco de la película El Planeta de los Simios. Fue despedido. Nadie dijo nada.

El humor del venezolano no es así. Mientras los gringos hacen gags, los ingleses se ríen de su propio sentido común y los españoles son mordaces, los venezolanos no nos tomamos las cosas tan en serio, somos espontáneos y tenemos algo de esa picaresca española y algo de ese bonche latino. Ese chiste de Calma Pueblo no califica en ninguna categoría, sino la del antihumor.

La actuación del Estado venezolano en este caso fue para preservar algo esencial: a ese niño de siete años, como a otros, le tocará crecer, en edad y madurez. ¿Lo hicieron los conductores de Calma Pueblo?

DesdeLaPlaza.com/Pedro Ibáñez