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Nuestros amados mamotretos…

Cada expresión del poder político intenta construir a través de las artes una interpretación del espíritu de la República. Sea en la arquitectura, en la estatuaria, en la historia o la literatura, cada período político deja un conjunto más o menos feliz de “patrimonio” a la nación.

Son notorios los estilos del siglo XX venezolano vistos desde esta perspectiva. Gómez, Pérez Jiménez, la cuarta república, dejaron sus huellas aquí y allá. El benemérito echó mano de Manuel Mujica Millán, Pérez Jiménez convoca al escultor Alejandro Colina y al arquitecto Luis Malaussena, la cuarta república se apoya en Alejandro Otero, Jesús Soto, Carlos Cruz Diez, etc. Solo por citar unos pocos.

Este conjunto de manifestaciones estéticas, y queremos referirnos a las que ocupan espacios públicos, trazan un mapa obligado lo nacional.

Esta operación de dar cuerpo físico a la idiosincrasia es todo un arte. Afloran en esta operación las megalomanías, los complejos, las visiones de la historia, la mitología y sobre todo una cosmogonía de lo nacional que le toca ejercer al que ostenta el poder.

Pero hay que decir en honor a la verdad que esto, en nuestro país se ha construido sin ningún tipo de planificación, se arma a punta de caprichos, tocoqueras e improvisaciones.

Desde las apologías brutales al positivismo, o a algunos capítulos vergonzosos de la historia, pasando por un culto al “progreso” y a los avances científicos y recalando en las reivindicaciones estéticas de una etnicidad idealizada, este mapa de camino recala en una síntesis de lo que somos capaces de producir desde el punto de vista estético y espiritual.

Pudiéramos decir que si sumamos todos estos intentos “oficiales” de darle forma a la idiosincrasia, tendremos un mapa del espíritu de la venezolanidad. Al menos en este pequeño ámbito.

Vale ensayar esta lectura, vale ir por los caminos armando la historia de nuestra espiritualidad convertida en bronce o en piedra, o en gigantes mamotretos de cemento. Nos debemos una lectura honesta de nuestros adefesios, de nuestros intentos fallidos, de nuestros peroles, a los que no nos queda otra opción que tomarles cariño.

Y los más importante de este ensayo, es que esta historia sigue construyéndose ante nuestros ojos, con sus terribles desaciertos y con sus caprichos. Día a día, sin descanso.

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DesdeLaPlaza.com/ Oscar Sotillo Meneses