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El reguetón o la vulgarización pop de una cultura híbrida

En días de globalización, hasta las efemérides las decide el mercado, como lo hicieron los oligopolios de la música cada 15 de septiembre desde el año 2007, cuando establecieron que un concierto en el estadium Iram Bithorm de San Juan de Puerto Rico fuera el hito histórico de un ritmo musical resultado de diversos factores históricos y culturales, intencionalmente reducido a un sonido sincopado y pegajoso, que de expresión contracultural decantó en la vulgarización de un género pop para el consumo.

Quienes en 1988 fueron a cualquier boda seguramente saltaron a la pista en mitad de la fiesta para armar una coreografía al escuchar lo que entonces se llamaba “reggae en español” y aunque hoy lo nieguen, lo más probable es que hayan bailado Tu pum pum, de Edgardo Franco, artista mejor conocido como “El General”, cuya irrupción en radios y discotiendas de los países caribeños en aquel momento nos trajo un género musical producto de un proceso de hibridación que se remonta a 1903, cuando grupos de jamaiquinos y otros pueblos antillanos llegaron al itsmo para trabajar en la construcción del canal de Panamá.

La influencia del reggae, raggamuffin y dancehall de las comunidades jamaiquinas llevó a varios artistas panameños en la década de 1980 a experimentar con los arreglos musicales, cambiando las letras y acelerando su tempo, para producir los primeros temas de reggae con letra en español, generando en la música un fenómeno cultural de combinación, definido por Néstor García Canclini como hibridación, proceso sociocultural cuyas prácticas “que existían en forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas”.

Explica el autor de Culturas híbridas que éste proceso se da como “resultado imprevisto de procesos migratorios, turísticos y de intercambio económico o comunicacional (…) de la creatividad individual o colectiva”. Como muestra, esta fase germinal del género mezcló también la soca (Trinidad y Tobago), el calipso, (Venezuela) y konpa dirèk (Haití), para expandirse por el Caribe, con especial influencia en Puerto Rico.

Mientras en la mitad de la década de 1980, Panama cantaba el reggae en español, con artistas como El General y Nando boom, Puerto Rico estrenaba el primer rap cantado en español por Vico C (Rapeo del vikingo), con esta influencia los puertorriqueños le darán un reimpulso al género empleando el dancehall y la caja de ritmos (Dem bow), junto a la influencia norteamericana del rap y el hip hop, para mostrar en canciones su realidad social como expresión contracultural de los caseríos marginados de la isla. El nombre ya se lo había dado en 1988 el mánager de El General, Michael Ellis, que usó el prefijo “reggae” y el sufijo “tón”, para bautizar al “gran reggae” como “reggaetón”, ahora reguetón.

Del suburbio al mercado

Los primeros temas del reguetón expresaban la situación de los enclaves de pobreza en Puerto Rico, con una violencia sublimada en guerra verbal entre raperos, llamada “tirae’ra”, la invitación a la sexualidad o el “perreo” y la situación de marginalidad, como parte de lucha que daba la juventud en medio de su situación social, discriminación, guerra de pandillas, hostilidad e indigencia.

Esta temática se hizo popular en el reguetón boricua, cuyo foco estuvo en la discoteca The Noise, de donde surgieron los artistas DJ Negro, Baby Rasta y Gringo; y Daddy Yankee, con divulgación clandestina de sus temas en discos compactos y casetes para reproductores de vehículos y encuentros de querellas verbales líricas, hasta que en 1993 el gobierno prohibiera la distribución de copias por su alto contenido de violencia callejera.

Luis Britto García en su libro El imperio contracultural: del rock a la posmodernidad, señala el carácter de los sectores marginados como creadores de subculturas producto y emblema de tal marginación. “Los márgenes ―culturales, sociales, geográficos― de un sistema son como la piel por dónde éste se comunica con el exterior, con lo que es contrario al centro de su cultura, usualmente conformado de manera estable”. En el contexto del Puerto Rico de comienzos de los noventas el desempleo llegó a 65% y los barrios fueron escenario de la violencia y el tráfico de drogas, elementos centrales de la estética musical que estaban produciendo.

El establishment portorriqueño y su burguesía promovieron un repudio en contra del nuevo género que incluso llevó adelante la eliminación de copias distribuidas de The Noise y Playero, esto produjo que los cantantes se replantearan un cambio en su propuesta para hacer temas románticos, entre los más recordados Cierra los ojos bien, de Baby Rasta y Gringo.

De ser un género clandestino, el reguetón se convirtió en parte de la oferta musical de las radios, discotecas y colecciones musicales de jóvenes de la clase media boricua, creando una mayor audiencia y nicho de mercado que marcó la tendencia hacia comienzos de 2000, con The Noise y La Cripta, momento en que el género fue acogido por los sellos discográficos para incorporarlo a la homogeneización del mercado musical en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, con ventas entre 50.000 y 100.000 fonogramas mensuales, sólo en Puerto Rico.

La vulgarización desde el pop

Aunque posteriormente hubo propuestas experimentales como las del cantante Tego Calderón (2003), la unción hecha por la cultura pop trajo consigo el enfoque sexista, con letras que expresan violencia de género y situaciones explícitas, tríos amorosos, símiles con animales, violencia sexual, ilustradas sin recato en los respectivos videoclips, que también muestran su apología a la infidelidad marital, el culto a las drogas, el alcohol y la vida fácil; con un correlato que incluso ha buscado captar a la audiencia sexodiversa femenina, como la propuesta de la argentina Chocolate remix, que asume los mismos códigos pero desde un lesbian reguetón.

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En 2015 se hizo viral en las redes la campaña “Usa la razón, que la música no degrade tu condición”, ideada por un grupo de estudiantes colombianos en rechazo a la violencia machista de la que es objeto la mujer en las letras de las canciones, partiendo de una encuesta en la que ocho de cada 10 mujeres que escuchan reguetón se siente maltratada por los mensajes sexistas de la canción.

Sin embargo, su éxito en la audiencia ha llevado a que incluso estaciones de radio en EEUU incluyeran en sus catálogos musicales al reguetón en la categoría hispanic urban y sellos disqueros anglo crearan subdivisiones de productos latinos para la venta de discos de éste género y representantes el género, como Daddy Yankee creador de La Gasolina, sean hoy propietarios de sellos “independientes”, pero subsidiarios de las grandes disqueras que les hacen ganar millones de dólares por copias vendidas.

De esta forma el mercado adoptó una contracultura resultado de un sincretismo para convertirla en un mensaje estético completamente distorsionado de lo que originalmente fue, con antivalores que condicionan el gusto para lograr su masificación simbólica a través de un sistema de promoción que incluye radios, televisoras musicales y hasta bandas sonoras de películas. Se reafirma lo que explica Britto García sobre el pop como fenómeno que se apropió de “los símbolos de identidad periféricos de las marginalidades, los universalizó hasta que perdieron su significado, y concluyó invirtiéndolos”.

Este mensaje estético del reguetón dejó de exponer la realidad social de los guetos boricuas para de manera elemental terminar posicionando un modo de baile, “el perreo”, que en sus diversas formas es aplaudido en adultos y niños, con letras repetitivas que han creado un argot o neolengua con términos como “bicho”, “demencia”, “fantasmeo”, “fuetazo”, “flow”, “gasolina”, “tripeo”, con ritmos acompasados que parecen ser siempre una misma canción. Un trabajo de alquimia del que se extrajo un producto simple, hecho a bajo costo, que se promociona eficientemente para brindarle grandes ingresos a los sellos sin importar la vulgarización del mensaje mientras hacen que no pase de moda o dicho de otro modo que por casi dos décadas el “día internacional” del reguetón sea todos los días.

DesdeLaPlaza.com/Pedro Ibáñez