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La diáspora de los mangos

Hoy es mi día de cumpleaños.
Hoy no tengo ganas de escribir.
Hoy quiero que escriban,
sobre (no encima de) mí

 Verónica, mi mejor amiga canaria hoy residenciada en Madrid, hace exactamente un año me obsequió un libro llamado Pasaje de Ida, con ocasión de mi aniversario. Es una compilación de cartas hechas por 15 escritores venezolanos en el exterior y presentada por Silda Cordoliani. Durante estos meses, la lectura de este texto no fue inmediata, ni agresiva. Ha sido progresiva. Una carta cada tanto.

Cada año llevo en mi estandarte personal una frase particular que se parezca a lo que estoy sintiendo como ser humano. Me doy mi tiempo para escudriñarla y llegar hasta su entraña. La utilizo como mi eslogan. La exploto, la exploro, la trabajo y la analizo hasta conseguir el contexto más insólito en el que la pueda aplicar.

En 2011, por ejemplo, recuerdo que roía con fuerza un verso de la poeta iraní Forough Farrokhzade que dice: “Acuérdate del vuelo, el pájaro es mortal”. Lo descubrí en el prólogo de las mémoires de Farah Diba Pahlavi, que una vez conseguí en los estantes de remate de la librería Europa del viejo centro comercial Costa Verde, de Maracaibo. Pagué 15 bolívares y me llevé el libro a casa. Hoy está en mis tesoros.

Tanto me gustaba esta frase, que la incorporé en mi discurso de grado universitario el 11 de diciembre de ese año, impregnado de ganas de convertirme en un buen periodista, y animaba a mis nuevos colegas a recordar que lo más importante es la obra, por encima de la firma. Tanto me gustaba que se la repetía todos los días a mi ex, y aún la tiene en su ‘bio’ de Twitter. Incluso, me fijé recientemente, que uno de mis mejores amigos la utiliza en su perfil de Instagram, también. Por lo visto, me marcó y marqué.

Mi frase jubilar del 2016 la encontré en Pasaje de Ida, su creadora es Corina Michelena, y dice así: “El árbol de mango se siembra en una casa para que dé frutos en la otra”. En su carta titulada “No, nací en el Mediterráneo”, la caraqueña basada en Moscú desde 2004, habla sobre los conceptos de país que fue manejando desde su infancia hasta su adultez. Cuando niña, su noción de patria se limitaba a los patios de las casas de su familia, y a las matas de mango que hacían sombra y cuyos frutos caían en el lado contrario.

Esto es una norma en los árboles de mango, eh. Si no, haga el ejercicio, observe y comprobará que es así.

Creo que esta idea original de Corina, me define y nos define a la gran mayoría de los 5.586.597 de jóvenes venezolanos, que somos según el censo de 2011. Verán; al igual que todos los hombres del mundo, fuimos sembrados, engendrados, creados en una geografía específica. A nosotros nos sembraron aquí, en esta casa llena de contrastes y peligros, de colores y aromas, de bellezas y barbaridades, llamada Venezuela.

La obviedad del desarrollo nos hace entender que cada quien dará frutos. Cada joven venezolano producirá mangos de la “mata” de su vida. Cada mata de mango que somos tú y yo sembrada en esta casa, dará frutos en la casa del vecino, porque en esta casa ¡Nadie se puso las pilas!

Los jóvenes venezolanos vivimos la diáspora más grande de Latinoamérica. Única en nuestra historia, aparece pionera en el devenir de esta nación, y lejos de marcar alegrías, marca grandes tristezas y carencias de las que sufriremos en el futuro.

Nuestros hermanos, ofrecerán sus talentos en el exterior, en los países cercanos y en los no tan cercanos, porque sus troncos crecieron tanto que se alejaron de las raíces y sus largas ramas quisieron sentir el viento de otros lares. Lugares con oportunidades. Lugares con seguridad. Lugares con optimismo.

¿Pero y si nos quedamos? La respuesta es simple. Cuando los mangos caen en nuestro patio y nadie los recoge, el hedor a descomposición es inaguantable y las moscas proliferan por doquier.

Pregúntenos a mis pocos amigos que aún permanecen dentro del país y a mí, cuál es nuestra manera de sentirnos al respecto. Estamos, literalmente, agobiados.

¿Nos estamos descomponiendo? ¿Desprendemos hediondez a causa de nuestra depresión constante y de nuestra angustia? ¿Cómo defendernos de las moscas que nos atosigan? Dele usted mismo precisión y nombre a las moscas de su realidad, no lo haré yo.

Hoy es día de mi cumpleaños y la verdad, solo pienso que aún me cuesta renunciar al hecho de no poder hacer que mis frutos caigan en mi propia casa ¡Con tanta hambre! ¡Con tanta sed!

Tampoco sé, aún, dónde van a caer ni quién se comerá mis mangos.

DesdeLaPlaza.com /Rafael ÁLVAREZ-BERMÚDEZ – @Rafadav