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¿Por qué molesta tanto la homosexualidad?

El periodista venezolano Víctor Fernández ha realizado en exclusiva para Desdelaplaza.com un completo trabajo que nos ayudar a comprender con detalle lo que sucede en este momento en Venezuela, en la lucha de los colectivos LGBTI a favor de sus derechos sexuales, y por qué es la homofobia una práctica arraigada en la población venezolana.

 

[Esta es la segunda parte de este trabajo, para leer la primera parte visita: El 50% de los diputados no condena la homofobia]

Qué es la homofobia

Daniel Borrillo, en su libro “Homofobia: historia y crítica de un preconcepto”, sugiere que la primera persona en usar el término pudo ser K. T. Smtih en un artículo de 1971 donde intentaba caracterizar la personalidad de alguien que no toleraba estar en presencia de un(a) homosexual. Desde entonces se harían varias propuestas conceptuales, destacando el aporte de Pierre Bourdieu cuando en su ensayo “La dominación masculina” sostuvo que, además de la violencia física y verbal hacia la persona homosexual, la homofobia es principalmente un tipo de violencia simbólica que generalmente no es percibida por sus víctimas y que es un dispositivo de la jerarquía sexual-social. Borrillo resume las distintas miradas en dos dimensiones de la homofobia: una personal, de naturaleza afectiva que se manifiesta en el rechazo hacia el o la homosexual, y otra cultural, de naturaleza cognitiva, donde el objeto no es la persona homosexual sino la homosexualidad como fenómeno social.

Pero, ¿por qué molesta la homosexualidad?

Lo primero es aclarar que la homosexualidad, como categoría, no tiene más de doscientos años (1869). Según Paolo Zanotti, en “Gay: la identidad homosexual, de Platón a Marlene Dietrich”, en todas las civilizaciones anteriores las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo no tuvieron una categoría científica. La más cercana fue y sigue siendo religiosa, como sodomía o pecado nefando en el judeo-cristianismo, y antes de eso, en la mayoría de los casos no tenían un término específico porque no eran tan relevantes como ahora. Si bien varía cuan reprochables o legales eran, no había un consenso social como el actual donde se esperase que alguien tuviera relaciones sexuales exclusivamente con hombres o con mujeres.

Hoy la homosexualidad molesta porque cuestiona la supremacía que la masculinidad se otorgó a sí misma. Teniendo por esencia la fortaleza física, se definió esa característica más frecuente en hombres que en mujeres como vital para la supervivencia. Lo masculino como la guerra, la agresión, como el dinero para poder comprar, como la mano de obra necesaria para que las fábricas produzcan. Así se constituyó como autoridad, y como tal requirió y requiere de una otredad que le reconozca: la mujer. Para que esa relación de dominación tuviera legitimidad, era necesario que la mujer se concibiera como débil, irracional, incapaz de valerse por sí misma para sobrevivir y por ello condenada a la casa, a lo privado, a lo doméstico. Entonces, en contraposición a lo masculino, se define lo femenino.

Cuando se va por la calle, difícilmente se puede saber si ese hombre o esa mujer que va adelante ha tenido relaciones homosexuales. Solo podemos “suponerlo” porque camina, se viste o habla como una persona del género contrario. Es decir, lo que realmente molesta es que un hombre o una mujer no se comporte según la norma establece, y es ahí cuando se convierte en una amenaza, porque un hombre que no quiere competir, que no quiere imponerse, evidencia que esa supremacía masculina no es necesaria ni natural. Mientras, una mujer que no se viste ni maquilla pensándose como objeto de deseo de los hombres también representa un peligro, ya que de ahí a reconocer que no tiene por qué estar al servicio de los hombres hay un solo paso. Y el sistema en que vivimos necesita del trabajo gratuito de esa mujer para garantizar la vida de ese hombre que es mano de obra. Necesita que esa forma de opresión se reproduzca en su descendencia; y necesita que la propiedad de la fábrica quede en manos de las mismas familias a través del apellido de los hombres.

La mentira de lo biológico

En “Lesbofobia”, Olga Viñuales afirma que es mentira eso de que la sexualidad existe solo para procrear. Acuña esa mirada biologicista precisamente al período de la Revolución Industrial donde el modelo de familia se hizo indispensable para sostener el nuevo aparato económico. Para ella, el impulso sexual es igual que otros supuestos instintos. Hay una parte que es innata (las ganas), y otra que es aprendida (nuestras fantasías eróticas). “Con la sexualidad ocurre lo mismo que con el hambre, es una necesidad universal que puede satisfacerse de múltiples maneras”, señala la autora.

Por su lado, Borrillo sostiene que la homofobia es producto del heterosexismo, entendido este último como esa corta mirada que reduce todo a la relación reproductiva macho-hembra, como si todas las veces que una mujer y un hombre tienen relaciones sexuales están procurando la fecundación. Lo cierto es que el heterosexismo pone en un mismo saco elementos que, primero, son diferentes, y segundo, no siempre están asociados. Así, confunde el sexo, resumido en los genitales y los cromosomas, con el género, que es el comportamiento que se espera en función del sexo con el que se le identificó a una persona al nacer, es decir, lo masculino para el hombre y lo femenino para la mujer. Y por otro lado vincula esta identidad con la práctica sexual, imponiendo que se debe sostener una relación sexual con el contrario, cuando realmente también se puede tener una relación con alguien del mismo sexo. En todo este juego, la homofobia ocupa el lugar del vigilante para que esa mescolanza nunca decante y no quede en evidencia que son cosas distintas el cuerpo, la identidad y el deseo.

 

Esta es una serie de tres trabajos sobre la homofobia:

I parte: El 50% de los diputados no condena la homofobia

II parte: ¿Por qué molesta la homosexualidad?

III parte: Cómo colaborar en la lucha contra la homofobia

 

Víctor Fernández / DesdeLaPlaza.com

fotos: Yrleana Gómez