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Reconquistar el hábito de la lectura

Son muchas las personas que no tienen cultivado el hábito de la lectura. Si bien es cierto que en la actualidad el número va creciendo, impulsado por las políticas culturales de la democratización del libro, las diferentes ferias que se llevan a cabo durante el año, los distintos espacios comunicacionales que se van reproduciendo en torno al libro y demás iniciativas vigentes; en la calles, es mucha la gente que no lee.

Pretextos habituales como: es que me da sueño, me cansa la vista, un libro pesa mucho en la cartera, me aburre, no encuentro nada que me llame la atención; no son más que caretas momentáneas y fáciles de derrumbar con un buen poder de convencimiento. El primer obstáculo se centra en las malas decisiones tomadas por nuestros entornos durante la infancia, específicamente en el hogar y en la escuela.

Una de las mejores maneras de incentivar el hábito de la lectura es a través del ejemplo. En una casa de no-lectores, es muy difícil o poco probable que surja un niño lector o una niña lectora. De resultar así, sería una de las pocas excepciones. Sucede que de padres no-lectores nace la iniciativa de romper la herencia generacional y se proponen sembrar el hábito de la lectura a su prole, pero tampoco es tan común.

Ocurre también que los padres asocian involuntariamente al libro con el castigo. Quitar la televisión, el internet, los videojuegos a manera de sanción y ocupar el tiempo del hijo o hija con la lectura, es condenar la imagen del libro al recuerdo de la mortificación. Por lógica, cuando ese niño o niña crezcan, serán adultos no-lectores y estarán convencidos de que leer es, simplemente, aburrido.

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En familias donde los padres trabajan, ocuparse de la casa, sus niños, las tareas, los oficios domésticos todo a la vez es complejo; por eso, muchas veces las madres o padres prefieren dejar a sus hijos “al cuidado” de la televisión y así desahogarse por algunas horas y ocuparse en otras actividades. Ese es, digamos, el camino fácil. Y si no fácil, el más rápido sin lugar a dudas. A eso se le suma que en la escuela y en bachillerato, maestros, maestras, profesores y profesoras tratan de imponer el hábito de la lectura como una tarea de carácter obligatoria que de no cumplirse, incurrirá en una represalia, por ejemplo, reprobar una materia o asignación. Los niños, niñas y jóvenes que experimentan ese tipo de incentivo forzado asumen que la lectura se lleva a cabo por compromiso y no por placer.

Cuando surge en un hogar un niño lector o una niña lectora, los padres suelen interpretar el papel de censores. Tratar de obligar a ese niño o niña a leer lo que ellos consideran correcto y reprenderlos por aproximarse a lecturas que esos padres consideran “no apropiadas”, espantan la iniciativa que surge de modo natural. Ahí es cuando los padres deben asumir que lo importante es tener la plena libertad de leer a gusto, buscando su propio camino (sin llegar a extremos, evidentemente).

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Si padres no-lectores tienen la preocupación de que sus hijos e hijas no lograrán un lugar de encuentro con el hábito de la lectura, es un momento propicio para que apliquen el ejemplo. Que esos padres asuman el hábito de la lectura como un acto cotidiano para ellos mismos, dará como resultado que sus hijos sigan ese camino. Leer en familia, leer en voz alta, comentar las lecturas, intercambiar opiniones e interpretaciones, son buenas maneras de presentar el hábito sin imponerlo y sin rodearlo de recuerdos poco placenteros.

Parece difícil, pero no lo es. Leer, sin duda, es un placer. Hay libros para todos los gustos. Existen géneros para cada tipo de lector. Temas infinitos se abordan entre las páginas. No encontrar un libro del agrado de cualquier persona es, matemáticamente, imposible. Todo es cuestión de voluntad, si se quiere reconquistar el hábito de la lectura, sólo se deben poner manos a la obra. En este caso, calza a la perfección el dicho popular: querer es poder.

DesdeLaPlaza.com/Gipsy Gastello

@GipsyGastello

Fotografías: Agencia Venezolana de Noticias (AVN)