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Viaje al desierto

Debimos viajar al Zulia para asistir a la graduación de mi hermana menor, un viernes. Mis padres partieron junto a ella a Paraguaná, nuestra tierra, una vez terminado el evento. Yo tuve que quedarme por un cambio de agenda repentino, hasta el otro día. Así comenzó mi sufrimiento.

Ocho horas encerrado, sin agua. Sin una gota para lavar una cuchara sucia, algún centímetro de mi cuerpo o enjuagar mi boca. La única jarra que quedaba en el refrigerador contenía menos de un tercio de líquido.

Calor, mucho calor. Completamente desnudo en la soledad de aquel apartamento ubicado hacia el centro de Maracaibo, intentaba disminuir el impacto de un clima hostil que atosiga a una de las más maravillosas ciudades que he conocido en mi vida.

3:40 pm. Llamo a una gran amiga para pedir asilo. “Estamos igual aquí, Rafa. Lo lamento”, me responde. Y así sigo tocando puertas, pero todos están tan líados o más que yo, en medio de la “sequía”.

Cuando vas a Maracaibo, estás consciente de las altas temperaturas que enfrentarás y de la vestimenta que tienes que usar. Pero, incluso a mí que me tocó vivir siete años allí, me tomó por sorpresa la ausencia total de agua en la región. No existe. No hay. No es que racionan. Es que no hay. En el aeropuerto deberían advertirte de esto apenas aterrizas.

Nadie pudo salvarme de esas ocho horas viendo el techo del cuarto, acostado, casi famélico y angustiado. La única esperanza que guardaba, según me había indicado mi hermana, era que a las 7:30 pm llegaría el agua durante media hora, únicamente.

Se hizo la noche, llegaron las 7:30 pm, y yo con las llaves abiertas esperando, casi rompía en llanto. Nada llegó. Seguía sucio, sudado, con hambre, con sed.

8:00 pm. Dispuesto a irme a algún sitio a comer algo en esas condiciones, mientras me vestía, escuché una tubería ahogada. Luego se hizo más fuerte el ruido: ¡Agua! Llegó el agua, Jesucristo. ¡Qué alegría!

Corrí por toda la casa, desnudo, abriendo todas las llaves posibles y colocando envases. Llené pipas. Filtré agua para tomar. Llené más potes. Llamé a mi hermana, lloré de la emoción. Dios, me bañé con la ducha, todo lo que quise. No con tobo. Qué dicha.

¡Espera!

Rafael, ¿Qué haces? ¿Qué espectáculo es este? Estás solo. Sí, pero es un espectáculo. Deplorable. Alegrarse porque ha llegado agua ¿En qué lugar estás? ¡En Venezuela! Sí, Maracaibo pertenece a Venezuela.

Punto Fijo también pertenece a Venezuela. Allí estaba al día siguiente a las 6:00 de la tarde. Reunido en familia, celebrando la graduación, les cuento a todos mi experiencia del día anterior. Es entonces cuando mi hermana mayor me reveló una anécdota “mejor” (o peor) que esta.

Ana vive hacia el sur de la ciudad de Punto Fijo. En su sector, en su cuadra, y en las cuadras adyacentes a su casa, no llega agua. Solo ocurre una vez por semana. Mi cuñado, su esposo, tuvo que hacer un trabajo especial en sus conexiones del servicio de agua potable que le permite recibir más líquido si se levanta muy temprano en la madrugada, conecta una bomba y se trasnocha vigilando. Les han robado dos.

¿La meta? Llenar sus tanques, limpiar, cocinar y regar. Más todo lo que es vital en esta vida y que depende del agua.

Una vecina lavaba ropa de cama para su tía enferma. Conocemos a esa familia desde niños, jugamos juntos. No pudo terminar su faena con el agua que llegaba “de la calle” pues cortaron el servicio, y recurrió a Ana.

Mi hermana le llenó dos tobos grandes, y la joven con fuerza increíble los cargó hasta su hogar, a 200 metros. Todo ante la mirada atónita, curiosa y hasta envidiosa de los vecinos. Vecinos de toda la vida.

Así, sin pensarlo mucho, espontáneamente, se armó una cola de más de 30 personas con toda clase de envases, en el frente de la casa de Ana. Esa larga fila de personas esperaba que mi hermana, con manguera en mano, les diera agua.

“Ana, ¿tú qué hiciste?”, pregunté. –“Les dejé que llenaran. No podía negárselo”, respondió.

La jornada de “ayuda humanitaria” culminó casi tres horas después.

Somos varias personas escuchando este cuento y a todos nos surge la misma pregunta: ¿En qué lugar estamos? ¿Qué lugar es este donde las personas se alegran cuando llega agua a sus casas?

Yo creo que existen dos lugares en la vida del ser humano. El lugar geográfico, que es el sitio físico en el que estás parado en este momento, quizás leyendo esta historia. Y el lugar mental, que es el escogido por tu mente y tu consciencia. Ese, no tiene fronteras.

Un oscuro lugar mental transita quien no es capaz de despertar su consciencia ante la crudeza de los actos humanos cuando sus necesidades básicas no son satisfechas y reconocer que alegrarse por conseguir agua potable es, prácticamente, primitivo.

Más oscuro es el sitio de quien no imagina las consecuencias de la realidad actual y de lo que viene. Ese habita en un desierto mental.

Hemos retrocedido en la consciencia colectiva que nos permite identificar qué hemos hecho mal para ser tan tolerantes ante situaciones de crisis como esta, que no dependen de desastres naturales ni de conflictos bélicos. ¿Y entonces de qué? Mejor responda usted.

Así como también puede responderse usted mismo en qué lugar mental se encuentra ahora.

DesdeLaPlaza.com/Rafael Álvarez-Bermúdez