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¿Cuánto cuesta mi producto cultural?

Yo pudiera responder de inmediato que lo que creo no tiene precio. Y es verdad, los valores espirituales es imposible cotizarlos en moneda de uso corriente como cualquier otro intercambio de mercancías en el capitalismo.

Los valores de uso generados como productos de sentidos muy pocas veces se transforman en valores de cambio. Por eso es que en el capitalismo observamos que las inmensas mayorías de artistas casi siempre son unos limpios. No se sienten reconocidos en los productos desalienados, libres, de su creación. Nadie les paga por ellos. Sólo excepcionalmente se les cotiza y ello si se ajustan a los patrones, a los estereotipos que impone el capital para valorar (preciar) al trabajo por su fuerza (fuerza de trabajo) estandarizada en los tabuladores de salarios.

Las relaciones feudalistas de producción crearon la figura del mecenas para atender a l@s artistas y el capitalismo la asume desde su perspectiva de explotación en procura de una atípica plusvalía.

El mecena, en capitalismo, ya no es el señor feudal y ni siquiera el burgués que adopta en exclusiva a un determinado artista  para «protegerlo especialmente». A veces es el mismo Estado el que asume el rol de mecenazgo y paga a l@s creador@s por sus productos de sentido que no los generan bajo el estatus de trabajador@s sino de «ociosos» de la producción.

De ese modo, el capitalismo que «neutraliza» a un proletariado de características especiales para que se mantenga al margen de la lucha de clases, convierte a los artistas en semidioses que no se pueden degradar a la figura de asalariados.

Este fenómeno cumple así una función ideológica o de falsa conciencia social. El artista no lo percibe, no lo hace consciente, simplemente lo disfruta como un privilegiado de la creación que le lleva a creer que sus productos de sentido lo convierten en exclusivo y diferente a los demás.

Las y los artistas, apartados de la masa social de la que forman parte, son «neutralizados» para que el potencial revolucionario que  encierran con sentido crítico en su arte no aflore como valioso combustible para contribuir a definir la  verdadera sociedad de l@s iguales, que no es otra sino el comunismo.

En una reflexión profunda y precisa sobre el tema precedente, el Comandante Hugo Chávez creó la institución que conocemos hoy como Ministerio del Poder Popular para la Cultura. La Revolución en desarrollo tenía (y tiene) el deber de revisar las relaciones reales entre los individuos para poder acompañarles en las transformaciones necesarias y poder alcanzar la sociedad deseada, que superará al capitalismo y a todas las sociedades de clases conocidas o padecidas hasta el presente.

El Ministerio debía nacer, entonces, para acompañar y defender nuestras culturas bajo el principio de la inclusión. Hacía falta mirar nuestras raíces indígenas presentes en la resistencia cultural ante el colonizador. Urgar en su cosmovisión y valores para salvar las de las agresiones y depredación del conquistador. Conocer de los aportes de las culturas foráneas que nos impactaron, ya fuera desde los esclavizados negros traídos a nuestro territorio así como de la raigambre del invasor. Descubrirnos multiétnicos y pluriculturales, tal como aparecemos definidos en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Todo un esfuerzo de estrategas de la Revolución para alcanzar a comprender críticamente lo que somos, a partir de lo que hemos sido y para saber, con claridad meridiana, lo que queremos ser.

Por eso, en función de la reflexión que hacemos para este Diálogo creativo, es oportuno recordar en contexto que el MPPC nace con tres viceministros, servidores públicos que tendrían tareas específicas en 1) El área epistemológica, del conocimiento y la cosmovisión, denominado «para el Desarrollo humano»; 2) Para el área del patrimonio, la identidad y las culturas, denominado «para la identidad»; y, 3) Para el «fomento de la economía cultural», precisamente para problematizar y resolver  los economicismos propios al capitalismo que hace de lo cultural un «sector» y no un espacio de libertad que prefigure a la sociedad nueva.

Por eso hemos reflexionando y seguimos proponiendo hacerlo en estos mismos términos en los fue definida la Revolución Bolivariana,  por su líder fundador, Comandante Hugo Chávez quien recalcó siempre que «Esta Revolución es cultural o no es revolución».

Cultura no es un concepto económico pero cuando el capitalismo lo encasilla dentro de un «sector» y nos obliga a reunirnos o actuar como «sector cultura» es porque nos ha reducido ideológicamente a su  interés de clase por convertir todo en mercancía.

Es verdad que todo lo cultural está determinado por la manera como los individuos  nos relacionamos para producir, en una determinada sociedad. En nuestro caso, la capitalista.

Ningún concepto de cultura, por muy «antropológico» que se le diga, está por encima de la determinación con la que lo marca la lucha de clases.

Por eso es que para el capitalismo no existe cultura, a menos que los productos de ésta (de las culturas, para ser exactos) puedan intercambiarse como mercancías provenientes de unas élites que las generan como «bellas artes».

En ese proceso de «producción cultural» capitalista, sus productores específicos terminan arrinconados en un «sector» así como los hay en otras agrupaciones de afines productivos como el sector textil, el sector agrícola, el sector industrial y todos los sectores que se  puedan inventar para complacer la visión economicista propia al capitalismo que, finalmente, todo lo escinde y todo lo cosifica como mercancía para poder existir de manera justificada en esta sociedad de explotación.

La cultura de identidad en una determinada sociedad es su manera de mirar al mundo, su cosmovisión. Por eso, en el capitalismo la cultura es la manera como los explotadores, los dueños de los medios de producción, explican y entienden al mundo para dominarlo.

Pero también la cultura comprende los valores propios a la cosmovisión de una determinada sociedad y sus relaciones de producción. Visto de este modo, la sociedad capitalista se guía y norma por valores burgueses, por valores subordinados a la producción en desigualdad, a la  producción donde unos pocos -dueños de los medios de producción- explotan y dominan a la inmensa mayoría de sin nada, que deben vender su «única mercancía para intercambiar», la fuerza de trabajo.

Partiendo de estas apreciaciones es como podemos explicarnos que la sociedad de los burgueses, la sociedad capitalista, considere a «la cultura» como un «sector» que si no es productivo, si no enriquece al pequeño grupo de burgueses que domina al mundo, entonces deben conformarse con el discriminatorio, con el excluyente término de «cultura popular».

Se entiende entonces que siendo dominantes, en toda sociedad, las ideas de la clase dominante, se suscriban acríticamente -por la gran mayoría de la sociedad- conceptos como ese del «sector cultura».

El propio Comandante Chávez problematizó -en los hechos- el concepto economicista de cultura al apartarlo de la calificación de «sector» y definir la cultura en Revolución a partir de todo un pueblo indiscriminadamente creador: «El pueblo es la cultura», diría Chávez en el 2005 con el naciente Ministerio para acompañar estos procesos revolucionarios.

Adelantamos toda esta reflexión con marco histórico y sin embargo, todavía hoy, cuando se trata de reunir o desarrollar determinadas acciones, se sigue convocando a un fulano «sector cultura». Es decir, pareciera que hemos avanzado poco en la batalla de las ideas.

Antonio Gramsci, el revolucionario italiano que se ocupó críticamente de proponernos un concepto de inclusión para definir a los intelectuales por su  carácter orgánico de clase, también abrió caminos para el debate acerca de la Revolución cultural. Nos ayudó Gramsci a comprender la auténtica radicalidad de una Revolución, cuando explica que ella debe llegar a la raíz y ser capaz de romper epistemológicamente la cosmovisión y los valores impuestos por los dominadores. La Revolución Cultural, en términos gramscianos, es la «reforma intelectual y moral de una sociedad». No es un sector, es el pueblo ennuevecido en una construcción clasista, de lucha dialéctica de clases, de la nueva sociedad, del socialismo.

Si no somos capaces hoy de pensar como posible a la sociedad de las y los iguales, a la comunista, será muy poco lo que lograremos avanzar para la comprensión de cuánto cuesta mi producto cultural y que nuestra Revolución Bolivariana sea de verdad una Revolución Cultural.

Ilustración: Iván Lira