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Disculpe, señor presidente

En las últimas semanas no tenía claro sobre qué podía escribir en mi columna. He estado viviendo por varios días en una especie de vacío y, a pesar de que ya tengo algunas entradas preparadas, aún no encuentro el momento para compartirlas con ustedes. Ahora, por mera indignación, me dio por caer nuevamente en el tema político que tanto había evitado. Es que uno busca formas para poder expresarse y esta es, no tengo dudas, fundamental porque sé que como yo hay tantas personas que comprenden la misma situación. De todo esto surge ‘Disculpe, señor presidente’.

En medio de todo este ambiente de campaña electoral, en un país sumergido en la desconfianza y en el desinterés de participar en las elecciones presidenciales, he sentido tan palpable nuevamente ese sentimiento de tristeza y quizá de una desesperación disimulada. La vida de los venezolanos se convirtió en un gancho de campaña, en promesas.

Recuerdo a una joven, a casi una niña, quizá una adolescente. Lloraba. Lloraba inconsolablemente. Yo quería hacer algo, pero no podía. Ella lloraba e intentaba decir sus palabras, resquebrajadas por el dolor, por el miedo a no encontrarlas. En ella vi los rostros de mis familiares, vi los rostros tristes de mi gente. Vi el mío, triste también. Así como si ya nos hubiesen saqueado todas nuestras esperanzas.

Ella, sí, esa niña, o quizá adolescente, no sabía si iba a ser la próxima en morir. Así como a diario ha visto morir a sus compañeritos del hospital, quienes en algún momento lucharon, pero que ya pasaron hacia un olvido extraño. Teme por sus medicinas, teme por su tratamiento, teme quedarse sin voz, pero yo, que escribo esto, quiero convertirme en sus palabras, quiero regalárselas también, quiero convertirme en su llanto. Quiero sentir lo que sienten todos, quiero decir lo que intentan decir todos pero no pueden.

Gritos silenciosos que esperan ser escuchados, gritos que desaparecen, poco a poco, sin ánimos, así como las siluetas de quienes van dejando atrás a su país; así como los que se pierden, como los que se van y ya nunca vuelven. Me duele el alma, me asfixio, me debato, eso es lo que me pasa. Me duele el sentido porque no comprendo, porque no entiendo, porque no sé cómo ni mucho menos cuándo nos volveremos a ver a los rostros nosotros mismos.

Pienso en mi madre. En la madre de la persona que hace un momento vi en la calle. En las madres de mis sobrinos, que son mis hermanas; en mis hermanos que aún no tienen hijos. Pienso en mi padre y en sus esperanzas que apostó en este país hace años. Pienso en mis amigos que, como yo, se les va la juventud solo para vivir el ahora porque no tenemos cómo comenzar a establecer un futuro. Pienso en mi patria, en mi amada patria, en mis dolencias de amor. Pienso en mis ganas, que son las mismas con las que un niño pinta fuera de la línea un mapa de Venezuela: su país, su tierra, su única y verdadera casa.

Pienso en aquella mujer que no sabe cómo dormir, que no concilia el sueño, que se perturba, que también llora porque tampoco sabe cómo encontrar un alivio. ¿Estamos atados o estamos dormidos? No sabemos en quién creer y por eso nos culpamos unos y otros, por eso ya no confiamos. En esta vida tan rara que llevamos ni siquiera nos da tiempo para detenernos en cualquier lado y recordar algún momento en el que reíamos por pura felicidad, ligeros como si nunca hubiésemos llevado ninguna pesadez. 

Y a los que ya perdieron, a ellos… ¿quién les devuelve la vida? ¿Quién les regala la calma para la tormentosa pena que ahora los acompaña? De mis pensamientos a veces entiendo poco. De mi molestia me queda la impotencia. Impotencia porque sí, porque es lo que me dejan, porque no encuentro camino, aunque lo haya o aunque vaya inventándolos. Porque también me convierto en lo que tanto critico.

Esa señora que se cruzó conmigo en el mercado apenas compró una cebolla, un tomate y un poquito de aliño, nada bonitos como suelen comprarlos las señoras de su edad. ¿Vivirá sola y no necesitará más o necesitará más pero solo puede llevar comida a su casa como si viviera sola? Me desconcierta. El señor, aquel señor de ojos llanos y como cristales partidos, tenía en un cajón el montón de sueños que fue guardando, pero a él ya no le queda nada, pero tampoco se quiere ir.

Nuestros líderes, los que elegimos unos o los que eligieron otros, ¿nos mienten ligeramente entre sus promesas? Tantos años, tantos días -que también son años- y continúan regalando promesas como si no significaran nada, como salvavidas para unos, como si nos intentaran convencer de algo. Pero también quieren comprarnos. Pero hay quienes aceptan porque todavía confían o porque solo continúan como si no se tratara de nada.

Estallo por dentro, pero escribo para esparcir las pequeñas partículas. Las mínimas que se incrustan en otros. Somos incapaces de recordarnos cómo éramos, incapaces de saber que estamos coartados por salvajes que no sienten como yo ni como tú, ni como otros; salvajes que prefieren no ver, que insisten en los sinsentidos de una guerra que puede ser inexistente, liviana como una hoja que se desprende para siempre.

Disculpe, señor presidente, pero hay quienes están muriendo, hay quienes están pasando hambre, hay quienes ya no viven porque solo trabajan en tu desesperante rutina, hay quienes ya no sueñan porque no encuentran motivos, hay quienes no tienen ánimos porque las esperanzas se las han tumbado, hay quienes piensan en algún tipo de libertad que ya no tienen, hay quienes viven con lágrimas en los ojos. Disculpe, señor presidente, hay quienes escribimos porque queremos construir algo entre la nada de lo que ya nos rodea, porque a este país solo lo podemos ver quienes estamos como él: en ruinas.

Y ahora, todos nuestros derrumbes, son las ambiciosas piezas para quienes esperan erguir columnas y continuar aferrados en un cargo.

@Luisdejesus_