Desde La plaza » Columnistas » Entrada libre (y III)

Entrada libre (y III)

Esto de ser público de grandes conciertos es una tarea seria. Uno debe prepararse mental y físicamente para estos eventos. ¡Hidratarse! pero no demasiado, porque ir a los baños en estos sitios es un suplicio, llevar dinero porque todo es carísimo, no agotar la batería de los teléfonos celulares para comunicarse luego y poder tomar fotos y videos para recordarlo. Si corres con suerte y conoces a la gente adecuada puede que consigas una entrada libre.

VIP

Así me ocurrió una vez, por andar de niñeras, una amiga y yo nos tocó acompañar a su primita a un concierto del venezolano Hany Kauam, mucho antes de que se involucrara en musicalizar y participar en campañas presidenciales, cuando le cantaba al despecho y mantenía pegados sus lentes oscuros a su cara (por un tiempo pensé que dormía y se bañaba con ellos puestos). Lo cierto es que la velada sería en el Aula Magna de la UCV y vaya que es todo un privilegio para cualquier artista presentarse en esta prestigiosa sala, donde se han paseado grandes exponentes de la música y el arte nacional e internacional. Un lugar que año tras año ve egresar a profesionales venezolanos y que fue diseñado por uno de los grandes arquitectos del país. No todo el mundo entiende ni valora ni respeta eso.

De hecho el señor cantante, decidió embriagarse por completo justo antes de su presentación. ¿Que cómo me enteré? pues resulta que a la carajita a la que estábamos acompañando, le habían dado pases de tratamiento especial y pudimos entrar antes que el resto de los mortales a ubicarnos y de ñapa tendríamos la oportunidad de conocer al señor Kauam. Conocer a un famoso a veces es divertido, a veces no. Él venía prácticamente ayudado del brazo de su publicista y otro más, sonreía, la niña estaba emocionada y ya preparada con su papelito para el autógrafo y cuando este romántico rockero se acercó para saludarla con un beso, casi se le fue encima y se caen. Perplejas por el evidente y severo estado de ebriedad del cantante, decidimos que el meet and greet sería breve. Tomó una gran bocanada de aire como para decir un gran trabalenguas y en un balbuceo extraño y arrastrando las eses, pudo decir: estoy feliz de que hayan venido a mi concierto, disfruten mucho.

Fue muy triste para la niña ver a su ídolo tan rascao. Después en su presentación se notaba que el alicoramiento lo hacía olvidar las letras de sus propias canciones. Fue un espectáculo muy deprimente que un artista en potencia y con un éxito en crecimiento, botara la bola al echarse semejante clase de pea y no poder disfrutar (y respetar) con conciencia ese gran momento. Pero como dicen por ahí: ¡sexo, drogas y rock ‘n roll!

Solo por un beso

No, no se trata de la canción de Montaner, a quien por cierto jamás he visto en concierto. Sino que una de las tantas veces que los españoles del dúo Estopa vinieron a Venezuela, yo ahorré hasta el sencillito que tenía regado en las carteras para poder comprar la entrada lo más cerca de la tarima, y lo logré. En la segunda fila y justo en el medio, como para que ¡cuando cantaran, me escupieran! Mi sueño hecho realidad. Estaba lista para dejar la garganta y desgarrarme el alma con cada una de sus canciones, que me las sé toditas, como buena fan que soy.

Mi mejor pinta estopera y mi bemba roja como le gusta a ellos, el celular se había quedado sin batería y tampoco es que registrara una buena calidad de fotos ni videos, así que dependía de un panita que había ido conmigo, para que me hiciera la caridad! El show a punto de terminar y rompí el protocolo y me acerqué a la tarima mientras los chicos de Cornella se despedían dándole la mano a su público (mayormente femenino) y fue ahí cuando aproveché la oportunidad para guindármele cual chancho, al cuello de José (el de la guitarra) y me besó. Sí, me besó. A mí, en mi cachete derecho. En ese instante, el mundo se detuvo, escuchaba a lo lejos ese poco de alaridos de mujeres envidiosas por aquel besote que me estampó sólo a mí. Mi pana había documentado el momento y nunca me pasó ese video, así que quedará por siempre en mi memoria.

Regalo personalizado

Con una de mis mejores amigas, comparto la religiosa tradición de asistir a los conciertos en diciembre dedicados a la gaita zuliana. Generalmente son unas enormes bailantas, donde se reúnen grandes cantidades de personas para hacer las mismas coreografías, un pasito pa’lante, centro, medio giro, uno pa’trás o el popular balanceo de lao a lao, que no deja mal a nadie.

Una de esas veces, estuvimos retiradas de la tarima bailando, esperando a que llegara el turno de Guaco, la superbanda de Venezuela, a la que siempre esperábamos para transformarnos en quinceañeras y derrochar todas las hormonas en los gritos de te amo dirigidos a Luisfer (en su momento fue a Nelson Arrieta, pero bueno) y esa noche fue especial por 2 razones, primero no nos fue para nada complicado acercarnos a la tarima porque no había casi gente en la olla, así que nos metimos por un ladito y llegamos, nos amarramos a la baranda y deliramos con sus bailes y voces.

En una de esas, Luisfer se fue acercando a la esquina de la tarima donde estábamos nosotras, yo me puse a gritar como una degenerada y se me acercó, tanto que quise arrancarle el brazo cuando lo extendió para darme la mano, en vez de eso, me quité una pulserita de los gloriosos Leones del Caracas y se la regalé. Cuando la agarró, se dio cuenta de lo que era, me sonrió y me dio su aprobación mostrando el pulgar arriba, junto con una picada de ojo pícara que me mató al instante.

Flash

Tener 21 años, toda una vida por delante, haber asistido a ese evento sin la supervisión de representantes, responsables o adultos, junto a toda esa juventud que brotaba por los poros, más todas las hormonas que se alborotaron esa tarde en El Valle del Pop por allá por Guarenas, jugaron en contra y fueron las culpables de que yo hiciera aquello.

Siempre me ha gustado Red Hot Chilli Peppers, la energía, las letras, el ritmo y en especial él, su cabello, su diente torcido, su mirada desorbitada, hasta el mostacho ese que tuvo por un buen tiempo. Ya me estaba sintiendo como Candy-Candy, cuando suspiraba por él, porque hasta el nombre era igualito: Anthony.

Mucha gente, mucho calor, mucha tierra y mucha adrenalina era lo que había ese día, yo sólo pensaba en una sola cosa, él. Necesitaba acercarme lo más que podía, aunque eso significara apartarme del grupo con el que había ido al concierto, terminar apretujada entre la multitud y una reja, sin posibilidades de hacer pipí o salir a comer algo ni mucho menos hidratarme. Nada importaba, verlo de cerca sería mi mejor logro y así me dispuse a luchar, entre empujones y codazos, hasta llegar lo más cerca que pude. Sobreviví a una guerra de botellas de plástico que, los sin oficio, llenaban con sorbeticos de coco (que regalaron en la entrada del evento) o con tierra y las lanzaban a mansalva y sin piedad contra cualquiera, porque nadie apuntaba a su víctima. Logré posicionarme estratégicamente como para alzarme un poco si montaba mis pies en una parte de la baranda, de manera que él me vería.

Comenzó el concierto y yo ya no tenía casi voz por haber asistido a otros conciertos donde había dejado el gañote, pero igual sacaba alaridos desafinados y con gallos, gritaba su nombre pero él estaba en escena y las luces lo cegaban. Hubo un momento en el que se acercó al borde de la tarima y allí me incliné pero no pude ser dueña de su atención, así que, cuando de nuevo él se iba a acercar al bordecito, lo hice. En un acto lascivo y exhibicionista, de la más baja calaña y muy trillado por demás, me pelé las tetas delante de mi cantante favorito, me vió, no sé si esa foto que está aquí abajo capturó el momento justo cuando eso sucedió ya que no recuerdo su expresión porque me tapé la cara con la franela, pero no me importa nada, ¡me vió y me señaló mientras cantaba Around the world! Fui demasiado feliz.

La cara del seguridad que también me las vió por estar ubicado frente a mi, fue un poema. No he repetido esta acción en mucho tiempo. Será la edad o qué se yo. Ahora disfruto los conciertos desde otro punto de vista y me he convertido en una criticona de la calidad del sonido y los puntos de hidratación, será que ¿envejecer te aleja de los pogos? ¿mientras más viejo eres, más te alejas de la tarima? Lo cierto es que las previsiones que tomo antes de ir a un evento musical son mayores.

Lo que nunca cambiará es la felicidad plena que significa corear junto a tu artista favorito esa canción que te llena de alegría y más aún si tuviste una entrada libre.