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Jacinto Caracortá

Jacinto Caracortá me hizo correr descalzo en Chirimena y quiero escribir sobre lo que me sucedió porque hasta ahora me hace reír y lo recuerdo, aunque él no lo sepa y probablemente ni siquiera se acuerde de ya de mí.

Ese pueblo se acostumbró al olvido. Las líneas telefónicas están muertas casi en su totalidad y el internet, con la gracia de Dios, algunas veces llega. Allí es mejor pedir la cola a cualquier desconocido porque el único autobús que hay trabaja cuando quiere, y cuando lo hace tarda horas y horas en llegar.

De alguna forma uno se pierde, pero no tanto. Llegamos y al caer la tarde caminamos por la playa. No había apuros en bañarnos porque sabíamos que el mar siempre lo tendríamos cerca, así que al día siguiente nos fuimos bien temprano, con ese gustico mañanero que teníamos encima.

Queríamos ver cómo amanecía por aquellos lares, pero el tiempo estaba nublado. El agua se sentía tibia y nos fuimos hasta el final, a un costado; no había turista alguno y nosotros nos convertimos en los primeros en darse un baño en esa playa rebelde aquella mañana.

A cierta distancia dos hombres acomodaban los toldos que pronto comenzarían a alquilar y a un perro, que felizmente también se bañaba.

Salimos del agua, agarramos nuestras cosas y caminamos hacia otra parte, en donde las montañas nos separaban de una playa clarita. Fue entonces cuando comenzó todo: se cruzó en nuestro camino Jacinto Caracortá, y más adelante les contaré el porqué de ese nombre.

Ese perro que desde lejos vimos cómo se bañaba corrió hacia nosotros con tanta ternura y juguetería y también me puse a su nivel: lo saludé y saltó sobre mí, luego siguió con sus vueltas, corría y se revolcaba en la arena. “¡Qué bonito!”, pensamos sin saber lo que se nos avecinaba.

Tenía un ojo marrón y otro azul. Agradados por aquel efímero amigo continuamos el camino, y el perro siguió delante de nosotros. Hasta que llegamos a donde queríamos llegar. Allí, un poco lejanos, el agua cristalina quedaba atrapada entre las piedras y nuestros pies.

Jacinto Caracortá
Huellas de Jacinto en la arena

Nos quedamos unos minutos hasta que decidimos volver. El perro, que probablemente despertó alguna empatía, nos acompañó de regreso. Se veía bien alimentado y hasta tenía un collar. Asumimos que pertenecía a uno de los dueños de algún kiosco cercano, quizá a aquellos que vimos al principio.

Cuando agarrábamos carretera nuevamente, aquel juguetón siguió a nuestro lado y yo no lo había entendido hasta que hicimos la prueba: nos sentamos un par de minutos y él también detuvo su paso. En un descuido, intentamos irnos sin hacer tanto alboroto, pero se dio cuenta y volvió a sumarse.

Él pensaba que se iría con nosotros, pero eso era casi imposible.

No podíamos volver a la posada con él y ninguno de los dos teníamos la intención de llevarlo, aunque era un todo un coqueto y valiente, repleto de ternura. La situación, más allá de los nervios, me generó una risa tremenda. Disfrutaba ver la cara de preocupación y molestia de mi amigo.

Por supuesto que esa molestia era conmigo y no con el perro, porque desde el principio fui yo quien le dio confianza a Jacinto Caracortá. ¡Adiós coroto! ¿Y cómo haremos ahora?

Intentamos hacer de todo, incluso probamos irnos por separado, pero graciosamente el animal se iba con mi amigo y no conmigo. Los momentos de mayor tensión fueron cuando unos perros comenzaron a ladrarle con bravura, pero Jacinto caminó tan seguro que ni siquiera prestó atención a esos que intentaban provocarlo.

Jacinto Caracortá
Jacinto caminando así todo coqueto

Creo que se sintió feliz, pero en ese momento también pensé que ese perro era malandro porque no tenía miedo ni comía cuento. Allí comencé a decirle Caracortá, su apodo de barrio.

Después de tanta espera decidimos continuar, así él nos siguiera hasta el final, pero llegamos a unas escaleras que daban hacia la playa del pueblo de Chirimena; desde arriba se ve la inmensidad del mar.

Nos detuvimos por unos minutos, a tomar aire y a calmarnos; Jacinto Caracortá comenzó a bajar los peldaños, habría pensado que iríamos hacia esa dirección. Un niño de unos diez años subía y aprovechamos con una angustia innegable:

Chamo, ¿tú sabes de quién es ese perro?

Él no logró entender inmediatamente nuestra actitud, no comprendía nuestra preocupación ni nuestro ligero agotamiento. Pudimos notarlo en su rostro. Dijo que no sabía.

-Nos está siguiendo desde playa Corrales y no sabemos de quién es.

La cara del chamito era un poema, pero nosotros expresábamos una tragedia griega.

–Pero camina, pues –Respondió, como si fuera fácil, como si ya no lo hubiésemos intentado.

–Es que si seguimos caminando él nos va a perseguir.

Jacinto estaba distraído entre los matorrales que estaban en los alrededores de la escalera y yo pensaba en llegar a un acuerdo con aquel pequeño.

Mientras estábamos en el diálogo, le pedí a mi amigo que continuara él y yo me quedé, con mi otro amiguito de Chirimena, intentando tapar la vergüenza:

-¿Y te gusta vivir cerca de la playa?

¡Por Dios! Lo que menos me apetecía era entablar una conversación en ese momento, lo único que me importaba era escapar del perro, aunque era adorable no podía seguir con nosotros, teníamos que dejarlo, pero parecía imposible hasta que el niño me habló y reaccioné:

-Ya bajó, vete, apúrate.

Entre lo que pude me despedí. Al mejor estilo de una película de Hollywood comencé a correr descalzo por todo el pueblo porque mis cholas las tenía mi amigo, que ya había adelantado su paso.

Jacinto Caracortá
Playa de Chirimena vista desde las escaleras

Corría en medio de la calle, algunas partes de tierra, con el miedo de voltear y ver que venía corriendo también. Para fortuna, no fue así. A cierta distancia me encontré con mi amigo y continuamos con más calma, aunque después sentimos remordimiento por dejarlo.

Las personas que por allí caminaban, aún temprano, habrían pensado que yo estaba loco o se habrían preguntado de quién o qué huía. Llegamos, hablábamos y pensábamos en él. Nos asomábamos por la ventana para ver, si por cuestiones del destino y de su olfato, nos había encontrado, pero tampoco pasó.

Sentimos como si lo hubiésemos abandonado.

Dejó sus pequeñas huellas en la arena y algunas de ellas me las traje conmigo. Regresamos de aquel pueblo costero, aprovechamos la cola que nos dieron en un jeep y hablábamos otra vez de él. La brisa nos pegaba de frente y nos despeinaba.

Pensé que aquel perro no podía quedarse solo con un apodo y, sin saber por qué, el primer nombre que se me ocurrió fue Jacinto y así quedó: Jacinto Caracortá. Él seguramente tampoco sabe que ahora tiene otro nombre ni que quedó atrapado entre estas palabras.

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@Luisdejesus_