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La solidaridad en el frente de contraataque

El capitalismo no sabe lo que es solidaridad. Sabe de explotación, de extorsión, del robo descarado o de la usura, en contra de las mayorías, mientras acumulan capital en pocas manos. En esas prácticas cuentan con una amplísima e indudable experiencia.

Todos los aparatos del Estado capitalista están diseñados para soportar, defender y reproducir ese estado de cosas cuyo «principio ético» fundamental se centra en el individualismo o, más exactamente, en el egoísmo.

Es por eso que cuando el pueblo, esencialmente solidario, descubre que no tiene cabida dentro de las injustas y desiguales relaciones de producción capitalista -a no ser que acepte vender su fuerza de trabajo, cosificarse, alinearse ante el capital- decide luchar por una utopía posible, que se construye por oposición a lo real social.

Esta «aceptación» por imposición, lo lleva, entonces, a arriesgar y hasta a perder su valor esencial de solidaridad con sus pares de clase proletaria, en primera instancia, y con la humanidad toda como fin último.

El individualismo, el egoísmo como valor de clase capitalista, es para el proletario -que sabe que solamente con la solidaridad de clase proletaria puede ser libre- un antivalor. Por eso, en la superestructura del capital siempre estará presente como «guía social de conducta» el egoísmo y la tendencia a que, aún el no capitalista, el proletario, sea arrastrado a practicar en su vida y en todos sus actos, el egoísmo.

El deseo impositivo de volver egoísta a toda la sociedad, es algo que se expresa en el campo hegemónico de la ideología. No hay ninguna tarea específica ni manual elaborado para instruir a los nuevos egoístas sino un conjunto de relaciones: las de producción capitalista en las que se enfrentan, invariablemente, trabajo y capital.

Más tarde, lo producido cuando ingresa a la esfera de la circulación, para su venta y consumo, más allá de las necesidades reales y la consecuente demanda, nuevos factores fetichistas se imponen como referencias simbólicas que los explotados reproducen y repiten pero que jamás lograrán alcanzar.

Es entonces cuando el neo-egoísta, imitador del auténtico egoísta explotador, quiere parecerse a este y entonces reproduce en lo pequeño, en su vida cotidiana, en las relaciones con sus pares, valores que no son suyos y que están destinados a matar su originaria solidaridad.

En la Venezuela Revolucionaria, Bolivariana y Chavista, el desarrollo de una utopía anticapitalista, con nombre propio de Patria socialista, nos plantea combatir al egoísmo con el valor de la solidaridad.

Precisamente por ese desafío programático, esencial, de principio, es que el tema de la solidaridad no puede ni debe tomarse como uno más dentro de la diversa gama de objetivos que tiene una revolución.

Dentro de nuestros fines comunistas, la humanidad solidaria sólo es alcanzable cuando superemos al capitalismo, cuando producir, distribuir y consumir nuestros bienes sea un acto de incuestionable igualdad en el que cada quien ofrezca -sin compulsión alguna- lo que está en capacidad de dar, al mismo tiempo que reciba lo que a sus necesidades corresponda.

La solidaridad, como causa revolucionaria, es para todas y todos. En las pequeñas y en las grandes la solidaridad está en el frente de contraataque. Nuestro deber es no dejarnos arrebatar esa bandera. Tenemos que luchar hoy y cada día, para que el canto de los pueblos pueda repetirse firme, armónico y victorioso, coreando que “el vil egoísmo JAMÁS triunfó”.

Ilustración: Xulio Formoso