Leer: el gran refugio

 

Sabemos ya que leer es un gran escape. Esa forma deliciosa de conocer nuevas realidades, ese poder viajar sin tener que dar un paso.

Pero el libro también es una de las armas de defensa más acertadas que hay.

Yo no leo, yo devoro libros con cruda, dura e inexplicable obsesión. Mi vida gira en torno a ellos, o los libros giran en torno a mi vida (nunca lo supe bien). Y no es por simples y transparentes ansias de saber, no es por mera sed de conocimiento. Los libros para mí son un refugio. Asmática, regordeta, poco hábil para las actividades físicas y fruto de padres divorciados, en un colegio de monjas siendo de clase media baja (más baja que media), pueden imaginarse sin mucho esfuerzo la cantidad de aristas promotoras de acoso escolar que me rodearon durante mi complicada infancia. El mundo de los niños suele ser muy competitivo en edad escolar (y eso es algo que pretendemos vencer en Revolución). Si no sabes jugar voleibol y estudias en un colegio de monjas, olvídalo estás muerta. Nadie te querrá nunca jamás. En mi torpeza para la educación física, terminé haciendo trabajos teóricos sobre las reglas del voleibol, porque hasta la profesora tiró la toalla conmigo. En el recreo el escenario era el mismo, porque ni saltar la liga lo sabía hacer bien. Terminé, como era de esperarse, refugiada en el mejor lugar del mundo: la biblioteca. Allí nunca había nadie, no había ruido de ningún tipo y eran cientos de libros llenos de polvo, resignados a no volver a ser leídos. La biblioteca se hizo mi universo y allí no era la acosada por la burla, era la dueña y señora.

En casa era igual, abajo del edificio había un parque lleno de carajitos implacables y competidores, prácticamente salvajes que se tiraban piedras y caían a palos, esos que acribillan verbalmente a los “perdedores”. Zape gato, me quedaba en mi lugar seguro: el estudio de mi mamá. Rodeada de libros, mis libros, los que serían mis libros.

Así fue como mi hábito lector se fue construyendo solo. No fueron fórmulas mágicas, ni estudios de la ciencia aplicados a mí cual conejillo de indias. Fue el azar, mi falta de habilidad deportiva, un entorno que me parecía cruel y del cual necesitaba escapar.

Ya adolescente descubrí que a las populares deportistas del colegio no les gustaba leer, eran pésimas en Castellano y Literatura y sufrían de más si las mandaban a leer (por ejemplo) Cien años de soledad en una semana, para luego enfrentarse al tan temido “control de lectura”. Y yo, sobrada. Eso nunca me hizo popular (me gradué siendo la más “galla” del salón) pero sí me dio un poder sobre las demás que me ayudó a sobrevivir a tantos tragos amargos, gritos y burlas. Yo tenía en mis manos la fuente del conocimiento: la biblioteca convertida en refugio, y tantas lecturas que había hecho durante los recreos y las clases de educación física, mientras las otras se tiraban a matar con la pelota blanca de cuero marca Mikasa.

De ahí a el personaje que encarno hoy es otra historia, que pudiera contárselas más adelante…

… Pero ya saben, si en la vida real no encuentran un lugar al cual pertenecer, acudan a su biblioteca más cercana, allí habrá un libro dispuesto a recibirlos con los brazos abiertos. Sabrán entonces que encontraron su lugar en el mundo.

Gipsy Gastello

Periodista y escritora venezolana. Fundadora del proyecto literario Brújula Librera y profesora de las cátedras relacionadas al libro y la lectura en la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte). Miembro de TVLecturas, participa en la campaña 1 minuto para el libro en cada espacio comunicacional que le conceden. Columnista de los periódicos Ciudad CCS y Últimas Noticias, desde donde reseña libros con la crónica periodística como método. Su lema: “El libro no es solamente el libro, sino todo lo que lo rodea”. Autora de los libros: Sueña conmigo. Cuentos oscuros de Gipsy Gastello, Lamentos de bolsillo sin razón aparente y Nocaut, este último con el prólogo del Maestro Gustavo Pereira