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Mirar la realidad en los medios: un Aleph virtual

La realidad es inmensa para la comprensión humana, pretender comprenderla, en el medio de la lucha cotidiana por el sustento, es una tarea casi imposible. Pero la realidad se mira ¿Cuál? ¿Vemos toda la realidad o, la que nuestras creencias y pasados nos permiten comprender? ¿Cómo Borges vemos en el Aleph a nuestra Viterbo?

 

La realidad que nos rodea es múltiple y en el transcurrir cotidiano no lo podemos ver. ¿Cómo hacemos? Los medios de comunicación nos acercan esa realidad. Todo lo que pasa, es retrasmitido por los medios: TV, radio, papel prensa, prensa digital.  Tantos medios que, la realidad transmitida por los medios se convirtió en tan caótica como la realidad misma.

¿Cómo hacemos para no enloquecer? ¿Cómo hacemos para que el mundo de la información no nos sature? La primera medida es seleccionar los medios pero ¿Cuáles? ¿Los que creemos que nos informa de verdad o los que confirman nuestras creencias de los que es el mundo? Los hermeneutas nos dicen que, en los estudios bíblicos no hay ojos puros, todo pasa por el tamiz de nuestra creencia.

De esa forma hacemos una selección de medios, no de acuerdo a si informan con rigor y objetividad, de por sí tarea imposible. ¿Por qué? Porque los medios están realizados por seres humanos que funcionan de la misma manera que nosotros y, seleccionan la realidad como nosotros seleccionamos los medios, por lo tanto cuando nosotros seleccionamos un medio, también estamos seleccionando una forma de ver la realidad.

Como un Aleph la realidad se nos presenta caótica, como a  Borges la realidad se nos presenta en un Aleph: “En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.” El Aleph, Jorge Luis Borges.

El inconcebible Universo que ve Borges, se termina limitando al de sus amores: Viterbo; al de su historia y al del mundo que él conoció.

Cuando nosotros elegimos un medio que nos transmita la realidad caótica, estamos eligiendo de acuerdo a nuestro pasado, nuestras creencias y nuestra forma de ver el mundo. No buscamos la realidad, sino confirmar que ese mundo es como creemos y es el que necesitamos para vivir.